Nota: La Asociación Antidrogas de la República Argentina agradece a Alcohólicos Anónimos, la posibilidad de tener en nuestra página Web el programa completo de los 12 Pasos, sin el cual no hay recuperación posible para una persona con problemas de adicción.
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Un co-fundador de Alcohólicos
Anónimos cuenta cómo se recuperan los miembros y cómo funciona la
sociedad.
DOCE PASOS Y DOCE
TRADICIONES
PRÓLOGO
Alcohólicos Anónimos es una
comunidad mundial de más de cien mil * hombres y mujeres alcohólicas que se han
agrupado para resolver sus problemas comunes y ayudar a sus compañeros que
sufren a recuperarse de esa antigua y desconcertante enfermedad, el
alcoholismo.
Este libro trata de los "Doce
Pasos" y las "Doce Tradiciones" de Alcohólicos Anónimos. Ofrece una clara
exposición de los principios por los cuales se recuperan los miembros de A.A. y
por los que funciona su Sociedad.
Los Doce Pasos de A.A. son un conjunto
de principios de naturaleza espiritual que, si se adoptan como una forma de
vida, pueden liberar al enfermo de la obsesión por beber y transformarle en un
ser íntegro, útil y feliz.
Las Doce Tradiciones de A.A. se
aplican a la vida de la Comunidad en Si misma. Resumen los medios por los que
A.A. mantiene su unidad y se relaciona con el mundo a su alrededor, la forma en
que vive y se desarrolla.
Aunque los siguientes ensayos estaban
dirigidos principalmente a los miembros, muchos amigos de A.A. creen que pueden
suscitar interés y tener aplicación fuera de la
Comunidad.
Muchas personas, no alcohólicas,
dicen que, como consecuencia de practicar los Doce Pasos de A.A. han podido
enfrentarse a otras dificultades de la vida. Opinan que los Doce Pasos pueden
significar más que la sobriedad para los bebedores problema. Los consideran como
un camino hacia una vida feliz y útil para muchas personas, sean o no sean
alcohólicas.
* En 1995, se calcula que más de
dos millones se han recuperado por medio de A.A.
También hay un creciente interés en las
Doce Tradiciones de Alcohólicos Anónimos. Los que se dedican a estudiar las
relaciones humanas empiezan a preguntarse cómo y por qué funciona A.A. como
sociedad. ¿Cómo es posible, se preguntan, que en A.A. ningún miembro pude
imponer su autoridad personal a otro, y que no existe nada que se parezca a un
gobierno central? ¿Cómo es posible que un conjunto de principios tradicionales,
que no tienen ninguna fuerza legal, puede mantener la unidad y la eficacia de la
Comunidad de Alcohólicos Anónimos? La segunda parte de este libro, aunque
destinada a los miembros de A.A., ofrece por primera vez a los interesados una
perspectiva íntima y detallada de la Comunidad.
Alcohólicos Anónimos empezó en 1935 en
Akron, Ohio, como resultado de un encuentro entre un bien conocido cirujano de
esta ciudad y un agente de bolsa de Nueva York. Los dos eran graves casos de
alcoholismo e iban a convertirse en los cofundadores de la Comunidad de
A.A.
Los principios básicos de A.A., tal como
quedan hoy, fueron tomados en su mayor parte de los campos de la medicina y la
religión, aunque algunas de las ideas que tuvieron una importancia decisiva para
nuestro éxito se adoptaron como resultado de observar el comportamiento de la
Comunidad y darnos cuenta de sus necesidades.
Después de tres años de pruebas y
tanteos en busca de los principios más realizables que pudieran servir de base
para la Sociedad, y tras muchos fracasos en nuestros intentos de conseguir que
los alcohólicos se recuperasen, tres grupos lograron tener éxito - el primero en
Akron, el segundo en Nueva York y el tercero en Cleveland. Incluso entonces era
difícil encontrar cuarenta personas con una recuperación segura en los tres
grupos.
No obstante, la Sociedad
incipiente se resolvió a poner por escrito su experiencia en un libro que por
fin se publicó en 1939. En ese momento, contábamos con unos cien miembros
recuperados. El libro se tituló "Alcohólicos Anónimos", y de él tomó su nombre
la Comunidad. En sus páginas se describía el alcoholismo desde el punto de vista
del alcohólico, se estructuraron por primera vez a las ideas espirituales de la
Sociedad en los Doce Pasos, y se clarificó la aplicación de estos Pasos al
dilema del alcohólico. El resto del libro estaba dedicado a treinta historias o
historiales en los cuales los alcohólicos hablaban de sus experiencias
personales con la bebida y de su recuperación. Esto estableció una
identificación con los lectores alcohólicos y les demostró que lo que les había
parecido casi imposible ahora iba a ser posible. El libro "Alcohólicos Anónimos"
se convirtió en el texto básico de la Comunidad y todavía lo es. Este libro se
propone ampliar y profundizar la comprensión de los Doce Pasos que aparecieron
en la obra anterior.
Con la publicación en 1939 del
libro "Alcohólicos Anónimos", se puso fin a la época pionera y se inició una
prodigiosa reacción en cadena a medida que los alcohólicos recuperados llevaban
el mensaje a otros más. Durante los años siguientes, decenas de miles de
alcohólicos acudieron a A.A., principalmente como resultado de una constante y
excelente publicidad que gratuitamente divulgaron las revistas y periódicos de
todo el mundo. Tanto el clero como la medicina favorecieron el nuevo movimiento,
dándole su aprobación pública y su apoyo decidido.
Esta asombrosa expansión trajo
consigo graves dolores de crecimiento. Se había demostrado que los alcohólicos
se podían recuperar. Pero no era nada seguro que tal multitud de personas
todavía tan poco equilibradas pudieran vivir y trabajar juntos con armonía y
eficacia.
