Nota: La Asociación Antidrogas de la República Argentina agradece a Alcohólicos Anónimos, la posibilidad de tener en nuestra página Web el programa completo de los 12 Pasos, sin el cual no hay recuperación posible para una persona con problemas de adicción.
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Un co-fundador de Alcohólicos
Anónimos cuenta cómo se recuperan los miembros y cómo funciona la
sociedad.
DOCE PASOS Y DOCE
TRADICIONES
PRÓLOGO
Alcohólicos Anónimos es una
comunidad mundial de más de cien mil * hombres y mujeres alcohólicas que se han
agrupado para resolver sus problemas comunes y ayudar a sus compañeros que
sufren a recuperarse de esa antigua y desconcertante enfermedad, el
alcoholismo.
Este libro trata de los "Doce
Pasos" y las "Doce Tradiciones" de Alcohólicos Anónimos. Ofrece una clara
exposición de los principios por los cuales se recuperan los miembros de A.A. y
por los que funciona su Sociedad.
Los Doce Pasos de A.A. son un conjunto
de principios de naturaleza espiritual que, si se adoptan como una forma de
vida, pueden liberar al enfermo de la obsesión por beber y transformarle en un
ser íntegro, útil y feliz.
Las Doce Tradiciones de A.A. se
aplican a la vida de la Comunidad en Si misma. Resumen los medios por los que
A.A. mantiene su unidad y se relaciona con el mundo a su alrededor, la forma en
que vive y se desarrolla.
Aunque los siguientes ensayos estaban
dirigidos principalmente a los miembros, muchos amigos de A.A. creen que pueden
suscitar interés y tener aplicación fuera de la
Comunidad.
Muchas personas, no alcohólicas,
dicen que, como consecuencia de practicar los Doce Pasos de A.A. han podido
enfrentarse a otras dificultades de la vida. Opinan que los Doce Pasos pueden
significar más que la sobriedad para los bebedores problema. Los consideran como
un camino hacia una vida feliz y útil para muchas personas, sean o no sean
alcohólicas.
* En 1995, se calcula que más de
dos millones se han recuperado por medio de A.A.
También hay un creciente interés en las
Doce Tradiciones de Alcohólicos Anónimos. Los que se dedican a estudiar las
relaciones humanas empiezan a preguntarse cómo y por qué funciona A.A. como
sociedad. ¿Cómo es posible, se preguntan, que en A.A. ningún miembro pude
imponer su autoridad personal a otro, y que no existe nada que se parezca a un
gobierno central? ¿Cómo es posible que un conjunto de principios tradicionales,
que no tienen ninguna fuerza legal, puede mantener la unidad y la eficacia de la
Comunidad de Alcohólicos Anónimos? La segunda parte de este libro, aunque
destinada a los miembros de A.A., ofrece por primera vez a los interesados una
perspectiva íntima y detallada de la Comunidad.
Alcohólicos Anónimos empezó en 1935 en
Akron, Ohio, como resultado de un encuentro entre un bien conocido cirujano de
esta ciudad y un agente de bolsa de Nueva York. Los dos eran graves casos de
alcoholismo e iban a convertirse en los cofundadores de la Comunidad de
A.A.
Los principios básicos de A.A., tal como
quedan hoy, fueron tomados en su mayor parte de los campos de la medicina y la
religión, aunque algunas de las ideas que tuvieron una importancia decisiva para
nuestro éxito se adoptaron como resultado de observar el comportamiento de la
Comunidad y darnos cuenta de sus necesidades.
Después de tres años de pruebas y
tanteos en busca de los principios más realizables que pudieran servir de base
para la Sociedad, y tras muchos fracasos en nuestros intentos de conseguir que
los alcohólicos se recuperasen, tres grupos lograron tener éxito - el primero en
Akron, el segundo en Nueva York y el tercero en Cleveland. Incluso entonces era
difícil encontrar cuarenta personas con una recuperación segura en los tres
grupos.
No obstante, la Sociedad
incipiente se resolvió a poner por escrito su experiencia en un libro que por
fin se publicó en 1939. En ese momento, contábamos con unos cien miembros
recuperados. El libro se tituló "Alcohólicos Anónimos", y de él tomó su nombre
la Comunidad. En sus páginas se describía el alcoholismo desde el punto de vista
del alcohólico, se estructuraron por primera vez a las ideas espirituales de la
Sociedad en los Doce Pasos, y se clarificó la aplicación de estos Pasos al
dilema del alcohólico. El resto del libro estaba dedicado a treinta historias o
historiales en los cuales los alcohólicos hablaban de sus experiencias
personales con la bebida y de su recuperación. Esto estableció una
identificación con los lectores alcohólicos y les demostró que lo que les había
parecido casi imposible ahora iba a ser posible. El libro "Alcohólicos Anónimos"
se convirtió en el texto básico de la Comunidad y todavía lo es. Este libro se
propone ampliar y profundizar la comprensión de los Doce Pasos que aparecieron
en la obra anterior.
Con la publicación en 1939 del
libro "Alcohólicos Anónimos", se puso fin a la época pionera y se inició una
prodigiosa reacción en cadena a medida que los alcohólicos recuperados llevaban
el mensaje a otros más. Durante los años siguientes, decenas de miles de
alcohólicos acudieron a A.A., principalmente como resultado de una constante y
excelente publicidad que gratuitamente divulgaron las revistas y periódicos de
todo el mundo. Tanto el clero como la medicina favorecieron el nuevo movimiento,
dándole su aprobación pública y su apoyo decidido.
Esta asombrosa expansión trajo
consigo graves dolores de crecimiento. Se había demostrado que los alcohólicos
se podían recuperar. Pero no era nada seguro que tal multitud de personas
todavía tan poco equilibradas pudieran vivir y trabajar juntos con armonía y
eficacia.
En todas partes surgían
amenazadores interrogantes en cuanto a los requisitos para ser miembro, el
dinero, las relaciones personales, las relaciones públicas, la dirección de los
grupos y los clubs y numerosas incertidumbres más. De esta vasta confusión de
experiencias explosivas, tomaron forma las Doce Tradiciones de A.A. que se
publicaron por primera vez en 1946 y fueron ratificadas posteriormente en la
Primera Convención Internacional de A.A. celebrada en Cleveland en 1950. La
sección de este libro que trata de las Tradiciones describe con bastante detalle
las experiencias que contribuyeron a la concepción de las Tradiciones, y dieron
así a A.A. su forma, su sustancia y su unidad
actuales.
Al llegar ahora a su madurez,
A.A. ha llegado a cuarenta países extranjeros. * Al parecer de sus amigos, este no es
sino el comienzo de su valioso servicio, único en su
especie.
Se espera que este libro depare a
todo aquel que lo lea una perspectiva íntima de los principios y fuerzas que han
hecho de Alcohólicos Anónimos lo que es hoy día.
(Puede ponerse en contracto con
la Oficina de Servicios
Generales de A.A. escribiendo
a:
Alcoholics Anonymous, P.O. Box 459
Grand
Central Station, New York, NY 10163, EE.UU.)
En
Argentina: Hipólito Yrigoyen 2858 - Capital Federal -
TE.:4931-6666
- grupoweb@ciudad.com.ar
* En 1955, A.A. ya está
establecido en 141 países.
LOS DOCE PASOS
PRIMER PASO
"Admitimos que éramos impotentes
ante el alcohol,
que nuestras vidas se habían
vuelto ingobernables".
¿A quien gusta admitir la derrota total? A
casi nadie, por supuesto. Todos los instintos naturales se rebelan contra la
idea de la impotencia personal. Es verdaderamente horrible admitir que, con una
copa en la mano, hemos deformado nuestra mente hasta tener una obsesión por
beber tan destructiva que solo un acto de la Providencia puede librarnos de
ella.
No hay otro tipo de bancarrota como
ésta. El alcohol, ahora convertido en nuestro acreedor más despiadado, nos
despoja de toda confianza en nosotros mismos y toda voluntad para resistirnos a
sus exigencias. Una vez que se acepta esta dura realidad, nuestra bancarrota
como seres humanos es total.
Pero al ingresar en A.A. pronto
adoptamos otra perspectiva sobre esta humillación absoluta. Nos damos cuenta de
que sólo por medio de la derrota total podemos dar nuestros primeros pasos hacia
la liberación y la fortaleza. La admisión de nuestra impotencia personal resulta
ser a fin de cuentas la base segura sobre la que se puede construir una vida
feliz y útil.
Sabemos que son pocos los
beneficios que un alcohólicos que ingrese en A.A. puede esperar, si ni ha
aceptado, desde el principio, su debilidad devastadora y todas sus
consecuencias. Mientras no se humille así, su sobriedad - si es que la logra -
será precaria. No encontrará la verdadera felicidad. Esta es una de las
realidades de la vida de A.A., comprobada más allá de toda duda por una vasta
experiencia. El principio de que no encontraremos una fortaleza duradera hasta
que no hayamos admitido la derrota total es la raíz principal de la que ha
brotado y florecido nuestra Sociedad.
Al vernos obligados a admitir la
derrota, la mayoría de nosotros nos rebelamos. Habíamos acudido a A.A. con la
esperanza de que se nos enseñara a tener confianza en nosotros mismos. Entonces,
se nos dijo que, en lo concerniente al alcohol, la confianza en nosotros mismos
no valía para nada; que de hecho era una gran desventaja. Nuestros padrinos nos
dijeron que éramos víctimas de una obsesión mental tan sutilmente poderosa que
ningún grado de voluntad humana podría vencerla. Se nos dijo que sin ayuda ajena
no podía existir tal cosa como la victoria personal sobre esta obsesión.
Complicando implacablemente nuestro dilema, nuestros padrinos señalaron nuestra
creciente sensibilidad al Alcohol - una alergia, la llamaban. El tirano alcohol
blandía sobre nosotros una espada de doble filo: primero, nos veíamos afligidos
por un loco deseo que nos condenaba a seguir bebiendo y luego por una alergia
corporal que aseguraba que acabaríamos destruyéndonos a nosotros mismos. Eran
muy contados los que, acosados de esta manera, habían logrado ganar este combate
mano a mano. Las estadísticas demostraban que los alcohólicos casi nunca se
recuperaban por sus propios medios. Y esto aparentemente había sido verdad desde
que el hombre pisó las uvas por primera vez.
Durante los años pioneros de A.A.,
únicamente los casos más desesperados podían tragar y digerir esta dura verdad.
E incluso estos "moribundos" tardaban mucho en darse cuenta de lo grave de su
condición. Pero unos cuantos sí se dieron cuenta y cuando se aferraban a los
principios de A.A. con todo el fervor con que un náufrago se agarra ala
salvavidas, casi sin excepción empezaban a mejorarse. Por eso, la primera
edición del libro "Alcohólicos Anónimos", publicado cuando teníamos muy pocos
miembros, trataba exclusivamente de casos de bajo fondo. Muchos alcohólicos
menos desesperados probaron A.A., pero no les dio resultado porque no podían
admitir su impotencia.
