Quienes saben de flaquezas humanas
dicen que las cuatro de la mañana es la
hora débil de los delincuentes. Por eso
a los narcotraficantes en Colombia los arrestan
de madrugada.
"A esa hora lo olvidan todo.
Un narcotraficante se vuelve frágil de
madrugada", explicaba uno de los comandantes
de la policía antes de partir hacia un
operativo que terminó con 30 personas capturadas
acusadas de lavar $2.5 millones.
De madrugada, entonces, llegaron
a la casa de Carlos Mario Gómez, un comerciante
de 36 años. Lo acusaban de haber lavado
$48,000 y de ser uno de los herederos de los hermanos
Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, jefes
del Cartel de Cali que, junto con el Cartel de
Medellín, liderado por Pablo Escobar (asesinado
en 1993), manejaron en los ochentas el 90 por
ciento del mercado de la cocaína mundial.
Gómez vivía en
un condominio de sobrias casas en Cali, al sur
oriente de Colombia. La fiscal encargada de un
caso que tomó tres años en investigaciones,
timbró primero, golpeó después,
llamó por teléfono para despertarlo
de una vez y para siempre.
La puerta se abrió. Gómez
Giraldo apareció en calzoncillos verde
quirófano. "No me esposen. Soy un
hombre sereno", masculló.
La fiscal parecía aburrida.
Un preso más en un negocio que no se detiene:
este año la producción de coca en
Colombia subió un 8 por ciento y llegó
a un tope de 86,000 hectáreas pese a la
fumigación y la erradicación sin
tregua.
Sentado en su oficina de Bogotá,
el director de inteligencia de la Policía,
general Óscar Naranjo, se confiesa preocupado.
Dice que los nuevos mafiosos son más desafiantes
que los antiguos: no son carteles sino 180 "baby-cartels"
con no más 15 personas, especializados
en finanzas y en conquistar paraísos fiscales
sin ser detectados, sin historial criminal, de
bajo perfil, sin guardaespaldas, ni lujos, ni
carros último modelo.
"No tienen control territorial,
son flotantes, se mueven por el mundo entero,
son invisibles", explicaba Naranjo.
Como Gómez, el hombre
que aquella madrugada de mayo salió de
una casa que por fuera no era nada y por dentro
lo tenía todo: cortinas rosa salmón
en seda, un comedor de seis puestos tallado en
cristal, una biblioteca en madera con finas porcelanas
de mujeres.
Era, sin embargo, una casa deshabitada.
En la nevera sólo había un huevo,
el baño no tenía cepillos de dientes
y tampoco jabón. El día que lo arrestaron,
uno de los herederos del Cartel de Cali durmió
en una cama sin sabanas. Nunca había sido
tan clara la soledad de la riqueza.
Las casas de la mafia
¿Dónde había
quedado el carro de Al Capone que Pablo Escobar,
en ese entonces el séptimo hombre más
rico del mundo, había traído desde
Chicago? ¿Y las casas con pistas de hielo,
túneles de escape, vajillas en oro?
Había que ir a la Hacienda
Nápoles, a cuatro horas en carro de Bogotá.
Desde que la compró, a finales de los 70,
Escobar quiso transformar esas 1,800 hectáreas
en la tierra prometida.
Construyó 13 lagos artificiales,
un hospital, casas para su millar de empleados,
caballerizas, una pista para sus aviones, la plaza
de toros, un casino, un parque con animales prehistóricos
en hierro -- el Jurasic Park -- y cuatro kilómetros
de carreteras pavimentadas y señalizadas
para su toque final: un zoológico.
En aviones privados aterrizaron
en Nápoles canguros de Australia, dromedarios
del Sahara, elefantes de la India, jirafas e hipopótamos
del África, búfalos de las praderas
de Estados Unidos. De eso, sin embargo, sólo
quedan los hipopótamos. Los desplazados
que allí viven mataron uno de los 16 animales.
Embalsamaron cabeza y patas para venderlas.
"Todo lo que perteneció
a Escobar se vende a precio de oro", explicaba
Francisco Sánchez, un funcionario que está
a cargo de lo poco que queda: la casa de Escobar,
donde los políticos llegaban a negociar
y las mujeres se bañaban en piscinas de
champaña; parece un queso gruyere de tantos
huecos que le han abierto los buscadores de tesoros,
esperanzados en encontrarse un escondite con dólares.
Las carreteras están destrozadas e invadidas
por la maleza.
"Dicen que van a construir
aquí una cárcel. Mientras tanto
soy guía turístico: todos quieren
ver lo que fue la finca de Escobar", concluía
Sánchez.
Y es que con las propiedades
del narcotráfico de antaño, está
ocurriendo una paradoja: aunque valen una fortuna,
se están cayendo a pedazos porque pocos
se arriesgan a invertir, vivir o tan sólo
estar en un lugar que fue de un capo de la droga.
Sólo en Cali, por ejemplo,
hay 2,000 inmuebles que pertenecieron a los narcotraficantes.
Aunque hoy en día están en manos
de la Dirección Nacional de Estupefacientes
(DNE), la entidad que desde 1986 se encarga de
administrar todo lo que ha dejado la mafia, los
problemas superan la realidad. Apartamentos de
1,450 metros cuadrados que los arriendan a $1,000
porque nadie tiene la cantidad de muebles para
llenarlos. O la réplica de la Casa Blanca
que hoy día es un cascarón de cemento
gris habitado por el estiércol de las vacas
que pastan cerca al lugar.
En otras ciudades del país
la situación es igual de absurda. La caballería
Lady D, a las afueras de Bogotá, es una
propiedad avaluada en $2 millones qué perteneció
a Elizabeth Montoya de Sarria, asesinada en 1997
poco antes de que confesara cómo el Cartel
de Cali le había entregado $6 millones
a la campaña del presidente Ernesto Samper
(1990-1994).
La hacienda, con caballerizas
privadas para 200 caballos, se la entregaron al
Ejército. Y la casa, con vidrios blindados,
mantiene intacto un estilo lleno de excesos: comedor
con capacidad para 24 personas, sala de juegos,
ocho habitaciones con baños privados, saunas
y jacuzzis, paredes forradas en seda, mesas de
centro con esculturas de caballos en mármol.
Sin embargo, en las oficinas
de la DNE en Bogotá, sólo hay 34
funcionarios para administrar más de 40,000
bienes, que van desde aviones donde iba la droga,
barcos, dinero en efectivo escondido tras las
paredes o bajo los colchones hasta lingotes de
oro, precursores químicos para procesar
la coca, hasta bultos de cebollas, joyas, tiquetes
aéreos, objetos personales, obras de arte,
porcelanas.
"Una vez detuvimos un camión
cargado con una tonelada de papel higiénico.
Bajo las cajas iba la coca", dice el abogado
Juan Camilo Guzmán, subdirector jurídico
de la DNE.
"Esos bienes que tenemos
son sólo el 20 por ciento de lo que, se
calcula, tiene el narcotráfico en Colombia",
explicaba Guzmán. ¿Y entonces por
qué trabaja en esto si el narcotráfico
parece una empresa perdida? Porque creo que con
un grano de arena se construye un océano".
Como todos los que trabajan en
esta guerra: la fe mueve montañas. Y eso
está moviendo a Colombia.
VER NOTA EN:
http://www.sun-sentinel.com/elsentinel/noticias/sfl-elamcolombia0708jul08,0,2843676.story?coll=sfla-noticias-manual
PRENSA/ Asociación Antidrogas de la República
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