En todas partes surgían
amenazadores interrogantes en cuanto a los requisitos para ser miembro, el
dinero, las relaciones personales, las relaciones públicas, la dirección de los
grupos y los clubs y numerosas incertidumbres más. De esta vasta confusión de
experiencias explosivas, tomaron forma las Doce Tradiciones de A.A. que se
publicaron por primera vez en 1946 y fueron ratificadas posteriormente en la
Primera Convención Internacional de A.A. celebrada en Cleveland en 1950. La
sección de este libro que trata de las Tradiciones describe con bastante detalle
las experiencias que contribuyeron a la concepción de las Tradiciones, y dieron
así a A.A. su forma, su sustancia y su unidad
actuales.
Al llegar ahora a su madurez,
A.A. ha llegado a cuarenta países extranjeros. * Al parecer de sus amigos, este no es
sino el comienzo de su valioso servicio, único en su
especie.
Se espera que este libro depare a
todo aquel que lo lea una perspectiva íntima de los principios y fuerzas que han
hecho de Alcohólicos Anónimos lo que es hoy día.
(Puede ponerse en contracto con
la Oficina de Servicios
Generales de A.A. escribiendo
a:
Alcoholics Anonymous, P.O. Box 459
Grand
Central Station, New York, NY 10163, EE.UU.)
En
Argentina: Hipólito Yrigoyen 2858 - Capital Federal -
TE.:4931-6666
- grupoweb@ciudad.com.ar
* En 1955, A.A. ya está
establecido en 141 países.
LOS DOCE PASOS
PRIMER PASO
"Admitimos que éramos impotentes
ante el alcohol,
que nuestras vidas se habían
vuelto ingobernables".
¿A quien gusta admitir la derrota total? A
casi nadie, por supuesto. Todos los instintos naturales se rebelan contra la
idea de la impotencia personal. Es verdaderamente horrible admitir que, con una
copa en la mano, hemos deformado nuestra mente hasta tener una obsesión por
beber tan destructiva que solo un acto de la Providencia puede librarnos de
ella.
No hay otro tipo de bancarrota como
ésta. El alcohol, ahora convertido en nuestro acreedor más despiadado, nos
despoja de toda confianza en nosotros mismos y toda voluntad para resistirnos a
sus exigencias. Una vez que se acepta esta dura realidad, nuestra bancarrota
como seres humanos es total.
Pero al ingresar en A.A. pronto
adoptamos otra perspectiva sobre esta humillación absoluta. Nos damos cuenta de
que sólo por medio de la derrota total podemos dar nuestros primeros pasos hacia
la liberación y la fortaleza. La admisión de nuestra impotencia personal resulta
ser a fin de cuentas la base segura sobre la que se puede construir una vida
feliz y útil.
Sabemos que son pocos los
beneficios que un alcohólicos que ingrese en A.A. puede esperar, si ni ha
aceptado, desde el principio, su debilidad devastadora y todas sus
consecuencias. Mientras no se humille así, su sobriedad - si es que la logra -
será precaria. No encontrará la verdadera felicidad. Esta es una de las
realidades de la vida de A.A., comprobada más allá de toda duda por una vasta
experiencia. El principio de que no encontraremos una fortaleza duradera hasta
que no hayamos admitido la derrota total es la raíz principal de la que ha
brotado y florecido nuestra Sociedad.
Al vernos obligados a admitir la
derrota, la mayoría de nosotros nos rebelamos. Habíamos acudido a A.A. con la
esperanza de que se nos enseñara a tener confianza en nosotros mismos. Entonces,
se nos dijo que, en lo concerniente al alcohol, la confianza en nosotros mismos
no valía para nada; que de hecho era una gran desventaja. Nuestros padrinos nos
dijeron que éramos víctimas de una obsesión mental tan sutilmente poderosa que
ningún grado de voluntad humana podría vencerla. Se nos dijo que sin ayuda ajena
no podía existir tal cosa como la victoria personal sobre esta obsesión.
Complicando implacablemente nuestro dilema, nuestros padrinos señalaron nuestra
creciente sensibilidad al Alcohol - una alergia, la llamaban. El tirano alcohol
blandía sobre nosotros una espada de doble filo: primero, nos veíamos afligidos
por un loco deseo que nos condenaba a seguir bebiendo y luego por una alergia
corporal que aseguraba que acabaríamos destruyéndonos a nosotros mismos. Eran
muy contados los que, acosados de esta manera, habían logrado ganar este combate
mano a mano. Las estadísticas demostraban que los alcohólicos casi nunca se
recuperaban por sus propios medios. Y esto aparentemente había sido verdad desde
que el hombre pisó las uvas por primera vez.
Durante los años pioneros de A.A.,
únicamente los casos más desesperados podían tragar y digerir esta dura verdad.
E incluso estos "moribundos" tardaban mucho en darse cuenta de lo grave de su
condición. Pero unos cuantos sí se dieron cuenta y cuando se aferraban a los
principios de A.A. con todo el fervor con que un náufrago se agarra ala
salvavidas, casi sin excepción empezaban a mejorarse. Por eso, la primera
edición del libro "Alcohólicos Anónimos", publicado cuando teníamos muy pocos
miembros, trataba exclusivamente de casos de bajo fondo. Muchos alcohólicos
menos desesperados probaron A.A., pero no les dio resultado porque no podían
admitir su impotencia.
Es una tremenda satisfacción hacer
constar que esta situación cambió en los años siguientes. Los alcohólicos que
todavía conservaban su salud, sus familias, sus trabajos e incluso tenían dos
coches en su garaje, empezaron a reconocer su alcoholismo. Según aumentaba esta
tendencia, se unieron a ellos jóvenes que apenas se podían considerar
alcohólicos en potencia. Todos ellos se libraron de esos diez o quince años de
auténtico infierno por los que el resto de nosotros habíamos tenido que pasar.