Es una tremenda satisfacción hacer
constar que esta situación cambió en los años siguientes. Los alcohólicos que
todavía conservaban su salud, sus familias, sus trabajos e incluso tenían dos
coches en su garaje, empezaron a reconocer su alcoholismo. Según aumentaba esta
tendencia, se unieron a ellos jóvenes que apenas se podían considerar
alcohólicos en potencia. Todos ellos se libraron de esos diez o quince años de
auténtico infierno por los que el resto de nosotros habíamos tenido que pasar.
Ya que el Primer Paso requiere que admitamos que nuestras vidas se habían vuelto
ingobernables, ¿cómo iban a dar este Paso personas como
ésas?
Era claramente necesario levantar
el fondo que el resto de nosotros habíamos tocado hasta el punto que les llegara
a tocar a ellos. Al repasar nuestros historiales de bebedores, podíamos
demostrar que, años antes de darnos cuenta, ya estábamos fuera de control, que
incluso entonces nuestra forma de beber no era un simple hábito, sino que en verdad era el comienzo de una
progresión fatal. A los que todavía lo dudaban, les podíamos decir, "Tal vez no
seas alcohólico. ¿Por qué no tratas de seguir bebiendo de manera controlada,
teniendo en cuenta, mientras tanto, lo que te hemos dicho acerca del
alcoholismo?". Esta actitud produjo resultados inmediatos y prácticos. Entonces
se descubrió que cuando un alcohólico había sembrado en la mente de otro la idea
de la verdadera naturaleza de su enfermedad, esta persona nunca podría volver a
ser la misma. Después de cada borrachera, se diría a sí mismo, "Tal vez esos
A.A. tenían razón . . . " Tras unas cuantas experiencias parecidas, a menudo
años antes del comienzo de graves dificultades, volvería a nosotros convencido.
Había tocado su fondo con la misma contundencia que cualquiera de nosotros. La
bebida se había convertido en nuestro mejor
abogado.
¿Por qué tanta insistencia en que
todo A.A. toque fondo primero? La respuesta es que muy poca gente tratará de
practicar sinceramente el programa de A.A. a menos que haya tocado fondo. Porque
la práctica de los restantes once Pasos de A.A. supone actitudes y acciones que
casi ningún alcohólico que todavía bebe podría siquiera soñar en adoptar. ¿Quién
quiere ser rigurosamente honrado y tolerante? ¿Quién quiere confesar sus faltas
a otra persona y reparar los daños causados? ¿A quién le interesa saber de un
Poder Superior, y aun menos pensar en la meditación y la oración? ¿Quién quiere
sacrificar tiempo y energía intentando llevar el mensaje de A.A. al que todavía
sufre? No, al alcohólico típico, extremadamente egocéntrico, no le interesa esta
perspectiva - a menos que tenga que hacer estas cosas para conservar su propia
vida.
Bajo el látigo del alcoholismo,
nos vemos forzados a acudir a A.A. y allí descubrimos la naturaleza fatal de
nuestra situación. Entonces, y sólo entonces, llegamos a tener la amplitud de
mente y la buena disposición para escuchar y creer que tienen los moribundos.
Estamos listos y dispuestos a hacer lo que haga falta para librarnos de esta
despiadada obsesión.
SEGUNDO PASO
"Llegamos a creer que un Poder
superior a
nosotros mismos podría
devolvernos el sano juicio".
A
l leer el Segundo Paso, la
mayoría de los recién llegados a A.A. se ven enfrentados a un dilema, a veces un
grave dilema. Cuántas veces les hemos oído gritar: "Miren lo que nos han hecho.
Nos han convencido de que somos alcohólicos y que nuestras vidas son
ingobernables. Después de habernos reducido a un estado de impotencia total,
ahora nos dicen que sólo un Poder Superior puede librarnos de nuestra obsesión.
Algunos de nosotros no queremos creer en Dios, otros no podemos creer, y hay
otros que, aunque creen en Dios, no confían en que El haga este milagro. Bien,
ya nos tienen con el agua al cuello - pero, ¿cómo vamos a salir del
apuro?".
Consideremos primero el caso de
aquel que dice que no quiere creer - el caso del rebelde. Su estado de ánimo
solo puede describirse como salvaje. Toda su filosofía de la vida, de la que
tanto se vanagloriaba, se ve amenazada. Cree que ya hace bastante al admitir que
le alcohol le ha vencido para siempre. Pero ahora, todavía dolido por esa
admisión, se le plantea algo realmente imposible. ¡Cuánto le encanta la idea de
que el hombre, que surgió tan majestuosamente de una sola partícula del barro
primitivo, sea la vanguardia de la evolución, por consiguiente el único dios que
existe en su universo! ¿Ha de renunciar a todo eso para
salvarse?
Al llegar a este punto, su padrino
se suele reír. Para el recién llegado, esto es el colmo. Es el principio del
fin. Y es cierto: es el principio del fin de su antigua forma de vivir y el
comienzo de una nueva vida. Su padrino probablemente le dice: "Tómatelo con
calma. El traje que te tienes que poner no te va a quedar tan estrecho como tú
te crees. Vamos, yo no lo he encontrado tan estrecho, ni tampoco un amigo mío
que había sido vicepresidente de la Sociedad Americana de Ateísmo. El se lo puso
y dice que no le aprieta en absoluto".
"De acuerdo" dice el recién
llegado, "sé que lo que me dices es la verdad. Todos sabemos que A.A. está lleno
de personas que antes pensaban como yo. Pero, en estas circunstancias, ¿cómo
quieres que me lo 'tome con calma'? Eso es lo que yo quisiera
saber".
"Muy buena pregunta", le responde
el padrino. "Creo que puedo decirte exactamente cómo tranquilizarte. Y no vas a
tener que esforzarte mucho. Escucha, si tuvieras la bondad, las tres siguientes
afirmaciones. Primero, Alcohólicos Anónimos no te exige que creas en nada. Todos
sus Doce Pasos no son sino sugerencias. Segundo, para lograr y mantener la
sobriedad, no te tienes que tragar todo lo del Segundo Paso en este preciso
momento. Al recordar mi propia experiencia, veo que me lo fui tomando en
pequeñas dosis. Tercero, lo único que necesitas es una mente verdaderamente
abierta. Deja de meterte en debates y de preocuparte por cuestiones tan
profundas como el tratar de averiguar si fue primero el huevo o la gallina. Te
repito una vez más, lo único que necesitas es una mente
abierta".
El padrino continúa: "Fíjate, por
ejemplo, en mi propio caso. Estudié una carrera científica. Naturalmente
respetaba, veneraba e incluso adoraba la ciencia. A decir verdad, todavía lo
hago - excepto lo de adorarla.
Repetidas veces mis maestros me expusieron el principio básico de todo progreso
científico: investigar y volver a investigar, una y otra vez, y siempre con una
mente abierta. La primera vez que eché una mirada al programa de A.A., mi
reacción fue exactamente como la tuya. Este asunto de A.A., me dije, no es nada
científico. No puedo tragarlo. No me voy a parar a considerar tales
tonterías.
"Luego me desperté. Tuve que
admitir que A.A. producía resultados, prodigiosos resultados. Me di cuenta de
que mi actitud ante éstos había sido muy pronto científica. No era A.A. quien
tenía la mente cerrada, sino yo. En el instante en que dejé de debatir, pude
empezar a ver y sentir. En ese momento, el Segundo Paso, sutil y gradualmente,
empezó a infiltrarse en mi vida. No puedo fijar ni la ocasión ni el día preciso
en que llegué a creer en un Poder superior a mí mismo, pero sin deuda ahora
tengo esa creencia. Para llegar a tenerla, sólo tenía que dejar de luchar y
ponerme a practicar el resto del programa de A.A. con el mayor entusiasmo
posible.
"Claro está que ésta es la opinión
de un solo hombre basada en su propia experiencia. Me apresuro a asegurarte que
en su búsqueda de la fe, los A.A. andar por innumerables caminos. Si no te gusta
el que te ha sugerido, seguro que descubrirá uno que te convenga si mantienes
abiertos los ojos y los oídos. Muchos hombres como tú han empezado a solucionar
el problema por el método de la substitución. Si quieres, puedes hacer de A.A.
tu "poder superior". Aquí tienes un grupo grande de gente que ha resuelto su
problema con el alcohol. En este sentido, constituye sin duda un poder superior
a ti, ya que tú ni siquiera te has aproximado a encontrar una solución. Seguro
que puedes tener fe en ellos. Incluso este mínimo de fe será suficiente. Vas a
encontrar a muchos miembros que han cruzado el umbral exactamente así. Todo te
dirán que, una vez que lo cruzaron, su fe se amplió y se profundizó. Liberados
de la obsesión del alcohol, con sus vidas inexplicablemente transformadas,
llegaron a creer en un Poder Superior, y la mayoría de ellos empezaron a hablar
de Dios".
Consideremos ahora la situación de
aquellos que antes tenían fe, pero la han perdido. Entre ellos, se encuentran
los que han caído en la indiferencia; otros que, llenos de autosuficiencia, se
han apartado; otros que han llegado a tener prejuicios en contra de la religión;
y otros más que han adoptado una actitud desafiante, porque Dios no les ha
complacido en sus exigencias. ¿Puede la experiencia de A.A. decirles a todos
ellos que todavía les es posible encontrar una fe que
obra?.
A veces el programa de A.A. les
resulta más difícil a aquellos que han perdido o han rechazado la fe que a
aquellos que nunca la han tenido, porque creen que ya han probado la fe y no les
ha servido de nada. Han probado el camino de la fe y el camino de la
incredulidad. Ya que ambos caminos les han dejado amargamente decepcionados, han
decidido que no tienen a dónde ir. Los obstáculos de la indiferencia, de la
imaginada autosuficiencia, de los prejuicios y de la rebeldía les resultan más
resistentes y formidables que cualquiera que haya podido erigir un agnóstico o
incluso un ateo militante. La religión dice que se puede demostrar la existencia
de Dios; el agnóstico dice que no se puede demostrar; y el ateo mantiene que se
puede demostrar que Dios no existe. Huelga decir que el dilema del que se desvía
de la fe es el de una profunda confusión. Cree que ha perdido la posibilidad de
tener el consuelo que ofrece cualquier convicción. No puede alcanzar ni el más
mínimo grado de esa seguridad que tiene el creyente, el agnóstico o el ateo. Es
el vivo retrato de la confusión.
Muchos A.A. pueden decirle a esta
persona indecisa, "Sí, nosotros también nos vimos desviados de la fe de nuestra
infancia. Nos vimos abrumados por un exceso de confianza juvenil. Por supuesto,
estábamos contentos de haber tenido un buen hogar y una formación religiosa que
nos infundió ciertos valores. Todavía estábamos convencidos de que debíamos ser
bastante honrados, tolerantes y justos; que debíamos tener aspiraciones y
trabajar con diligencia. Llegamos a la convicción de que estas simples normas de
honradez y decoro nos bastarían.
