SOCIEDAD
TRASGRESORA, HIJOS MUERTOS
Las drogas ilegales generan temor en la sociedad adulta
porque es testigo pasivo de la muerte intelectual, moral, psíquica y hasta
física de nuestros atribulados niños y adolescentes.
El adulto juega con sustancias legales como las
pastillas y el alcohol en sus momentos de ocio o para buscar una rápida
solución a sus inconvenientes.
Así busca en el alcohol la recreación, en las
anfetaminas el cuerpo perfecto y en los calmantes el sueño inmediato, en los
ansiolíticos la calma a los problemas de la vida y en juegos de azar la
salvación económica.
Frente a los inconvenientes legales, la sociedad de
los adultos transgresores, busca denodadamente la forma de salir indemne, sin
plantearse en ningún momento aceptar su responsabilidad o culpa. Evita por
todos los medios eludir legalmente las consecuencias de sus actos.
La justicia que es formada por miembros de la
sociedad, presenta también una extraña protección al que arremete contra la
comunidad en la que vive. Jueces garantistas crean en sus fallos nuevas maneras
de evitar o reducir las sanciones que la ley impone al delincuente.
Una simple infracción de tránsito es motivo de
análisis, dado que la búsqueda de una manera rápida pero ilegal de solucionar
el error cometido, es la muestra cabal de esa realidad que ausenta y despoja la
cosa moral que el ser humano debería anteponer a cualquier acto.
El enorme esfuerzo que imprime la ilegalidad
acompañada del silencio cómplice, son los ejemplos cotidianos que nuestros
niños y adolescentes vivifican a cada paso, haciéndolos partícipes necesarios
de un estilo de vida que los acerca hacia un modo ilegal de comprender la vida
en sociedad.
Teniendo en cuenta que el adolescente es desobediente
por naturaleza, y habiendo éste aprendido la amoral forma de manejarse del
adulto, irá más allá aún con “sus libertades”, encerrándose en el irremediable
mundo de la frustración que lo invita al suicidio.
El niño aprende de las acciones de los adultos que
lo rodean y no de lo que estos puedan llegar a decirle. Por tanto, si esa comunidad
vive al margen de la legalidad y no encuentra en este estilo de vida la sanción
social, mal puede pensar en tomar un rumbo de esfuerzo moral y socialmente
legal.
El adulto pide al niño que tenga cuidado con las drogas
ilegales, mientras juega impunemente con las legales. Obviamente ese ser que
está creciendo entre ejemplos trasgresores, volcará irremediablemente su
conducta por la senda menos esforzada, transitando el ejemplo dado y delineando
el camino de su destrucción personal.
Frente a esa minoría de padres moralmente
infractores, hoy podemos encontrar una nueva forma de contacto con las drogas
en niños de escuela primaria, que nada tiene que ver con los posibles
inconvenientes familiares que éste pudiera tener.
En estos días los niños se encuentran jugando con
sustancias, como en otras épocas se los podía ver jugando con las muñecas o el
mecano. La presencia de drogas en las calles, permite que un niño de 13 años
pueda adquirir cualquier droga siempre que tenga una moneda o algún elemento
para canjear.
Las drogas en breve lapso cambia la estructura
moral que el niño pudiera haber adquirido en su casa, ingresando en una nueva
ruta emocional, donde la degradación personal lo hace ver frente a su grupo de
amigos como un verdadero líder carismático.
El adolescente prefiere estar bien conceptuado
frente a su grupo de pertenencia que frente a su escuela o familia. Son mejor
vistos y respetados los que consiguen más barata la sustancia, los que pueden
obtener dinero ilegal, los que tiene la mejor ropa y son más rebeldes a la hora
de enfrentar al adulto.
Generalmente la justicia apaña y conciente este
tipo de comportamientos, encontrando esos jóvenes, que la falta es posible y
conlleva el éxito instantáneo, mientras
que el que estudia o trabaja se encuentra desorientado, amargamente desplazado y
siempre menoscabado.
Muchas veces la soledad del adolescente que estudia
o trabaja y no consume drogas, lo hace dudar de su estilo de vida, dado que el
inútil es exaltado y en muchos casos venerado.
Uno debe trabajar un año para comprarse un
ciclomotor, el otro con un hecho delictivo lo consigue en una noche y disfruta
sin sanciones de lo obtenido.
Ejemplificando una sociedad extraña podemos dar el
ejemplo del usurpador que vive con comodidad y al amparo de la justicia,
mientras que el inquilino lo hace dificultosamente y fustigado por la
legislación.
El niño no puede entender el peligro que conlleva
el juego con la sustancia, dado que los adultos con su ejemplo le demuestran lo
contrario.
Agreguemos a este cuadro que algunos adultos
tienden a ofrecer a sus hijos drogas ilegales, para que se familiaricen con
ellas en el seno familiar y no en las calles, creyendo que de esta manera las
podrán manejar de una manera natural.
Estos jovencitos son los más complicados al momento
de la rehabilitación, dado que han sido sus padres los que los han iniciado en
el consumo.
Debemos tener en cuenta que para un jovencito, sus
padres jamás le darían algo para su destrucción, sin embargo frente a la
realidad que viven al momento de pedir ayuda (si es que la piden), la sustancia
se ha convertido en la conexión psíquica y afectiva que los conecta con sus
progenitores.
Así como la marihuana es adictiva, las conductas
ilegales también los son, convierten a la ciudadanía en una sociedad
transgresora que empuja a los niños a una muerte segura.
Ciudad de Buenos Aires, agosto 20 de 2006
Claudio
Izaguirre
Presidente
Asociación Antidrogas de la República Argentina
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