Ya que el Primer Paso requiere que admitamos que nuestras vidas se habían vuelto
ingobernables, ¿cómo iban a dar este Paso personas como
ésas?
Era claramente necesario levantar
el fondo que el resto de nosotros habíamos tocado hasta el punto que les llegara
a tocar a ellos. Al repasar nuestros historiales de bebedores, podíamos
demostrar que, años antes de darnos cuenta, ya estábamos fuera de control, que
incluso entonces nuestra forma de beber no era un simple hábito, sino que en verdad era el comienzo de una
progresión fatal. A los que todavía lo dudaban, les podíamos decir, "Tal vez no
seas alcohólico. ¿Por qué no tratas de seguir bebiendo de manera controlada,
teniendo en cuenta, mientras tanto, lo que te hemos dicho acerca del
alcoholismo?". Esta actitud produjo resultados inmediatos y prácticos. Entonces
se descubrió que cuando un alcohólico había sembrado en la mente de otro la idea
de la verdadera naturaleza de su enfermedad, esta persona nunca podría volver a
ser la misma. Después de cada borrachera, se diría a sí mismo, "Tal vez esos
A.A. tenían razón . . . " Tras unas cuantas experiencias parecidas, a menudo
años antes del comienzo de graves dificultades, volvería a nosotros convencido.
Había tocado su fondo con la misma contundencia que cualquiera de nosotros. La
bebida se había convertido en nuestro mejor
abogado.
¿Por qué tanta insistencia en que
todo A.A. toque fondo primero? La respuesta es que muy poca gente tratará de
practicar sinceramente el programa de A.A. a menos que haya tocado fondo. Porque
la práctica de los restantes once Pasos de A.A. supone actitudes y acciones que
casi ningún alcohólico que todavía bebe podría siquiera soñar en adoptar. ¿Quién
quiere ser rigurosamente honrado y tolerante? ¿Quién quiere confesar sus faltas
a otra persona y reparar los daños causados? ¿A quién le interesa saber de un
Poder Superior, y aun menos pensar en la meditación y la oración? ¿Quién quiere
sacrificar tiempo y energía intentando llevar el mensaje de A.A. al que todavía
sufre? No, al alcohólico típico, extremadamente egocéntrico, no le interesa esta
perspectiva - a menos que tenga que hacer estas cosas para conservar su propia
vida.
Bajo el látigo del alcoholismo,
nos vemos forzados a acudir a A.A. y allí descubrimos la naturaleza fatal de
nuestra situación. Entonces, y sólo entonces, llegamos a tener la amplitud de
mente y la buena disposición para escuchar y creer que tienen los moribundos.
Estamos listos y dispuestos a hacer lo que haga falta para librarnos de esta
despiadada obsesión.
SEGUNDO PASO
"Llegamos a creer que un Poder
superior a
nosotros mismos podría
devolvernos el sano juicio".
A
l leer el Segundo Paso, la
mayoría de los recién llegados a A.A. se ven enfrentados a un dilema, a veces un
grave dilema. Cuántas veces les hemos oído gritar: "Miren lo que nos han hecho.
Nos han convencido de que somos alcohólicos y que nuestras vidas son
ingobernables. Después de habernos reducido a un estado de impotencia total,
ahora nos dicen que sólo un Poder Superior puede librarnos de nuestra obsesión.
Algunos de nosotros no queremos creer en Dios, otros no podemos creer, y hay
otros que, aunque creen en Dios, no confían en que El haga este milagro. Bien,
ya nos tienen con el agua al cuello - pero, ¿cómo vamos a salir del
apuro?".
Consideremos primero el caso de
aquel que dice que no quiere creer - el caso del rebelde. Su estado de ánimo
solo puede describirse como salvaje. Toda su filosofía de la vida, de la que
tanto se vanagloriaba, se ve amenazada. Cree que ya hace bastante al admitir que
le alcohol le ha vencido para siempre. Pero ahora, todavía dolido por esa
admisión, se le plantea algo realmente imposible. ¡Cuánto le encanta la idea de
que el hombre, que surgió tan majestuosamente de una sola partícula del barro
primitivo, sea la vanguardia de la evolución, por consiguiente el único dios que
existe en su universo! ¿Ha de renunciar a todo eso para
salvarse?
Al llegar a este punto, su padrino
se suele reír. Para el recién llegado, esto es el colmo. Es el principio del
fin. Y es cierto: es el principio del fin de su antigua forma de vivir y el
comienzo de una nueva vida. Su padrino probablemente le dice: "Tómatelo con
calma. El traje que te tienes que poner no te va a quedar tan estrecho como tú
te crees. Vamos, yo no lo he encontrado tan estrecho, ni tampoco un amigo mío
que había sido vicepresidente de la Sociedad Americana de Ateísmo. El se lo puso
y dice que no le aprieta en absoluto".
"De acuerdo" dice el recién
llegado, "sé que lo que me dices es la verdad. Todos sabemos que A.A. está lleno
de personas que antes pensaban como yo. Pero, en estas circunstancias, ¿cómo
quieres que me lo 'tome con calma'? Eso es lo que yo quisiera
saber".
"Muy buena pregunta", le responde
el padrino. "Creo que puedo decirte exactamente cómo tranquilizarte. Y no vas a
tener que esforzarte mucho. Escucha, si tuvieras la bondad, las tres siguientes
afirmaciones. Primero, Alcohólicos Anónimos no te exige que creas en nada. Todos
sus Doce Pasos no son sino sugerencias. Segundo, para lograr y mantener la
sobriedad, no te tienes que tragar todo lo del Segundo Paso en este preciso
momento. Al recordar mi propia experiencia, veo que me lo fui tomando en
pequeñas dosis. Tercero, lo único que necesitas es una mente verdaderamente
abierta. Deja de meterte en debates y de preocuparte por cuestiones tan
profundas como el tratar de averiguar si fue primero el huevo o la gallina. Te
repito una vez más, lo único que necesitas es una mente
abierta".