"Conforme el éxito material,
basado únicamente en estos atributos comunes y corrientes, empezó a llegarnos,
nos parecía que estábamos ganando el juego de la vida. Esto nos produjo un gran
regocijo y nos hizo sentirnos felices. ¿Por qué molestarnos con abstracciones
teológicas y obligaciones religiosas o con el estado de nuestra alma, tanto aquí
como en el más allá? La vida real y actual nos ofrecía suficientes
satisfacciones. La voluntad de triunfar nos salvaría. Pero entonces el alcohol
empezó a apoderarse de nosotros. Finalmente, al mirar al marcador y no ver
ningún tanto a nuestro favor y darnos cuenta de que con un fallo más no
quedaríamos para siempre fuera de juego, tuvimos que buscar nuestra fe perdida.
La volvimos a encontrar en A.A. Y
tú también puedes hacer lo mismo".
Ahora nos enfrentamos con otro
tipo de problema: el hombre o la mujer intelectualmente autosuficiente. A estas
personas, muchos A.A. les pueden decir: "Sí, éramos como tú - nos pasábamos de
listos. Nos encantaba que la gente nos considerara precoces. Nos valíamos de
nuestra educación para inflarnos de orgullo como globos, aunque hacíamos lo
posible para ocultar esta actitud ante los demás. En nuestro fuero interno,
creíamos que podíamos flotar por encima del resto de la humanidad debido
únicamente a nuestra capacidad cerebral. El progreso científico nos indicaba que
no había nada que el hombre no pudiera hacer. El saber era todopoderoso. El
intelecto podía conquistar la naturaleza. Ya que éramos más inteligentes que la
mayoría de la gente (o así lo creíamos), con solo ponernos a pensar tendríamos
el botín del vencedor. El dios del intelecto desplazó al Dios de nuestros
antepasados. Pero nuevamente Don Alcohol tenía otros planes. Nosotros, que tanto
habíamos ganado casi sin esfuerzo, lo perdimos todo. Nos dimos cuenta de que, si
no volviéramos a considerarlo, moriríamos. Encontramos muchos en A.A. que habían
pensado como nosotros. Nos ayudaron a desinflarnos hasta llegar a nuestro justo
tamaño. Con su ejemplo, nos demostraron que la humildad y el intelecto podían
ser compatibles, con tal de que siempre antepusiéramos la humildad al intelecto.
Cuando empezamos a hacerlo, recibimos el don de la fe, una fe que obra. Esta fe
también la puedes recibir tú".
Otro sector de A. A. dice:
"Estábamos hartos de la religión y de todo lo que conlleva la religión. La
Biblia nos parecía una sarta de tonterías; podíamos citarla, versículo por
versículo, y en la maraña de genealogía perdimos de vista las bienaventuranzas.
A veces, según lo veíamos nosotros, la conducta moral que proponía era
inalcanzablemente buena; a veces indudablemente nefasta. Pero lo que más nos
molestaba era la conducta moral de los religiosos. Nos entreteníamos señalando
la hipocresía, la fanática intolerancia y el aplastante fariseísmo que
caracterizaban a tantos de los creyentes, incluso en sus trajes de domingo.
Cuánto nos encantaba recalcar el hecho de que millones de los 'buenos hombres de
la religión' seguían matándose, los unos a los otros, en nombre de Dios. Todo
esto, por supuesto, significaba que habíamos sustituido los pensamientos
positivos por los negativos. Después de unirnos a A.A., tuvimos que darnos
cuenta de que esa actitud nos había servido para inflar nuestros egos. Al
destacar los pecados de algunas personas religiosas, podíamos sentirnos
superiores a todos los creyentes. Además, podíamos evitarnos la molestia de
reconocer algunos de nuestros propios defectos. El fariseísmo, que tan
desdeñosamente habíamos condenado en los demás, era precisamente el mal que a
nosotros nos aquejaba. Esta respetabilidad hipócrita era nuestra ruina en cuanto
a la fe. Pero finalmente, al llegar derrotados a A.A., cambiamos de
parecer.
"Como los siquiatras han comentado
a menudo, la rebeldía es la característica más destacada de muchos alcohólicos.
Así que no es de extrañar que muchos de nosotros hayamos pretendido desafiar al
mismo Dios. A veces lo hemos hecho porque Dios no nos ha entregado las buenas
cosas de la vida que le habíamos exigido, como niños codiciosos que escriben
cartas a los Reyes Magos pidiendo lo imposible. Más a menudo, habíamos pasado
por una gran calamidad y, según nuestra forma de pensar, salimos perdiendo
porque Dios nos había abandonado. La muchacha con quien queríamos casarnos tenía
otras ideas; rezamos a Dios para que le hiciera cambiar de parecer, pero no lo
hizo. Rezamos por tener hijos sanos y nos encontramos con hijos enfermizos, o
sin hijos. Rezamos por conseguir ascensos en el trabajo y nos quedamos sin
conseguirlos. Los seres queridos, de quienes tanto dependíamos, nos fueron
arrebatados por los llamados actos de Dios. Luego, nos convertimos en borrachos,
y le pedimos a Dios que nos salvara. Pero no paso nada. Esto ya era el colmo.
'¡Al diablo con esto de la fe!' dijimos.
"Cuando encontramos A.A., se nos
reveló lo erróneo de nuestra rebeldía. Nunca habíamos querido saber cuál era la
voluntad de dios para con nosotros; por el contrario, le habíamos dicho a Dios
cuál debería ser. Nos dimos cuenta de que nadie podía creer en Dios y, al mismo
tiempo, dasafiarlo. Creer significaba confiar, no desafiar. En A.A. vimos los
frutos de esta creencia: hombres y mujeres salvados de la catástrofe final del
alcoholismo. Les vimos reunirse y superar sus otras penas y tribulaciones. Les
vimos aceptar con calma situaciones imposibles, sin tratar de huir de ellas ni
de reprochárselo a nadie. Esto no solo era fe, sino una fe que obraba bajo todas
las circunstancias. Para conseguir esta fe, no tardamos en encontrarnos
dispuestos a pagar, con toda la humildad que esto nos pudiera
costar".
Consideremos ahora el caso del
individuo rebosante de fe, pero que todavía apesta a alcohol. Se cree muy
devoto. Cumple escrupulosamente con sus obligaciones religiosas. Está convencido
de que cree todavía en Dios, pero duda que Dios crea en él. Hace un sinfín de
juramentos solemnes. Después de cada uno, no solo vuelve a beber, sino que se
comporta peor que la última vez. Valientemente se pone a luchar contra el
alcohol, suplicando la ayuda de Dios, pero la ayuda no le llega. ¿Qué será lo
que le pasa a esta persona?
Para los clérigos, los médicos,
para sus amigos y familiares, el alcohólico que tiene tan buenas intenciones y
que tan resueltamente se esfuerza por dejar de beber, es un enigma
descorazonador. A la mayoría de los A.A., no les parece así. Multitud de
nosotros hemos sido como él, y hemos encontrado la solución al enigma. No tiene
que ver con la cantidad de fe, sino con la calidad. Esto era lo que no podíamos
ver. Nos creíamos humildes, pero no lo éramos. Nos creíamos muy devotos en
cuanto a las prácticas religiosas, pero al volver a considerarlo con toda
sinceridad, nos dimos cuenta de que solo practicábamos lo superficial. Otros de
nosotros habíamos ido al otro extremo, sumiéndonos en el sentimentalismo y
confundiéndolo con los auténticos sentimientos religiosos. En ambos casos,
habíamos pedido que se nos diera algo a cambio de nada. En realidad, no habíamos
puesto nuestra casa en orden, para que la gracia de Dios pudiera entrar en
nosotros y expulsar la obsesión de beber. Nunca, en ningún sentido profundo y
significativo, habíamos examinado nuestra conciencia, ni habíamos reparado el
daño a quienes se lo habíamos causado, ni habíamos dado nada a otro ser humano
sin exigir algo o esperar alguna recompensa. Ni siquiera habíamos rezado como se
debe rezar. Siempre habíamos dicho, "Concédeme mis deseos", en vez de "Hágase tu
voluntad". Del amor a Dios y del amor al prójimo, no teníamos la menor
comprensión. Por lo tanto, seguíamos engañándonos a nosotros mismos y, en
consecuencia, no estábamos en la posibilidad de recibir la gracia suficiente
para devolvernos el sano juicio.
Son muy contados los alcohólicos
activos que tan siquiera tienen una vaga idea de lo irracionales que son o que,
si llegan a darse cuenta de su insensatez, pueden soportarla. Algunos están
dispuestos a decir que son "bebedores problemas", pero no pueden aceptar la
sugerencia de que son, de hecho, enfermos mentales. Un mundo que no distingue
entre el bebedor normal y el alcohólico contribuye a que sigan en su ceguera. El
"sano juicio" se define como "salud mental". Ningún alcohólico que analice
fríamente su comportamiento destructivo, ya sea que haya destruido los muebles
de su casa o su propia integridad moral, puede atribuirse a sí mismo la "salud
mental".
Por lo tanto, el Segundo Paso es
el punto de convergencia para todos nosotros. Tanto si somos ateos, agnósticos,
o antiguos creyentes, podemos estar unidos en este Paso. La verdadera humildad y
amplitud de mente pueden llevarnos a la fe, y cada reunión de A.A. es un seguro
testimonio de que Dios nos devolverá el sano juicio, si nos relacionamos de la
forma debida con El.
TERCER PASO
"Decidimos poner nuestras
voluntades y nuestras vidas
al cuidado de Dios, como nosotros
lo concebimos.
Practicar el Tercer Paso es como abrir una
puerta que todavía parece estar cerrada y bajo llave. Lo único que nos hace
falta es la llave y la decisión de abrir la puerta de par en par. Solo hay una
llave, y es la de la buena voluntad. Al quitar el cerrojo con la buena voluntad,
la puerta casi se abre por sí misma, y al asomarnos, veremos un letrero al lado
de una camino que dice: "Este es el camino hacia una fe que obra". En los
primeros Pasos, nos dedicamos a reflexionar. Nos mimos cuenta de que éramos
impotentes ante el alcohol, pero también vimos que algún tipo de fe, aunque sólo
fuera una fe en A.A., es posible para cualquiera. Estas conclusiones no nos
exigían ninguna acción; sólo nos requerían la
aceptación.
Como todos los Pasos restantes, el
Paso Tres requiere de nosotros acción positiva, porque sólo poniéndonos en
acción podemos eliminar la obstinación que siempre ha bloqueado la entrada de
Dios -o, si prefieres, de un Poder Superior - en nuestras vidas. La fe, sin
duda, es necesaria, pero la fe por sí sola de nada sirve. Es posible tener fe y,
al mismo tiempo, negar la entrada de Dios en nuestra vida. Por lo tanto, el
problema que ahora nos ocupa es el de encontrar las medidas específicas que
debemos tomar para poder dejarle entrar. El Tercer Paso representa nuestra
primera tentativa para hacerlo. De hecho, la eficacia de todo el programa de
A.A. dependerá de lo seria y diligentemente que hayamos intentado llegar a "una
decisión de poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como
nosotros lo concebimos".