El padrino continúa: "Fíjate, por
ejemplo, en mi propio caso. Estudié una carrera científica. Naturalmente
respetaba, veneraba e incluso adoraba la ciencia. A decir verdad, todavía lo
hago - excepto lo de adorarla.
Repetidas veces mis maestros me expusieron el principio básico de todo progreso
científico: investigar y volver a investigar, una y otra vez, y siempre con una
mente abierta. La primera vez que eché una mirada al programa de A.A., mi
reacción fue exactamente como la tuya. Este asunto de A.A., me dije, no es nada
científico. No puedo tragarlo. No me voy a parar a considerar tales
tonterías.
"Luego me desperté. Tuve que
admitir que A.A. producía resultados, prodigiosos resultados. Me di cuenta de
que mi actitud ante éstos había sido muy pronto científica. No era A.A. quien
tenía la mente cerrada, sino yo. En el instante en que dejé de debatir, pude
empezar a ver y sentir. En ese momento, el Segundo Paso, sutil y gradualmente,
empezó a infiltrarse en mi vida. No puedo fijar ni la ocasión ni el día preciso
en que llegué a creer en un Poder superior a mí mismo, pero sin deuda ahora
tengo esa creencia. Para llegar a tenerla, sólo tenía que dejar de luchar y
ponerme a practicar el resto del programa de A.A. con el mayor entusiasmo
posible.
"Claro está que ésta es la opinión
de un solo hombre basada en su propia experiencia. Me apresuro a asegurarte que
en su búsqueda de la fe, los A.A. andar por innumerables caminos. Si no te gusta
el que te ha sugerido, seguro que descubrirá uno que te convenga si mantienes
abiertos los ojos y los oídos. Muchos hombres como tú han empezado a solucionar
el problema por el método de la substitución. Si quieres, puedes hacer de A.A.
tu "poder superior". Aquí tienes un grupo grande de gente que ha resuelto su
problema con el alcohol. En este sentido, constituye sin duda un poder superior
a ti, ya que tú ni siquiera te has aproximado a encontrar una solución. Seguro
que puedes tener fe en ellos. Incluso este mínimo de fe será suficiente. Vas a
encontrar a muchos miembros que han cruzado el umbral exactamente así. Todo te
dirán que, una vez que lo cruzaron, su fe se amplió y se profundizó. Liberados
de la obsesión del alcohol, con sus vidas inexplicablemente transformadas,
llegaron a creer en un Poder Superior, y la mayoría de ellos empezaron a hablar
de Dios".
Consideremos ahora la situación de
aquellos que antes tenían fe, pero la han perdido. Entre ellos, se encuentran
los que han caído en la indiferencia; otros que, llenos de autosuficiencia, se
han apartado; otros que han llegado a tener prejuicios en contra de la religión;
y otros más que han adoptado una actitud desafiante, porque Dios no les ha
complacido en sus exigencias. ¿Puede la experiencia de A.A. decirles a todos
ellos que todavía les es posible encontrar una fe que
obra?.
A veces el programa de A.A. les
resulta más difícil a aquellos que han perdido o han rechazado la fe que a
aquellos que nunca la han tenido, porque creen que ya han probado la fe y no les
ha servido de nada. Han probado el camino de la fe y el camino de la
incredulidad. Ya que ambos caminos les han dejado amargamente decepcionados, han
decidido que no tienen a dónde ir. Los obstáculos de la indiferencia, de la
imaginada autosuficiencia, de los prejuicios y de la rebeldía les resultan más
resistentes y formidables que cualquiera que haya podido erigir un agnóstico o
incluso un ateo militante. La religión dice que se puede demostrar la existencia
de Dios; el agnóstico dice que no se puede demostrar; y el ateo mantiene que se
puede demostrar que Dios no existe. Huelga decir que el dilema del que se desvía
de la fe es el de una profunda confusión. Cree que ha perdido la posibilidad de
tener el consuelo que ofrece cualquier convicción. No puede alcanzar ni el más
mínimo grado de esa seguridad que tiene el creyente, el agnóstico o el ateo. Es
el vivo retrato de la confusión.
Muchos A.A. pueden decirle a esta
persona indecisa, "Sí, nosotros también nos vimos desviados de la fe de nuestra
infancia. Nos vimos abrumados por un exceso de confianza juvenil. Por supuesto,
estábamos contentos de haber tenido un buen hogar y una formación religiosa que
nos infundió ciertos valores. Todavía estábamos convencidos de que debíamos ser
bastante honrados, tolerantes y justos; que debíamos tener aspiraciones y
trabajar con diligencia. Llegamos a la convicción de que estas simples normas de
honradez y decoro nos bastarían.
"Conforme el éxito material,
basado únicamente en estos atributos comunes y corrientes, empezó a llegarnos,
nos parecía que estábamos ganando el juego de la vida. Esto nos produjo un gran
regocijo y nos hizo sentirnos felices. ¿Por qué molestarnos con abstracciones
teológicas y obligaciones religiosas o con el estado de nuestra alma, tanto aquí
como en el más allá? La vida real y actual nos ofrecía suficientes
satisfacciones. La voluntad de triunfar nos salvaría. Pero entonces el alcohol
empezó a apoderarse de nosotros. Finalmente, al mirar al marcador y no ver
ningún tanto a nuestro favor y darnos cuenta de que con un fallo más no
quedaríamos para siempre fuera de juego, tuvimos que buscar nuestra fe perdida.
La volvimos a encontrar en A.A. Y
tú también puedes hacer lo mismo".
Ahora nos enfrentamos con otro
tipo de problema: el hombre o la mujer intelectualmente autosuficiente. A estas
personas, muchos A.A. les pueden decir: "Sí, éramos como tú - nos pasábamos de
listos. Nos encantaba que la gente nos considerara precoces. Nos valíamos de
nuestra educación para inflarnos de orgullo como globos, aunque hacíamos lo
posible para ocultar esta actitud ante los demás. En nuestro fuero interno,
creíamos que podíamos flotar por encima del resto de la humanidad debido
únicamente a nuestra capacidad cerebral. El progreso científico nos indicaba que
no había nada que el hombre no pudiera hacer. El saber era todopoderoso. El
intelecto podía conquistar la naturaleza. Ya que éramos más inteligentes que la
mayoría de la gente (o así lo creíamos), con solo ponernos a pensar tendríamos
el botín del vencedor. El dios del intelecto desplazó al Dios de nuestros
antepasados. Pero nuevamente Don Alcohol tenía otros planes. Nosotros, que tanto
habíamos ganado casi sin esfuerzo, lo perdimos todo. Nos dimos cuenta de que, si
no volviéramos a considerarlo, moriríamos. Encontramos muchos en A.A. que habían
pensado como nosotros. Nos ayudaron a desinflarnos hasta llegar a nuestro justo
tamaño. Con su ejemplo, nos demostraron que la humildad y el intelecto podían
ser compatibles, con tal de que siempre antepusiéramos la humildad al intelecto.
Cuando empezamos a hacerlo, recibimos el don de la fe, una fe que obra. Esta fe
también la puedes recibir tú".
Otro sector de A. A. dice:
"Estábamos hartos de la religión y de todo lo que conlleva la religión. La
Biblia nos parecía una sarta de tonterías; podíamos citarla, versículo por
versículo, y en la maraña de genealogía perdimos de vista las bienaventuranzas.
A veces, según lo veíamos nosotros, la conducta moral que proponía era
inalcanzablemente buena; a veces indudablemente nefasta. Pero lo que más nos
molestaba era la conducta moral de los religiosos. Nos entreteníamos señalando
la hipocresía, la fanática intolerancia y el aplastante fariseísmo que
caracterizaban a tantos de los creyentes, incluso en sus trajes de domingo.
Cuánto nos encantaba recalcar el hecho de que millones de los 'buenos hombres de
la religión' seguían matándose, los unos a los otros, en nombre de Dios. Todo
esto, por supuesto, significaba que habíamos sustituido los pensamientos
positivos por los negativos. Después de unirnos a A.A., tuvimos que darnos
cuenta de que esa actitud nos había servido para inflar nuestros egos. Al
destacar los pecados de algunas personas religiosas, podíamos sentirnos
superiores a todos los creyentes. Además, podíamos evitarnos la molestia de
reconocer algunos de nuestros propios defectos. El fariseísmo, que tan
desdeñosamente habíamos condenado en los demás, era precisamente el mal que a
nosotros nos aquejaba. Esta respetabilidad hipócrita era nuestra ruina en cuanto
a la fe. Pero finalmente, al llegar derrotados a A.A., cambiamos de
parecer.
"Como los siquiatras han comentado
a menudo, la rebeldía es la característica más destacada de muchos alcohólicos.
Así que no es de extrañar que muchos de nosotros hayamos pretendido desafiar al
mismo Dios. A veces lo hemos hecho porque Dios no nos ha entregado las buenas
cosas de la vida que le habíamos exigido, como niños codiciosos que escriben
cartas a los Reyes Magos pidiendo lo imposible. Más a menudo, habíamos pasado
por una gran calamidad y, según nuestra forma de pensar, salimos perdiendo
porque Dios nos había abandonado. La muchacha con quien queríamos casarnos tenía
otras ideas; rezamos a Dios para que le hiciera cambiar de parecer, pero no lo
hizo. Rezamos por tener hijos sanos y nos encontramos con hijos enfermizos, o
sin hijos. Rezamos por conseguir ascensos en el trabajo y nos quedamos sin
conseguirlos. Los seres queridos, de quienes tanto dependíamos, nos fueron
arrebatados por los llamados actos de Dios. Luego, nos convertimos en borrachos,
y le pedimos a Dios que nos salvara. Pero no paso nada. Esto ya era el colmo.
'¡Al diablo con esto de la fe!' dijimos.
"Cuando encontramos A.A., se nos
reveló lo erróneo de nuestra rebeldía. Nunca habíamos querido saber cuál era la
voluntad de dios para con nosotros; por el contrario, le habíamos dicho a Dios
cuál debería ser. Nos dimos cuenta de que nadie podía creer en Dios y, al mismo
tiempo, dasafiarlo. Creer significaba confiar, no desafiar. En A.A. vimos los
frutos de esta creencia: hombres y mujeres salvados de la catástrofe final del
alcoholismo. Les vimos reunirse y superar sus otras penas y tribulaciones. Les
vimos aceptar con calma situaciones imposibles, sin tratar de huir de ellas ni
de reprochárselo a nadie. Esto no solo era fe, sino una fe que obraba bajo todas
las circunstancias. Para conseguir esta fe, no tardamos en encontrarnos
dispuestos a pagar, con toda la humildad que esto nos pudiera
costar".
Consideremos ahora el caso del
individuo rebosante de fe, pero que todavía apesta a alcohol. Se cree muy
devoto. Cumple escrupulosamente con sus obligaciones religiosas. Está convencido
de que cree todavía en Dios, pero duda que Dios crea en él. Hace un sinfín de
juramentos solemnes. Después de cada uno, no solo vuelve a beber, sino que se
comporta peor que la última vez. Valientemente se pone a luchar contra el
alcohol, suplicando la ayuda de Dios, pero la ayuda no le llega. ¿Qué será lo
que le pasa a esta persona?