A cada principiante mundano y
práctico, este Paso le parece difícil, e incluso imposible. Por mucho que desee
tratar de hacerlo, ¿cómo puede exactamente poner su voluntad y su propia vida al
cuidado de cualquier Dios que él cree que existe?. Afortunadamente, los que lo
hemos intentado, con el mismo recelo, podemos atestiguar que cualquiera, sea
quien sea, puede empezar a hacerlo. Además, podemos agregar que un comienzo,
incluso el más tímido, es lo único que hace falta. Una vez que hemos metido la
llave de la buena voluntad en la cerradura, y tenemos la puerta entreabierta,
nos damos cuenta de que siempre podemos abrirla un poco más. Aunque la
obstinación puede cerrarla otra vez de un portazo, como a menudo lo hace,
siempre se volverá a abrir tan pronto como nos valgamos de la llave de la buena
voluntad.
Puede que todo esto te suene
misterioso y oculto, algo parecido a la teoría de la relatividad de Einstein o a
una hipótesis de física nuclear. No lo es en absoluto. Veamos lo práctico que
realmente es. Cada hombre y cada mujer que se ha unido a A.A. con intención de
quedarse con nosotros, ya ha comenzado a practica, sin darse cuenta, el Tercer
Paso. ¿No es cierto que en todo lo que se refiere al alcohol, cada uno de ellos
ha decidido poner su vida al cuidado, y bajo la protección y orientación de
Alcohólicos Anónimos?. Ya ha logrado una buena disposición para expulsar su
propia voluntad y sus propias ideas acerca del problema del alcohol y adoptar, a
cambio, las sugerencias por A.A.
Todo principiante bien dispuesto se siente convencido de que A.A. es el
único refugio seguro para el barco a punto de hundirse en que se ha convertido
su vida. Si esto no es entregar su voluntad y su vida a una Providencia recién
encontrada, entonces, ¿qué es?.
Pero supongamos que le instinto
todavía nos proteste a gritos, como sin duda lo hará: "Sí, en cuanto al alcohol,
parece que tengo que depender de A.A.; pero en todos los demás asuntos, insisto
en mantener mi independencia. No hay nada que me vaya a trasformar en una
nulidad. Si sigo poniendo mi vida y mi voluntad al cuidado de Alguien o de Algo.
¿qué será de mí?. Me convertiré en un cero a la izquierda". Este, por supuesto,
es el proceso por el que el instinto y la lógica intentan reforzar el egotismo y
así frustran el desarrollo espiritual. Lo que esta forma de pensar tiene de malo
es el no tener en cuenta los hechos reales. Y los hechos parecen ser los
siguientes: Cuanto más dispuestos estamos a depender de un Poder Superior, más
independientes somos en realidad. Por lo tanto, la dependencia, tal y como se
practica en A.A., es realmente una manera de lograr la verdadera independencia
del espíritu. Examinemos, por un momento, esta idea de la dependencia al nivel
de la vida cotidiana. Es asombroso descubrir lo dependientes que somos en esta
esfera, y lo poco conscientes que somos de esa dependencia. Todas las casas
modernas tienen cables eléctricos que conducen la energía y la luz a su
interior. Nos encanta esta dependencia; no queremos por nada en el mundo que se
nos corte el suministro eléctrico. Al aceptar así nuestra dependencia de esta
maravilla de la ciencia, disfrutamos de una mayor independencia personal. No
sólo disfrutamos de más independencia, sino también de más comodidad y
seguridad. La corriente fluye hasta llegar donde se necesite. La electricidad,
esa extraña energía que muy poca gente comprende, satisface silenciosa y
eficazmente nuestras necesidades diarias más sencillas, y también las más
apremiantes. Pregúntale si no al enfermo de polio, encerrado en un pulmón de
acero, que depende ciegamente de un motor eléctrico para poder seguir
respirando.
Pero, ¡cómo cambia nuestra actitud
cuando se trata de nuestra independencia mental o emocional! Con cuánta
insistencia reclamamos el derecho de decidir por nosotros mismos precisamente lo
que vamos a pensar y exactamente lo que vamos a hacer. Sí, vamos a sopesar el
pro y el contra de todo problema. Escucharemos cortésmente a los que quieran
aconsejarnos, pero solamente nosotros tomaremos todas las decisiones. En tales
asuntos, nadie va a limitar nuestra independencia personal. Además, creemos que
no hay nadie que merezca toda nuestra confianza. Estamos convencidos de que
nuestra inteligencia, respaldada por nuestra fuerza de voluntad, puede controlar
debidamente nuestra vida interior y asegurar nuestro éxito en el mundo en que
vivimos. Esta brava filosofía, según la cual cada hombre hace el papel de Dios,
suena muy bien, pero todavía tiene que someterse a la prueba decisiva: ¿cómo va
a funcionar en la práctica? Una detenida mirada al espejo debe ser suficiente
respuesta para cualquier alcohólico.
Si su imagen en el espejo le
resulta demasiado horrorosa de contemplar (y suele ser así), no estaría de más
que el alcohólico echara una mirada a los resultados que la gente normal obtiene
con la autosuficiente. En todas partes ve a gente colmada de ira y de miedo. Ve
a sociedades desintegrándose en facciones que luchan entre sí. Cada facción les
dice a las otras, "Nosotros tenemos razón y ustedes están equivocados". Cada
grupo de presión de esta índole, si tiene fuerza suficiente, impone su voluntad
en los demás, convencido de la rectitud de su causa. Y en todas partes se hace
lo mismo en plan individual. El resultado de tanta lucha es una paz cada vez más
frágil y una hermandad cada vez menor. La filosofía de la autosuficiencia no es
rentable. Se puede ver claramente que es un monstruo devastador que acabará
llevándonos a la ruina total.
Por lo tanto, nosotros los
alcohólicos nos podemos considerar muy afortunados.
Cada uno de nosotros ya ha tenido
su propio y casi mortal encuentro con el monstruo de la obstinación, y ha
sufrido tanto su pesada opresión que está dispuesto a buscar algo mejor. Así
que, por las circunstancias y no por ninguna virtud que pudiéramos tener, nos
hemos visto impulsados a unirnos a A.A., hemos admitido nuestra derrota, hemos
adquirido los rudimentos de la fe y ahora queremos tomar la decisión de poner
nuestra voluntad y nuestra vida al cuidado de un Poder
Superior.
Nos damos cuenta de que la palabra
"dependencia" es tan desagradable para muchos siquiatras y sicólogos como lo es
para los alcohólicos. Al igual que nuestros amigos profesionales, nosotros
también somos conscientes de que hay formas impropias de dependencia. Las hemos
padecido en carne propia. Por ejemplo, ninguna adulto debe tener una excesiva
dependencia emocional de sus padres. Hace años que debían haber cortado el
cordón umbilical, y si no lo han cortado ya, deberían darse cuenta del hecho.
Esta forma de dependencia impropia ha causado que muchos alcohólicos rebeldes
lleguen a la conclusión de que cualquier tipo de dependencia tiene que ser
insoportablemente dañina. Pero el depender de un grupo de A.A. o de un Poder
Superior no ha producido ningún resultado funesto para
nadie.
Cuando estalló la Segunda Guerra
Mundial, se puso a prueba por primera vez este principio espiritual. Los A.A. se
alistaron en las fuerzas armadas y se encontraba estacionados en todas partes
del mundo. ¿Podrían aguantar la disciplina, comportarse con valor en el fragor
de las batallas, y soportar la monotonía y las angustias de la guerra? ¿Les
serviría de ayuda el tipo de dependencia que habían aprendido en A.A.? Pues, sí
les sirvió. Tuvieron incluso menos recaídas y borracheras emocionales que los
A.A. que se quedaban en la seguridad de sus hogares. Tenían tanta capacidad de
resistencia y tanto valor como los demás saldados. Tanto en Alaska como en las
cabezas de playa de Salerno, su dependencia de un Poder Superior les ayudó. Y
lejos de ser una debilidad, esta dependencia fue su principal fuente de
fortaleza.
¿Cómo puede entonces una persona
bien dispuesta seguir poniendo su voluntad y su vida al cuidado de un Poder
Superior? Ya le hemos visto dar un comienzo al empezar a confiar en A.A. para
solucionar su problema con el alcohol. A estas alturas es probable que se haya
convencido de que tiene otros problemas además del alcohol y que, a pesar de
todo el empeño y el valor con que los afronte, algunos de estos problemas no se
pueden solucionar. Ni siquiera puede hacer le menor progreso. Le hacen sentirse
desesperadamente infeliz y amenazan su recién lograda sobriedad. Al pensar en el
ayer, nuestro amigo sigue siendo víctima de los remordimientos y del sentido de
la culpabilidad. Todavía se siente abrumado por la amargura cuando piensa en
quienes aún odia o envidia. Su inseguridad económica le preocupa enormemente, y
le entra pánico al pensar en las naves quemadas por el alcohol, que le pudieran
haber llevado a un puerto seguro. Y, ¿cómo va a arreglar ese lío que le costó el
afecto de su familia y le separó de ella? No podrá hacerlo contando únicamente
con su valor y su voluntad. Ahora tendrán que depender de Alguien o de
Algo.
Al principio, es probable que ese
"alguien" sea su más íntimo amigo de A.A.
Cuenta con lo que le ha asegurada esa persona, de que sus numerosas
dificultades, aun más algunas ahora porque no puede utilizar el alcohol para
matar las penas, también se pueden resolver. Naturalmente, el padrino le indica
a nuestro amigo que su vida todavía es ingobernable a pesar de que está sobrio,
que no ha hecho sino un mero comienzo en el programa de A.A. Es sin duda una buena cosa lograr una
sobriedad más segura por medio de la admisión del alcoholismo y de la asistencia
a algunas reuniones de A.A., pero esto dista mucho de ser una sobriedad
permanente y una vida útil y feliz. Allí entran en juego los demás Pasos del
programa de A.A. Nada que no sea
una práctica constante de estos Pasos como una manera de vida puede producir el
resultado tan deseado.
Luego el padrino le explica que
los demás Pasos del programa de A.A. sólo podrán practicarse con éxito cuando se
haya intentado practicar el Tercer Paso con determinación y persistencia.
Puede que estas palabras les sorprendan a
los recién llegados que no han experimentado sino un desinflamiento constante, y
que se encuentran cada vez más convencidos de que la voluntad humana no vale
para nada en absoluto. Han llegado a creer, y con razón, que otros muchos
problemas además del alcohol, no cederán ante un ataque frontal emprendido por
el individuo solo y sin ayuda. Pero ahora parece que hay ciertas cosas que sólo
el individuo puede hacer. El solito, y conforme a sus propias circunstancias,
tiene que cultivar la buena voluntad. Cuando haya adquirido la buena voluntad,
sólo él puede tomar la decisión de esforzarse. El intentar hacer esto es un acto
de su propia voluntad. Todos los Doce Pasos requieren un constante esfuerzo
personal para someternos a sus principios y así, creemos, a la voluntad de Dios.
Empezamos a hacer el debido uso de nuestra voluntad cuando tratamos de someterla
a la voluntad de Dios. Para
todos nosotros, ésta fue una maravillosa revelación. Todas nuestras
dificultades se habían originado en el mal uso de la fuerza de voluntad.
Habíamos tratado de bombardear nuestros problemas con ella, en lugar de intentar
hacerla coincidir con los designios que Dios tenía para nosotros. El objetivo de
los Doce Pasos de A.A. es hacer esto posible cada vez más, y el Tercer Paso nos
abre la puerta.
Una vez que estemos de acuerdo con
estas ideas, es muy fácil empezar a practicar el Tercer Paso. En todo momento de
trastornos emocionales o indecisiones, podemos hacer una pausa, pedir
tranquilidad, y en la quietud decir simplemente: "Dios, concédeme la serenidad
par aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que
puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia. Hágase Tu voluntad, no la
mía".
CUARTO PASO
"Sin miedo hicimos un minucioso
inventario
moral de nosotros
mismos".
Al ser creados, fuimos dotados de
instintos para un propósito. Sin ellos, no seríamos seres humanos completos. Si
los hombres y las mujeres no se esforzaron por tener seguridad personal, si no
se molestaran en cosechar su alimento o en construir sus moradas, no podrían
sobrevivir. Si no se reprodujeran, la tierra no estaría poblada. Si no hubiera
ningún instinto social, si a los seres humanos no les importara disfrutar de la
compañía de sus semejantes, no existiría sociedad alguna. Por lo tanto, estos
deseos - de relaciones sexuales, de seguridad material y emocional, y de
compañerismo - y sin duda provienen de Dios.
No obstante, estos instintos, tan
necesarios para nuestra existencia, a menudo sobrepasan con mucho los límites de
su función apropiada. Poderosa y ciegamente, y muchas veces de una manera sutil,
nos impulsan, se apoderan de nosotros, e insisten en dominar nuestras vidas.
Nuestros deseos de sexo, de seguridad material y emocional, y de un puesto
eminente en la sociedad a menudo nos tiranizan. Cuando se salen así de sus
cauces, los deseos naturales del ser humano, le crean grandes problemas; de
hecho, casi todos los problemas que tenemos, tienen su origen aquí. Ningún ser
humano, por bueno que sea, es inmune a estos problemas. Casi todo grave problema
emocional se puede considerar como un caso del instinto descarriado. Cuando esto
ocurre, nuestros grandes bienes naturales, los instintos, se han convertido en
debilidades físicas y mentales.
El Cuarto Paso es nuestro enérgico
y esmerado esfuerzo para descubrir cuáles han sido, y siguen siendo, para
nosotros estas debilidades. Queremos saber exactamente cómo, cuándo y dónde
nuestros deseos naturales nos han retorcido. Queremos afrontar, sin pestañear,
la infelicidad que esto ha causado a otras personas y a nosotros mismos. Al
descubrir cuáles son nuestras deformaciones emocionales, podemos empezar a
corregirlas. Si no estamos dispuestos a hacer un esfuerzo persistente para
descubrirlas, es poca la sobriedad y felicidad que podemos esperar. La mayoría
de nosotros nos hemos dado cuenta de que, sin hacer sin miedo un minucioso
inventario moral, la fe que realmente obra en la vida cotidiana se encuentra
todavía fuera de nuestro alcance.
Antes de entrar en detalles sobre
la cuestión del inventario, tratemos de identificar cuál es el problema básico.
Ejemplos sencillos como el siguiente cobran una inmensa significación, cuando
nos ponemos a pensar en ellos. Supongamos que una persona antepone el deseo
sexual a todo lo demás. En tal caso, este instinto imperioso puede destruir sus
posibilidades de lograr la seguridad material y emocional, así como de mantener
su posición social en la comunidad. Otra persona puede estar tan obsesionada por
la seguridad económica que lo único que quiere hacer es acumular dinero. Puede
llegar al extremo de convertirse en un avaro, o incluso un solitario que se
aísla de su familia y sus amigos.
Pero la búsqueda de la seguridad
no siempre se expresa en términos de dinero. Muy a menudo vemos a un ser humano
lleno de temores insistir en depender totalmente de la orientación y protección
de otra persona más fuerte. El débil, al rehusar cumplir con las
responsabilidades de la vida con sus propios recursos, nunca alcanza la madurez.
Su destino es sentirse siempre desilusionado y desamparado. Con el tiempo, todos
sus protectores huyen o mueren, y una vez más se queda solo y
aterrado.
También hemos visto a hombres y
mujeres enloquecidos por el poder, y que se decidan a intentar dominar a sus
semejantes. A menudo estas personas tiran por la borda cualquier oportunidad de
tener una seguridad legítima y una vida familiar feliz. Siempre que un ser
humano se convierta en un campo de batalla de sus propios instintos, no podrá
conocer la paz.
Pero los peligros no terminan
aquí. Cada vez que una persona impone en otros sus irrazonables instintos, la
consecuencia es la infelicidad. Si en su búsqueda de la riqueza, pisotea a la
gente que se encuentra en su camino, es probable que vaya a suscitar la ira, los
celos y la venganza. Si el instinto sexual se desboca, habrá una conmoción
similar. Exigir demasiada atención, protección, y amor a otra gente sólo puede
incitar en los mismos protectores de repulsión y la dominación - dos emociones
tan malsanas como las exigencias que las provocaron. Cuando los deseos de
conseguir prestigio personal llegan a ser incontrolables, ya sea en el círculo
de amigos o en la mesa de conferencias internacionales, siempre hay algunas
personas que sufren y, a menudo, se rebelan, Este choque de los instintos puede
producir desde una frió desaire hasta una revolución violenta. De esta manera,
nos ponemos en conflicto no solamente
con nosotros mismos, sino con otras personas, que también tienen
instintos.
Más que ninguna otra persona, el
alcohólico debiera darse cuenta de que sus instintos desbocados son la causa
fundamental de su forma destructiva de beber. Hemos bebido para ahogar el temor,
la frustración y la depresión. Hemos bebido para escapar de los sentimientos de
culpabilidad ocasionados por nuestras pasiones, y luego hemos vuelto a beber
para reavivar esas pasiones. Hemos bebido por pura vanagloria - para poder
disfrutar mejor nuestros descabellados sueños de pompa y poder. No es muy grato
contemplar esta perversa enfermedad del alma. Los instintos desbocados se
resisten a ser analizados. En cuanto intentamos hacer un serio esfuerzo por
examinarlos, es probable que suframos una reacción
desagradable.
Si por temperamento tendremos al
lado depresivo, es probable que nos veamos inundados de un sentimiento de
culpabilidad y de odio hacia nosotros mismos. Nos sumimos en este pantano sucio,
del que a menudo sacamos un placer perverso y doloroso. Al entregarnos
mórbidamente a estas actividad melancólica, puede que nos hundamos en la
desesperación hasta tal punto que sólo el olvido nos parece la única solución
posible. En este punto, por supuesto, hemos perdido toda perspectiva y, por lo
tanto, la auténtica humildad. Porque esto es la otra cada del orgullo. No es en
absoluto un inventario moral; es el mismo proceso que muy a menudo ha llevado a
la persona depresiva a la botella y a la extinción.
Sin embargo, si por naturaleza nos
inclinamos hacia la hipocresía o la grandiosidad, nuestra reacción será le
opuesta. Nos sentiremos ofendidos por el inventario sugerido de A.A. Sin duda aludiremos con orgullo a la
vida virtuosa que creíamos haber llevado antes de que la botella nos derrotara.
Insistiremos que nuestros graves
defectos de carácter, si es que creemos tener alguno, han sido causados
principalmente por haber bebido en exceso. Siendo este el caso, creemos que lo
que se deriva lógicamente es que la sobriedad es la única meta que tenemos que
intentar lograr. Creemos que, tan pronto como dejemos el alcohol, nuestro buen
carácter renacerá. Si siempre habíamos sido buenas personas, excepto por nuestra
forma de beber, ¿qué necesidad tenemos de hacer un inventario moral ahora que
estamos sobrios?.
También nos agarramos a otra
magnífica excusa para evitar el inventario. Exclamamos que nuestros problemas e
inquietudes actuales están causados por el comportamiento de otra gente - gente
que realmente necesita hacer un inventario moral. Creemos firmemente que si sólo
nos trataran mejor, no tendríamos ningún problema. Por lo tanto, creemos que
nuestra indignación está justificada y es razonable - que nuestros resentimiento
son "bien apropiados". Nosotros no somos los culpables. Son
ellos.
En esta etapa del inventario,
nuestros padrinos vienen a rescatarnos. Pueden hacer esto, porque son los
portadores de la experiencia comprobada de A.A. con el Cuarto Paso. Consuelan a
la persona melancólica, primero mostrándole que no es un caso extraño ni
diferente, que probablemente sus defectos de carácter no son ni más numerosos ni
peores que los de cualquier otro miembro de A.A. El padrino demuestra esto rápidamente,
hablando abierta y francamente, y sin exhibicionismo, acerca de sus propios
defectos, antiguos y actuales. Este inventario sereno y, a la vez, realista es
inmensamente tranquilizador. Probablemente el padrino le indica al recién
llegado que junto con sus defectos puede anotar algunas virtudes. Esto
contribuye a disipar el pesimismo y fomentar el equilibrio. Tan pronto como
empiece a ser más objetivo, el principiante podrá considerar sin miedo sus
propios defectos.
Los padrinos de los que creen que
no necesitan hacer un inventario se ven enfrentados con un problema muy
diferente, porque la gente impulsada por el orgullo de sí misma,
inconscientemente se niegan a ver sus defectos. Es poco probable que estos
principiantes necesiten consuelo. Lo necesario, y difícil, es ayudarles a
encontrar una grieta en la pared construida por sus egos, por la que pueda
brillar la luz de la razón.
Para empezar, se les puede decir
que la mayoría de los A.A., en sus días de bebedores, estuvieron gravemente
afligidos por la autojustificación. Para la mayoría de nosotros, la
autojustificación era lo que nos daba excusas -excusas para beber, por supuesto,
y para todo tipo de conducta disparatada y dañina. Éramos artistas en la
invención de pretextos. Teníamos que beber porque estábamos pasándolo muy mal, o
muy bien. Teníamos que beber porque en nuestros hogares nos agobiaban con amor,
o porque no recibíamos amor alguno. Teníamos que beber porque en nuestros
trabajos teníamos un gran éxito, o porque habíamos fracasado. Teníamos que beber
porque nuestro país había ganado una guerra o perdido la paz. Y así fue, ad
infinitum.
Creíamos que las "circunstancias"
nos impulsaban a beber, y cuando habíamos intentado corregir estas
circunstancias, al ver que no podíamos hacerlo a nuestra plena satisfacción,
empezamos a beber de forma desenfrenada y nos convertimos en alcohólicos. Nunca
se nos ocurrió pensar que nosotros éramos quienes teníamos que cambiar para
ajustarnos a las circunstancias, fueran cuales
fueran.