Para los clérigos, los médicos,
para sus amigos y familiares, el alcohólico que tiene tan buenas intenciones y
que tan resueltamente se esfuerza por dejar de beber, es un enigma
descorazonador. A la mayoría de los A.A., no les parece así. Multitud de
nosotros hemos sido como él, y hemos encontrado la solución al enigma. No tiene
que ver con la cantidad de fe, sino con la calidad. Esto era lo que no podíamos
ver. Nos creíamos humildes, pero no lo éramos. Nos creíamos muy devotos en
cuanto a las prácticas religiosas, pero al volver a considerarlo con toda
sinceridad, nos dimos cuenta de que solo practicábamos lo superficial. Otros de
nosotros habíamos ido al otro extremo, sumiéndonos en el sentimentalismo y
confundiéndolo con los auténticos sentimientos religiosos. En ambos casos,
habíamos pedido que se nos diera algo a cambio de nada. En realidad, no habíamos
puesto nuestra casa en orden, para que la gracia de Dios pudiera entrar en
nosotros y expulsar la obsesión de beber. Nunca, en ningún sentido profundo y
significativo, habíamos examinado nuestra conciencia, ni habíamos reparado el
daño a quienes se lo habíamos causado, ni habíamos dado nada a otro ser humano
sin exigir algo o esperar alguna recompensa. Ni siquiera habíamos rezado como se
debe rezar. Siempre habíamos dicho, "Concédeme mis deseos", en vez de "Hágase tu
voluntad". Del amor a Dios y del amor al prójimo, no teníamos la menor
comprensión. Por lo tanto, seguíamos engañándonos a nosotros mismos y, en
consecuencia, no estábamos en la posibilidad de recibir la gracia suficiente
para devolvernos el sano juicio.
Son muy contados los alcohólicos
activos que tan siquiera tienen una vaga idea de lo irracionales que son o que,
si llegan a darse cuenta de su insensatez, pueden soportarla. Algunos están
dispuestos a decir que son "bebedores problemas", pero no pueden aceptar la
sugerencia de que son, de hecho, enfermos mentales. Un mundo que no distingue
entre el bebedor normal y el alcohólico contribuye a que sigan en su ceguera. El
"sano juicio" se define como "salud mental". Ningún alcohólico que analice
fríamente su comportamiento destructivo, ya sea que haya destruido los muebles
de su casa o su propia integridad moral, puede atribuirse a sí mismo la "salud
mental".
Por lo tanto, el Segundo Paso es
el punto de convergencia para todos nosotros. Tanto si somos ateos, agnósticos,
o antiguos creyentes, podemos estar unidos en este Paso. La verdadera humildad y
amplitud de mente pueden llevarnos a la fe, y cada reunión de A.A. es un seguro
testimonio de que Dios nos devolverá el sano juicio, si nos relacionamos de la
forma debida con El.
TERCER PASO
"Decidimos poner nuestras
voluntades y nuestras vidas
al cuidado de Dios, como nosotros
lo concebimos.
Practicar el Tercer Paso es como abrir una
puerta que todavía parece estar cerrada y bajo llave. Lo único que nos hace
falta es la llave y la decisión de abrir la puerta de par en par. Solo hay una
llave, y es la de la buena voluntad. Al quitar el cerrojo con la buena voluntad,
la puerta casi se abre por sí misma, y al asomarnos, veremos un letrero al lado
de una camino que dice: "Este es el camino hacia una fe que obra". En los
primeros Pasos, nos dedicamos a reflexionar. Nos mimos cuenta de que éramos
impotentes ante el alcohol, pero también vimos que algún tipo de fe, aunque sólo
fuera una fe en A.A., es posible para cualquiera. Estas conclusiones no nos
exigían ninguna acción; sólo nos requerían la
aceptación.
Como todos los Pasos restantes, el
Paso Tres requiere de nosotros acción positiva, porque sólo poniéndonos en
acción podemos eliminar la obstinación que siempre ha bloqueado la entrada de
Dios -o, si prefieres, de un Poder Superior - en nuestras vidas. La fe, sin
duda, es necesaria, pero la fe por sí sola de nada sirve. Es posible tener fe y,
al mismo tiempo, negar la entrada de Dios en nuestra vida. Por lo tanto, el
problema que ahora nos ocupa es el de encontrar las medidas específicas que
debemos tomar para poder dejarle entrar. El Tercer Paso representa nuestra
primera tentativa para hacerlo. De hecho, la eficacia de todo el programa de
A.A. dependerá de lo seria y diligentemente que hayamos intentado llegar a "una
decisión de poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como
nosotros lo concebimos".
A cada principiante mundano y
práctico, este Paso le parece difícil, e incluso imposible. Por mucho que desee
tratar de hacerlo, ¿cómo puede exactamente poner su voluntad y su propia vida al
cuidado de cualquier Dios que él cree que existe?. Afortunadamente, los que lo
hemos intentado, con el mismo recelo, podemos atestiguar que cualquiera, sea
quien sea, puede empezar a hacerlo. Además, podemos agregar que un comienzo,
incluso el más tímido, es lo único que hace falta. Una vez que hemos metido la
llave de la buena voluntad en la cerradura, y tenemos la puerta entreabierta,
nos damos cuenta de que siempre podemos abrirla un poco más. Aunque la
obstinación puede cerrarla otra vez de un portazo, como a menudo lo hace,
siempre se volverá a abrir tan pronto como nos valgamos de la llave de la buena
voluntad.