Pero en A.A., poco a poco llegamos
a darnos cuenta de que teníamos que hacer algo respecto a nuestros
resentimientos vengativos, nuestra autoconmiseración, y nuestro poco merecido
orgullo. Teníamos que reconocer que cada vez que nos las dábamos de personajes,
la gente se volvía en contra nuestra. Teníamos que reconocer que cuando
albergábamos rencores y planeábamos vengarnos por tales derrotas, en realidad
nos estábamos dando golpes a nosotros mismos con el garrote de la ira, golpes
que habíamos querido asestar a otros. Nos dimos cuenta de que si nos sentíamos
gravemente alterados, lo primero que teníamos que hacer era apaciguarnos, sin
importarnos la persona o las circunstancias que nosotros creyéramos responsables
de nuestro trastorno.
A muchos de nosotros nos costaba
mucho tiempo ver lo engañados que estábamos por nuestras volubles emociones.
Podíamos verlas rápidamente en otras personas, pero tardábamos mucho en verlas
en nosotros mismos. Ante todo, era necesario admitir que teníamos muchos de
estos defectos, aunque el hacerlo nos causara mucho dolor y humillación. En lo
que respeta a otra gente, teníamos que eliminar la palabra "culpa" de nuestro
vocabulario y de nuestros pensamientos. Para poder empezar a hacer esto, nos
hacía falta mucha buena voluntad. Pero una vez salvados los dos o tres primeros
obstáculos, el camino nos parecía cada vez más fácil de seguir. Porque habíamos
empezado a vernos en nuestra justa medida, es decir, habíamos adquirido más
humildad.
Claro está que la persona
depresiva y la persona agresiva y orgullosa son extremos de la gama de
personalidades humanas, y son tipos que abundan tanto en A.A. como en el mundo
exterior. Muchas veces estas personalidades se presentan de forma tan definida
como en los ejemplos que hemos dado. Pero con la misma frecuencia se encuentran
algunas que casi pueden clasificarse en ambas categorías. Los seres humanos
nunca son totalmente idénticos, así que cada uno de nosotros, al hacer nuestro
inventario, tendremos que determinar cuáles son nuestros propios defectos de
carácter. Cuando encuentre los zapatos a su medida, debe ponérselos y andar con
la seguridad de que por fin está en el buen camino.
Reflexionemos ahora sobre la
necesidad de hacer una lista de los defectos de personalidad más pronunciados
que todos tenemos en diversos grados. Para los que tienen una formación
religiosa, en esta lista aparecerían graves violaciones de principios morales.
Otros la consideran como una lista de defectos de carácter. Y otros un catálogo
de inadaptaciones. Algunos se sentirán muy violentos si se habla de inmoralidad,
y mucho más si se habla de pecado. Pero todo aquel que dispone de un mínimo de
sensatez, estará de acuerdo en un punto: que dentro del alcohólico hay muchas
cosas que no funcionan bien, y que hay mucho que hacer para remediarlas si
esperamos lograr la sobriedad, hacer el progreso y tener una verdadera capacidad
para enfrentarnos a las realidades de la vida.
Para evitar caer en la confusión
discutiendo sobre los nombres que se deben dar a estos defectos, utilicemos una
lista universalmente aceptada de las principales flaquezas humanas -los Siete
Pecados Capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. No
es causalidad que la soberbia encabece la lista. Porque la soberbia, que conduce
a la autojustificación, y que está siempre espoleada por temores conscientes o
inconscientes, es la que genera la mayoría de las dificultades humanas, y es el
principal obstáculo al verdadero progreso. La soberbia nos hace caer en la
trampa de imponer en nosotros mismos y en otra gente exigencias que no se pueden
cumplir sin pervertir o abusar de los instintos que Dios nos ha dotado. Cuando la
satisfacción de nuestro instinto de sexo, de seguridad y de disfrutar de la
compañía de nuestros semejantes se convierte en la única meta de nuestras vidas,
entonces aparece la soberbia para justiciar nuestros
excesos.
Todas estas flaquezas generan el
miedo que es, en sí mismo, una enfermedad del alma. Luego, el miedo, a su vez,
genera más defectos de carácter. Un temor exagerado de no poder satisfacer
nuestros instintos nos lleva a codiciar los bienes de otros, a tener avidez de
sexo y de poder, enfurecernos al ver amenazadas nuestras exigencias instintivas,
a sentir envidia al ver realizadas las ambiciones de otra gente y las nuestras
frustradas. Comemos más, bebemos más y tratamos de coger más de lo que
necesitamos de todo, temiendo que nunca tendremos lo suficiente. La perspectiva
del trabajar nos asusta tan profundamente que nos hundimos en la pereza.
Holgazaneamos, y tratamos de
dejarlo todo para el día de mañana, o, si trabajamos, lo hacemos de mala gana y
a medias. Estos temores son como plagas que van royendo los cimientos sobre los
que tratamos de construir una vida.
Así que cuando A.A. sugiere que
hagamos sin miedo un inventario moral, tiene que parecerle al recién llegado que
se le pide más de lo que puede hacer. Cada vez que intenta mirar en su interior,
tanto su orgullo como sus temores le hacen retroceder. El Orgullo dice, "No hace
falta que te molestes en hacerlo", y el Temor le dice, "No te atrevas a
hacerlo". Pero según el testimonio de los A.A. que han intentado sinceramente
hacer un inventario moral, el orgullo y el miedo en estos momentos no son sino
espantajos. Una vez que estemos plenamente dispuestos a hacer nuestro
inventario, y que nos dediquemos a hacerlo con todo esmero, una luz inesperada
nos llega para disipar la neblina. Conforme perseveramos en el intento, nace una
nueva seguridad, y el alivio que sentimos al enfrentarnos por fin con nosotros
mismos es indescriptible. Estos son los primeros frutos del Cuatro
Paso.
Al llegar a este punto, es
probable que el principiante haya sacado las siguiente conclusiones: que sus
defectos de carácter, que representan sus instintos descarriados, han sido la
causa primordial de su forma de beber y de su fracaso en la vida; que, a no ser
que esté dispuesto a trabajar diligentemente para eliminar sus peores defectos,
tanto la sobriedad como la tranquilidad de mente quedarán fuera de su alcance;
que tendrá que derribar los cimientos defectuosos de su vida y volver a
construirlos sobre roca firma. Ahora, dispuesto a empezar la búsqueda de sus
propios defectos, se preguntará a sí mismo, "¿Cómo debo proceder exactamente?
¿Cómo hago un inventario personal?".
Puesto que el Cuarto Paso no es
sino el mero comienzo de una práctica que nos habrá de durar toda la vida,
podemos sugerirle que lo empiece examinando aquellos defectos que más le
molestan y que más le saltan a la vista. Valiéndose de su mejor criterio
respecto a lo que ha habido de bueno y de malo en su vida, puede hacer una
especie de resumen general de su conducta en lo concerniente a sus instintos
primordiales de sexo, de seguridad y de relaciones sociales. Al repasar su vida
anterior, puede comenzar fácilmente el proceso con una consideración de algunas
preguntas como las siguientes:
¿Cuándo, cómo, y en cuáles
circunstancias he hecho daño a otras personas y a mí mismo insistiendo en
satisfacer mi deseo egoísta de relaciones sexuales? ¿Quiénes se vieron
lastimados, y cuál fue el daño que les hice? ¿Llegué a arruinar mi matrimonio y
a herir a mis hijos? ¿Puse en peligro mi reputación en la comunidad?
¿Precisamente cómo reaccioné ante estas situaciones en el momento que
ocurrieron? ¿Me sentía consumido de un sentimiento de culpabilidad que nada
podría aliviar? O, ¿insistí que era yo la presa y no el depredador, intentando
así absolverme? ¿Cómo he reaccionado ante la frustración en cuestiones sexuales?
Al verme rechazado, ¿me he vuelto vengativo o deprimido? ¿Me he desquitado con
terceras personas? Si he encontrado un rechazo o frialdad en casa, ¿lo he
aprovechado como un pretexto para tener aventuras
amorosas?
Para la mayoría de los alcohólicos
también son muy importantes las preguntas que tienen que hacerse acerca de su
comportamiento respecto a la seguridad económica y emocional. En estos aspectos
de la vida, el temor, la avaricia, los celos y el orgullo suelen tener el peor
efecto. Al repasar su historial profesional o laboral, casi cualquier alcohólico
puede hacerse preguntas como éstas: Además de mi problema con la bebida, ¿qué
defectos de carácter contribuyeron a mi inestabilidad económica? ¿Destruyeron la
confianza que tenía en mismo y me llenaron de conflictos el temor y la
inseguridad que sentía acerca de mi aptitud para hacer mis trabajos? ¿Intenté
ocultar estos sentimientos de insuficiencia con fanfarronadas, engaños, mentiras
o escurriendo el bulto? O, ¿me quejaba de que otras personas no reconocían mis
talentos extraordinarios? ¿Me sobrestimaba a mí mismo y hacía el papel de
personaje importante? ¿Traicionaba a mis colegas y compañeros de trabajo a causa
de mi ambición tan desmedida y mi falta de principios? ¿Derrochaba el dinero
para aparentar? ¿Pedía dinero prestado imprudentemente, sin importante si lo
podía devolver o no? ¿Era tacaño, negándome a mantener a mi familia debidamente?
¿Escatimaba gastos en mis tratos comerciales de forma poco honrada? ¿Y los
intentos para ganar dinero fácil y rápidamente, en el mercado de valores y las
carreras de caballos?.
Naturalmente, muchas de estas
preguntas se aplican igualmente a las mujeres de negocios en A.A. Pero el ama de casa alcohólica también
puede causar la inseguridad económica de la familia. Puede falsear las cuentas
de crédito, manipular el presupuesto para comida, pasar las tardes jugándose el
dinero, y cargar de deudas a su marido con su irresponsabilidad, derroche y
despilfarro.
Pero todos los alcohólicos que han
perdido sus trabajos, sus familias y sus amigos a causa de la bebida tendrán que
examinarse despiadadamente a sí mismos para determinar cómo sus propios defectos
de personalidad han demolido su seguridad.
Los síntomas más comunes de la
inseguridad emocional son la ansiedad, la ira, la autoconmiseración y la
depresión. Estas se origina en causas que a veces parecen estar dentro de
nosotros y otras veces parecen ser externas. Para hacer un inventario al
respecto, debemos considerar cuidadosamente las relaciones personales que
constante o periódicamente nos han ocasionado problemas. Se debe tener en cuenta
que este tipo de inseguridad se suele presentar en cualquier ocasión en que los
instintos se ven amenazados. Las preguntas encaminadas a aclarar este asunto
pueden ser así: Fijándome tanto en el pasado como en el presente, ¿cuáles
situaciones sexuales me han producido sensaciones de inquietud, amargura,
frustración o depresión? Considerando imparcialmente cada situación, ¿puedo ver
dónde yo he tenido la culpa? ¿Me asediaban estas perplejidades debido a mi
egoísmo y mis exigencias exageradas? O, si mi trastorno parecía ser provocado
por el compartimiento de otras personas, ¿por qué carezco de la capacidad para
aceptar las circunstancias que no puedo cambiar? Estas son las preguntas básicas
que pueden revelar el origen de mi desasosiego e indicar si tengo la posibilidad
de cambiar mi propia conducta para así adaptarme serenamente a la
autodisciplina.