Puede que todo esto te suene
misterioso y oculto, algo parecido a la teoría de la relatividad de Einstein o a
una hipótesis de física nuclear. No lo es en absoluto. Veamos lo práctico que
realmente es. Cada hombre y cada mujer que se ha unido a A.A. con intención de
quedarse con nosotros, ya ha comenzado a practica, sin darse cuenta, el Tercer
Paso. ¿No es cierto que en todo lo que se refiere al alcohol, cada uno de ellos
ha decidido poner su vida al cuidado, y bajo la protección y orientación de
Alcohólicos Anónimos?. Ya ha logrado una buena disposición para expulsar su
propia voluntad y sus propias ideas acerca del problema del alcohol y adoptar, a
cambio, las sugerencias por A.A.
Todo principiante bien dispuesto se siente convencido de que A.A. es el
único refugio seguro para el barco a punto de hundirse en que se ha convertido
su vida. Si esto no es entregar su voluntad y su vida a una Providencia recién
encontrada, entonces, ¿qué es?.
Pero supongamos que le instinto
todavía nos proteste a gritos, como sin duda lo hará: "Sí, en cuanto al alcohol,
parece que tengo que depender de A.A.; pero en todos los demás asuntos, insisto
en mantener mi independencia. No hay nada que me vaya a trasformar en una
nulidad. Si sigo poniendo mi vida y mi voluntad al cuidado de Alguien o de Algo.
¿qué será de mí?. Me convertiré en un cero a la izquierda". Este, por supuesto,
es el proceso por el que el instinto y la lógica intentan reforzar el egotismo y
así frustran el desarrollo espiritual. Lo que esta forma de pensar tiene de malo
es el no tener en cuenta los hechos reales. Y los hechos parecen ser los
siguientes: Cuanto más dispuestos estamos a depender de un Poder Superior, más
independientes somos en realidad. Por lo tanto, la dependencia, tal y como se
practica en A.A., es realmente una manera de lograr la verdadera independencia
del espíritu. Examinemos, por un momento, esta idea de la dependencia al nivel
de la vida cotidiana. Es asombroso descubrir lo dependientes que somos en esta
esfera, y lo poco conscientes que somos de esa dependencia. Todas las casas
modernas tienen cables eléctricos que conducen la energía y la luz a su
interior. Nos encanta esta dependencia; no queremos por nada en el mundo que se
nos corte el suministro eléctrico. Al aceptar así nuestra dependencia de esta
maravilla de la ciencia, disfrutamos de una mayor independencia personal. No
sólo disfrutamos de más independencia, sino también de más comodidad y
seguridad. La corriente fluye hasta llegar donde se necesite. La electricidad,
esa extraña energía que muy poca gente comprende, satisface silenciosa y
eficazmente nuestras necesidades diarias más sencillas, y también las más
apremiantes. Pregúntale si no al enfermo de polio, encerrado en un pulmón de
acero, que depende ciegamente de un motor eléctrico para poder seguir
respirando.
Pero, ¡cómo cambia nuestra actitud
cuando se trata de nuestra independencia mental o emocional! Con cuánta
insistencia reclamamos el derecho de decidir por nosotros mismos precisamente lo
que vamos a pensar y exactamente lo que vamos a hacer. Sí, vamos a sopesar el
pro y el contra de todo problema. Escucharemos cortésmente a los que quieran
aconsejarnos, pero solamente nosotros tomaremos todas las decisiones. En tales
asuntos, nadie va a limitar nuestra independencia personal. Además, creemos que
no hay nadie que merezca toda nuestra confianza. Estamos convencidos de que
nuestra inteligencia, respaldada por nuestra fuerza de voluntad, puede controlar
debidamente nuestra vida interior y asegurar nuestro éxito en el mundo en que
vivimos. Esta brava filosofía, según la cual cada hombre hace el papel de Dios,
suena muy bien, pero todavía tiene que someterse a la prueba decisiva: ¿cómo va
a funcionar en la práctica? Una detenida mirada al espejo debe ser suficiente
respuesta para cualquier alcohólico.
Si su imagen en el espejo le
resulta demasiado horrorosa de contemplar (y suele ser así), no estaría de más
que el alcohólico echara una mirada a los resultados que la gente normal obtiene
con la autosuficiente. En todas partes ve a gente colmada de ira y de miedo. Ve
a sociedades desintegrándose en facciones que luchan entre sí. Cada facción les
dice a las otras, "Nosotros tenemos razón y ustedes están equivocados". Cada
grupo de presión de esta índole, si tiene fuerza suficiente, impone su voluntad
en los demás, convencido de la rectitud de su causa. Y en todas partes se hace
lo mismo en plan individual. El resultado de tanta lucha es una paz cada vez más
frágil y una hermandad cada vez menor. La filosofía de la autosuficiencia no es
rentable. Se puede ver claramente que es un monstruo devastador que acabará
llevándonos a la ruina total.
Por lo tanto, nosotros los
alcohólicos nos podemos considerar muy afortunados.
Cada uno de nosotros ya ha tenido
su propio y casi mortal encuentro con el monstruo de la obstinación, y ha
sufrido tanto su pesada opresión que está dispuesto a buscar algo mejor. Así
que, por las circunstancias y no por ninguna virtud que pudiéramos tener, nos
hemos visto impulsados a unirnos a A.A., hemos admitido nuestra derrota, hemos
adquirido los rudimentos de la fe y ahora queremos tomar la decisión de poner
nuestra voluntad y nuestra vida al cuidado de un Poder
Superior.
Nos damos cuenta de que la palabra
"dependencia" es tan desagradable para muchos siquiatras y sicólogos como lo es
para los alcohólicos. Al igual que nuestros amigos profesionales, nosotros
también somos conscientes de que hay formas impropias de dependencia. Las hemos
padecido en carne propia. Por ejemplo, ninguna adulto debe tener una excesiva
dependencia emocional de sus padres. Hace años que debían haber cortado el
cordón umbilical, y si no lo han cortado ya, deberían darse cuenta del hecho.