Supongamos que la inseguridad
económica suscita constantemente estos mismos sentimientos. Puedo
preguntarme a mí mismo hasta qué
punto mis propios errores han nutrido las inquietudes que me van carcomiendo. Y
si las acciones de otra gente forman parte de la causa, ¿qué puedo hacer al
respecto? Y si no puedo cambiar las circunstancias actuales, ¿estoy dispuesto a
tomar las medidas necesarias para adaptar mi vida a estas circunstancias? Estas
preguntas, y otras muchas que se nos ocurrirán según el caso particular,
contribuirán a descubrir las causas fundamentales.
Pero nuestras relaciones
retorcidas con nuestra familia, nuestros amigos y la sociedad en general son las
que nos han causado el mayor sufrimiento a muchos de nosotros. Hemos sido
fundamental que nos hemos negado a reconocer es nuestra incapacidad para
sostener una relación equilibrada con otro ser humano. Nuestra egomanía nos crea
dos escollos desastrosos. O bien insistimos en dominar a la gente que conocemos,
o dependemos excesivamente de ellos. Si nos apoyamos demasiado en otras
personas, tarde o temprano nos fallarán, porque también son seres humanos y les
resulta imposible satisfacer nuestras continuas exigencias. Así alimentada,
nuestra inseguridad va haciéndose cada vez más acusada. Si acostumbramos
intentar manipular a otros para que se adapten a nuestros deseos obstinados,
ellos se rebelan y se nos resisten con todas sus fuerzas. Entonces nos sentimos
heridos, nos vemos afligidos de una especie de manía persecutoria y del deseo de
vengarnos. Al redoblar nuestros esfuerzos para dominar, y seguir fracasando en
este intento, nuestro sufrimiento llega a ser agudo y constante. Nunca hemos
intentado ser un miembro de la familia, un amigo entre amigos, un trabajador
entre otros trabajadores, y un miembro útil de la sociedad. Siempre hemos
luchado por destacarnos del montón o por
escondernos.
Este comportamiento egoísta nos
impedía tener una relación equilibrada con cualquier persona a nuestro
alrededor. No teníamos la menor comprensión de lo que es la auténtica
hermandad.
Algunos pondrán reparos a muchas
de las preguntas formuladas, porque creen que sus propios defectos de carácter
no eran de tanta envergadura. A estas personas se les puede sugerir que un
examen concienzudo probablemente sacará a relucir esos mismos defectos a los que
se referían las preguntas molestas. Ya que vista superficialmente nuestra
historia no parece ser tan mala, a menudo nos asombramos al descubrir que así
parece porque hemos enterrado estos defectos de carácter bajo gruesas capas de
autojustificación. Sean cuales sean , estos defectos emboscados nos han tenido
la trampa que acabó por llevarnos al alcoholismo y la
infelicidad.
Por lo tanto, al hacer nuestro
inventario la palabra clave es minuciosidad. Para tal fin, es aconsejable poner
por escrito nuestras preguntas y respuestas. Nos ayudará a pesar con claridad y
a evaluar nuestra conducta con sinceridad. Será la primera muestra palpable de
que estamos completamente dispuestos a seguir
adelante.
QUINTO PASO
"Admitimos ante Dios, ante
nosotros mismos, y
ante otro ser humano, la
naturaleza exacta de
nuestros
defectos".
Todos los Doce Pasos de A.A. nos
piden que vayamos en contra de nuestros deseos naturales . . . todos ellos
desinflan nuestros ego. En cuanto al desinflamiento del ego, hay pocos Pasos que
nos resulten más difíciles que el Quinto. Pero tal vez no hay otro Paso más
necesario para lograr una sobriedad duradera y la tranquilidad de
espíritu.
La experiencia de A.A. nos ha
enseñado que no podemos vivir a solas con nuestros problemas apremiantes y los
defectos de carácter que los causan o los agravan. Si hemos examinado nuestras
carreras a la luz del Cuarto Paso, y hemos visto iluminadas y destacadas
aquellas experiencias que preferiríamos no recordar, si hemos llegado a darnos
cuenta de cómo las ideas y acciones equivocadas nos han lastimado a nosotros y a
otras personas, entonces, la necesidad de dejar de vivir a solas con los
fantasmas atormentadores del pasado cobra cada vez más urgencia. Tenemos que
hablar de ellos con alguien.
No obstante, es tal la intensidad
de nuestro miedo y nuestra desgana a hacerlo que al principio muchos alcohólicos
intentan saltar el Quinto Paso. Buscamos una alternativa más cómoda - que suele
ser el admitir, de forma general y poco molesta, que cuando bebíamos a veces
éramos malos actores. Entonces, para remacharlo, añadíamos unas descripciones
dramáticas de algunos aspectos de nuestra conducta alcohólica que, de todas
formas, nuestros amigos probablemente ya conocían.
Pero acerca de las cosas que
realmente nos molestan y nos enojan, no decimos nada. Ciertos recuerdos
angustiosos o humillantes, nos decimos, no se deben compartir con nadie. Los
debemos guardar en secreto. Nadie jamás debe conocerlos. Esperamos llevárnoslos
a la tumba.
Sin embargo, si la experiencia de
A.A. nos sirve para algo, esta decisión so sólo es poco sensata, sino también
muy peligrosa. Pocas actitudes confusas nos han causado más problemas que la de
tener reservas en cuanto al Quinto Paso. Algunas personas ni siquiera pueden
mantenerse sobrias por poco tiempo; otras tendrán recaídas periódicamente hasta
que logren poner sus casas en orden. Incluso los veteranos de A.A. que llevan
muchos años sobrios, a menudo pagan un precio muy alto por haber escatimado
esfuerzos en este Paso. Contarán cómo intentaban cargar solos con este peso;
cuánto sufrieron de irritabilidad, de angustia, de remordimientos y de
depresión; y cómo, al buscar inconscientemente alivio, a veces incluso acusaban
a sus mejores amigos de los mismos defectos de carácter que ellos mismos
intentaban ocultar. Siempre descubrían que nunca se encuentra el alivio al
confesar los pecados de otra gente. Cada cual tiene que confesar los
suyos.
Esta costumbre de reconocer los
defectos de uno mismo ante otra persona es, por supuesto, muy antigua. Su valor
ha sido confirmado en cada siglo, y es característico de las personas que
centran sus vidas en lo espiritual y que son verdaderamente religiosas. Pero hoy
día no sólo la religión aboga a favor de este principio salvador. Los siquiatras
y los sicólogos recalcan la profunda y práctica necesidad que tiene todo ser
humano de conocerse a sí mismo y reconocer sus defectos de personalidad, y poder
hablar de ellos con una persona comprensiva y de confianza. En cuanto a los
alcohólicos A.A. iría aun más lejos. La mayoría de nosotros diríamos que, sin
admitir sin miedo nuestros defectos ante otro ser humano, no podríamos
mantenernos sobrios. Parece bien claro que la gracia de Dios no entrará en
nuestras vidas para expulsar nuestras obsesiones destructoras hasta que no
estemos dispuestos a intentarlo.
¿Qué podemos esperar recibir del
Quinto Paso?
Entre otras cosas, nos libraremos de esa terrible sensación de
aislamiento que siempre hemos tenido. Casi sin excepción, los alcohólicos están
torturados por la soledad. Incluso antes de que nuestra forma de beber se
agravara hasta tal punto que los demás se alejaran de nosotros, casi
todos nosotros sufríamos de la sensación de no encajar en ninguna parte. O bien
éramos tímidos y no nos atrevíamos acercarnos a otros, o éramos propensos a ser
muy extrovertidos, ansiando atenciones y camaradería, sin conseguirlas nunca - o
al menos según nuestro parecer. Siempre había esa misteriosa barrara que no
podíamos superar ni entender. Era como si fuéramos actores en escena que de
pronto se dan cuenta de no poder recordar ni una línea de sus papeles. Esta es
una de las razones por las que nos gustaba tanto el alcohol. Nos permitía
improvisar. Pero incluso Baco se volvió en contra nuestra; acabamos derrotados y
nos quedamos en aterradora soledad.
Cuando llegamos a A.A. y por
primera vez en nuestras vidas nos encontramos entre personas que parecían
comprendernos, la sensación de pertenecer fue tremendamente emocionante.
Creíamos que el problema del aislamiento había sido resuelto. Pero pronto
descubrimos que, aunque ya no estábamos aislados en el sentido social, todavía
seguíamos sufriendo las viejas punzadas del angustioso aislamiento. Hasta que no
hablamos con perfecta franqueza de nuestros conflictos y no escuchamos a otro
hacer la misma cosa, seguíamos con la sensación de no pertenecer. En el Quinto
Paso se encontraba la solución. Fue el
principio de una auténtica
relación con Dios y con nuestros prójimos.
Por medio de este Paso vital,
empezamos a sentir que podríamos ser perdonados, sin importar cuáles hubieran
sido nuestros pensamientos o nuestros actos. Muchas veces, mientras
practicábamos este Paso con la ayuda de nuestros padrinos o consejeros
espirituales, por primera vez nos sentimos capaces de perdonar a otros, fuera
cual fuera el daño que creíamos que nos habían causado. Nuestro inventario moral
nos dejó convencidos de que lo deseable era el perdón general, pero hasta que no
emprendimos resueltamente el Quinto Paso, no llegamos a saber en nuestro fuero
interno que podríamos recibir el perdón y también
concederlo.
Otro gran beneficio que podemos
esperar del hecho de confiar nuestros defectos a otra persona es la humildad -
una palabra que suele interpretarse mal. Para los que hemos hecho progresos en
A.A., equivale a un reconocimiento claro de lo que somos y quiénes somos
realmente, seguido de un esfuerzo sincero de llegar a ser lo que podemos ser.
Por lo tanto, lo primero que debemos hacer para encaminarnos hacia la humildad
es reconocer nuestros defectos. No podemos corregir ningún defecto si no lo
vemos claramente. Pero vamos a tener que hacer algo más que ver. El examen
objetivo de nosotros mismos que logramos hacer en el Cuarto Paso sólo era,
después de todo, un examen. Por ejemplo, todos nosotros vimos que nos faltaba
honradez y tolerancia, que a veces nos veíamos asediados por ataque s de
autoconmiseración y por delirios de grandeza. No obstante, aunque ésta era una
experiencia humillante, no significaba forzosamente que hubiéramos logrado una
medida de auténtica humildad. A pesar de haberlos reconocido, todavía teníamos
estos defectos. Había que hacer algo al respecto. Y pronto nos dimos cuenta de
que ni nuestros deseos ni nuestra voluntad servían, por sí solos, para
superarlos.
El ser más realistas y, por lo
tanto, más sinceros con respecto a nosotros mismos son los grandes beneficios de
los que gozamos bajo la influencia del Quinto Paso. Al hacer nuestro inventario,
empezamos a ver cuántos problemas nos había causado el autoengaño. Esto nos
provocó una reflexión desconcertante. Si durante toda nuestra vida nos habíamos
estado engañando a nosotros mismos, ¿cómo podíamos estar seguros ahora de no
seguir haciéndolo? ¿Cómo podíamos estar seguros de haber hecho un verdadero
catálogo de nuestros defectos y de haberlos reconocido sinceramente, incluso
ante nosotros mismos? Puesto que seguíamos presas del miedo, de la
autoconmiseración de los sentimientos heridos, lo más probable era que no
podríamos llegar a una justa apreciación de nuestro estado real. Un exceso de
sentimientos de culpabilidad y de remordimientos podría conducirnos a dramatizar
y exagerar nuestras deficiencias. O la ira y el orgullo herido podrían ser la
cortina de humo tras la que ocultábamos algunos de nuestros defectos, mientras
que culpábamos a otros por ellos. También era posible que todavía estuviéramos
incapacitados por muchas debilidades, grandes y pequeñas, que ni siquiera
sabíamos que tuviéramos.
Por lo tanto, nos parecía muy
obvio que hacer un examen solitario de nosotros mismos, y reconocer nuestros
defectos, basándonos únicamente en esto, no iba a ser suficiente. Tendríamos que
contar con ayuda ajena para estar seguros de conocer y admitir la verdad acerca
de nosotros mismos - la ayuda de Dios y de otro ser humano. Sólo al darnos a
conocer totalmente y sin reservas, sólo al estar dispuestos a escuchar consejos
y aceptar orientación, podríamos poner pie en el camino del recto pensamiento,
de la rigurosa honradez, y de la auténtica
humildad.
No obstante, muchos de nosotros
seguíamos vacilando. Nos dijimos: "¿Por qué no nos puede indicar 'Dios como lo
concebimos' dónde nos desviamos?" Si el Creador fue quien nos dio la vida, El
sabrá con todo detalle en dónde nos hemos equivocado. ¿Por qué no admitir
nuestros defectos directamente ante El? ¿Qué necesidad tenemos de mezclar a otra
persona en este asunto?.
En esta etapa, encontramos dos
obstáculos en nuestro intento de tratar con Dios como es debido. Aunque al
principio puede que nos quedemos asombrados al darnos cuenta de que Dios lo
sabia todo respecto a nosotros, es probable que nos acostumbremos rápidamente a
la idea. Por alguna razón, el estar a solas con Dios no parece ser tan
embarazoso como sincerarnos ante otro ser humano. Hasta que no nos sentemos a
hablar francamente de lo que por tanto tiempo hemos ocultado, nuestra
disposición para poner nuestra casa en orden seguirá siendo un asunto teórico.
El ser sinceros con otra persona nos confirma que hemos sido sinceros con
nosotros mismos y con Dios.
El segundo obstáculos es el
siguiente: es posible que lo que oigamos decir a Dios cuando estamos solos esté
desvirtuado por nuestras propias racionalizaciones y fantasías. La ventaja de
hablar con otra persona es que podemos escuchar sus comentarios y consejos
inmediatos respecto a nuestra situación, y no cabrá la menor duda de cuáles son
estos consejos: En cuestiones espirituales, es peligroso hacer las cosas solas.
Cuántas veces hemos oído a gente bien intencionada decir que habían recibido la
orientación de Dios, cuando en realidad era muy obvio que estaban totalmente
equivocados. Por falta de práctica y de humildad, se habían engañado a ellos
mismos, y podían justificar las tonterías más disparatadas, manteniendo que esto
era lo que Dios les había dicho. Vale la pena destacar que la gente que ha
logrado un gran desarrollo espiritual casi siempre insisten en confirmar con
amigos y consejeros espirituales la orientación que creen haber recibido de
Dios. Claro está, entonces, que un principiante no debe exponerse al riesgo de
cometer errores tontos y, tal vez, trágicos en este sentido. Aunque los
comentarios y consejos de otras personas no tienen por qué ser infalibles, es
probable que sean muchos más específicos que cualquier orientación directa que
podamos recibir mientras tengamos tan poca experiencia en establecer contacto
con un Poder superior a nosotros mismos.
Nuestro siguiente problema será
descubrir a la persona en quien vayamos a confiar. Esto lo debemos hacer con
sumo cuidado, teniendo presente que la prudencia es una virtud muy preciada. Tal
vez tendremos que comunicar a esta persona algunos hechos de nuestra vida que
nadie más debe saber. Será conveniente que hablemos con una persona
experimentada, que no solo se ha mantenido sobria, sino que también ha podido
superar graves dificultades. Dificultades, tal vez, parecidas a las nuestras.
Puede suceder que esta persona será nuestro padrino, pero no es necesario que
sea así. Si has llegado a tener gran confianza en él, y su temperamento y sus
problemas se parecen a los tuyos, entonces será una buena elección. Además, tu
padrino ya tiene la ventaja de conocer algo de tu
historia.
Sin embargo, puede ser que tu
relación con él es de una naturaleza tal que solo quieras revelarle una parte de
tu historia. Si este es el caso, no vaciles en hacerlo, porque debes hacer un
comienzo tan pronto como puedas. No obstante, puede resultar que elijas a otra
persona a quien confiar las revelaciones más profundas y más difíciles. Puede
ser que este individuo sea totalmente ajeno a A.A. - por ejemplo, tu confesor o
tu pastor o tu médico. Para algunos de nosotros, una persona totalmente
desconocida puede que sea lo mejor.
Lo realmente decisivo es tu buena
disposición para confiar en otra persona y la total confianza que deposites en
aquel con quien compartes tu primer inventario sincero y minucioso. Incluso
después de haber encontrado a esa persona, muchas veces se requiere una gran
resolución para acercarse a él o ella. Que nadie diga que el programa de A.A. no
exige ninguna fuerza de voluntad; esta situación puede que requiera toda la que
tengas. Afortunadamente, es muy probable que te encuentres con una sorpresa muy
agradable. Cuando le hayas explicado cuidadosamente tu intención y el
depositario de tu confianza vea lo verdaderamente útil que puede ser, les
resultará fácil empezar la conversión, y pronto será muy animada. Es probable
que la persona que te escucha no tarde mucho en contarte un par de historias
acerca de él mismo, lo cual te hará sentirte aun más cómodo. Con tal que no
ocultes nada, cada minuto que pase te irás sintiendo más aliviado. Las emociones
que has tenido reprimidas durante tantos años salen a la luz y, una vez
iluminadas, milagrosamente se desvanecen. Según van desapareciendo los dolores,
los reemplaza una tranquilidad sanadora. Y cuando la humildad y la serenidad se
combinan de esta manera, es probable que ocurra algo de gran significación.
Muchos A.A., que una vez fueron agnósticos o ateos, nos dicen que en esta etapa
del Quinto Paso sintieron por primera vez la presencia de Dios. E incluso
aquellos que ya habían tenido fe, muchas veces logran tener un contacto
consciente con Dios más profundo que nunca.
Esta sensación de unidad con Dios
y con el hombre, este salir del aislamiento al compartir abierta y sinceramente
la terrible carga de nuestro sentimiento de culpabilidad, nos lleva a un punto
de reposo donde podemos prepararnos para dar los siguientes Pasos hacia una
sobriedad completa y llena de significado.
SEXTO PASO
"Estuvimos enteramente dispuestos
a dejar que
Dios nos liberase de nuestros
defectos"
Este es el Paso que separa los
hombres de los niños". Así se expresa un clérigo muy querido nuestro que es uno
de los mejores amigos de A.A. A
continuación explica que cualquier persona que tenga suficiente buena voluntad y
sinceridad para aplicar repetidamente el Sexto Paso a todos sus defectos de
carácter - sin reserva alguna - ha llegado a alcanzar un gran desarrollo
espiritual y, por lo tanto, merece que se le describa como un hombre que
sinceramente intenta crecer a la imagen y semejanza de su
Creador.
Naturalmente, la muy discutida
pregunta de si Dios puede liberarnos de los defectos de carácter - y si, bajo
ciertas condiciones, lo hará - tendrá una respuesta inmediata y rotundamente
afirmativa por parte de casi todo miembro de A.A. Para nosotros, ésta no es una
propuesta teórica; es la mayor realidad de nuestras vidas. Casi cualquier
miembro ofrecerá como prueba una exposición como
ésta:
"Sin duda, yo estaba vencido,
totalmente derrotado. Mi fuerza de voluntad no me servía para nada frente al
alcohol. Los cambios de ambiente, los mejores esfuerzos de mi familia, mis
amigos, médicos, sacerdotes no tenían el menor efecto en mi alcoholismo.
Simplemente, no podía dejar de beber, y no parecía que ningún ser humano pudiera
conseguir que lo hiciera. Pero cuando llegué a estar dispuesto a poner mi casa
en orden y luego pedí a un Poder Superior, Dios como yo Lo concebía, que me
liberase de mi obsesión por beber, esa obsesión
desapareció".
En reuniones de A.A. celebradas en
todas partes del mundo, cada día se oyen contar experiencias como la anterior.
Todo el mundo puede ver claramente que cada miembro sobrio de A.A. ha sido
liberado de una obsesión obstinada y potencialmente mortal. Así que, en un
sentido literal, todos los A.A. han "llegado a estar enteramente dispuestos" a
dejar que Dios los liberase de la manía de beber alcohol. Y Dios ha hecho precisamente
esto.
Habiendo tenido una completa
liberación del alcoholismo, ¿por qué no podríamos lograr, por los mismos medios,
la liberación absoluta de cualquier otra dificultad o defecto? Este es el enigma
de nuestra existencia, cuya completa solución puede que exista solo en la mente
de Dios. No obstante, por lo menos podemos ver una parte de la
solución.
Cuando un hombre o una mujer
consumen tanto alcohol que destruyen su vida, hacen algo que va completamente
"contra natura". Al desafiar su deseo instintivo de conservación, parecen estar
empeñados en destruirse a sí mismos. Actúan en contra de su instinto más
profundo. Conforme se ven humillados por los terribles latigazos que les da el
alcohol, la gracia de Dios puede entrar en sus vidas y expulsar su obsesión. En
esto su poderoso instinto de sobrevivir puede cooperar plenamente con el deseo
de su Creador de darle una nueva vida. Porque tanto la naturaleza como Dios
aborrecen el suicidio.
Pero la mayoría de nuestras demás
dificultades no se pueden clasificar en esta categoría. Por ejemplo, cada
persona normal quiere comer, reproducirse y llegar a ser alguien en la sociedad.
Y desea gozar de un nivel razonable de seguridad mientras intenta alcanzar estas
cosas. De hecho Dios le ha creado así. No creó al hombre para que se destruyera
a sí mismo con el alcohol, sino que le dotó de instintos para ayudarle a
mantenerse vivo.
No existe la menor evidencia, al
menos en esta vida, de que nuestro Creador espere que eliminemos totalmente
nuestros instintos naturales. Que sepamos nosotros, no hay ningún testimonio de
que Dios haya quitado a cualquier ser humano todos sus instintos
naturales.
Puesto que la mayoría de nosotros nacemos con una abundancia de deseos naturales, no es de extrañar que a menudo les dejemos que se conviertan en exigencias que sobrepasan sus propósitos originales.