Esta forma de dependencia impropia ha causado que muchos alcohólicos rebeldes
lleguen a la conclusión de que cualquier tipo de dependencia tiene que ser
insoportablemente dañina. Pero el depender de un grupo de A.A. o de un Poder
Superior no ha producido ningún resultado funesto para
nadie.
Cuando estalló la Segunda Guerra
Mundial, se puso a prueba por primera vez este principio espiritual. Los A.A. se
alistaron en las fuerzas armadas y se encontraba estacionados en todas partes
del mundo. ¿Podrían aguantar la disciplina, comportarse con valor en el fragor
de las batallas, y soportar la monotonía y las angustias de la guerra? ¿Les
serviría de ayuda el tipo de dependencia que habían aprendido en A.A.? Pues, sí
les sirvió. Tuvieron incluso menos recaídas y borracheras emocionales que los
A.A. que se quedaban en la seguridad de sus hogares. Tenían tanta capacidad de
resistencia y tanto valor como los demás saldados. Tanto en Alaska como en las
cabezas de playa de Salerno, su dependencia de un Poder Superior les ayudó. Y
lejos de ser una debilidad, esta dependencia fue su principal fuente de
fortaleza.
¿Cómo puede entonces una persona
bien dispuesta seguir poniendo su voluntad y su vida al cuidado de un Poder
Superior? Ya le hemos visto dar un comienzo al empezar a confiar en A.A. para
solucionar su problema con el alcohol. A estas alturas es probable que se haya
convencido de que tiene otros problemas además del alcohol y que, a pesar de
todo el empeño y el valor con que los afronte, algunos de estos problemas no se
pueden solucionar. Ni siquiera puede hacer le menor progreso. Le hacen sentirse
desesperadamente infeliz y amenazan su recién lograda sobriedad. Al pensar en el
ayer, nuestro amigo sigue siendo víctima de los remordimientos y del sentido de
la culpabilidad. Todavía se siente abrumado por la amargura cuando piensa en
quienes aún odia o envidia. Su inseguridad económica le preocupa enormemente, y
le entra pánico al pensar en las naves quemadas por el alcohol, que le pudieran
haber llevado a un puerto seguro. Y, ¿cómo va a arreglar ese lío que le costó el
afecto de su familia y le separó de ella? No podrá hacerlo contando únicamente
con su valor y su voluntad. Ahora tendrán que depender de Alguien o de
Algo.
Al principio, es probable que ese
"alguien" sea su más íntimo amigo de A.A.
Cuenta con lo que le ha asegurada esa persona, de que sus numerosas
dificultades, aun más algunas ahora porque no puede utilizar el alcohol para
matar las penas, también se pueden resolver. Naturalmente, el padrino le indica
a nuestro amigo que su vida todavía es ingobernable a pesar de que está sobrio,
que no ha hecho sino un mero comienzo en el programa de A.A. Es sin duda una buena cosa lograr una
sobriedad más segura por medio de la admisión del alcoholismo y de la asistencia
a algunas reuniones de A.A., pero esto dista mucho de ser una sobriedad
permanente y una vida útil y feliz. Allí entran en juego los demás Pasos del
programa de A.A. Nada que no sea
una práctica constante de estos Pasos como una manera de vida puede producir el
resultado tan deseado.
Luego el padrino le explica que
los demás Pasos del programa de A.A. sólo podrán practicarse con éxito cuando se
haya intentado practicar el Tercer Paso con determinación y persistencia.
Puede que estas palabras les sorprendan a
los recién llegados que no han experimentado sino un desinflamiento constante, y
que se encuentran cada vez más convencidos de que la voluntad humana no vale
para nada en absoluto. Han llegado a creer, y con razón, que otros muchos
problemas además del alcohol, no cederán ante un ataque frontal emprendido por
el individuo solo y sin ayuda. Pero ahora parece que hay ciertas cosas que sólo
el individuo puede hacer. El solito, y conforme a sus propias circunstancias,
tiene que cultivar la buena voluntad. Cuando haya adquirido la buena voluntad,
sólo él puede tomar la decisión de esforzarse. El intentar hacer esto es un acto
de su propia voluntad. Todos los Doce Pasos requieren un constante esfuerzo
personal para someternos a sus principios y así, creemos, a la voluntad de Dios.
Empezamos a hacer el debido uso de nuestra voluntad cuando tratamos de someterla
a la voluntad de Dios. Para
todos nosotros, ésta fue una maravillosa revelación. Todas nuestras
dificultades se habían originado en el mal uso de la fuerza de voluntad.
Habíamos tratado de bombardear nuestros problemas con ella, en lugar de intentar
hacerla coincidir con los designios que Dios tenía para nosotros. El objetivo de
los Doce Pasos de A.A. es hacer esto posible cada vez más, y el Tercer Paso nos
abre la puerta.
Una vez que estemos de acuerdo con
estas ideas, es muy fácil empezar a practicar el Tercer Paso. En todo momento de
trastornos emocionales o indecisiones, podemos hacer una pausa, pedir
tranquilidad, y en la quietud decir simplemente: "Dios, concédeme la serenidad
par aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que
puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia. Hágase Tu voluntad, no la
mía".
CUARTO PASO
"Sin miedo hicimos un minucioso
inventario
moral de nosotros
mismos".
Al ser creados, fuimos dotados de
instintos para un propósito. Sin ellos, no seríamos seres humanos completos. Si
los hombres y las mujeres no se esforzaron por tener seguridad personal, si no
se molestaran en cosechar su alimento o en construir sus moradas, no podrían
sobrevivir. Si no se reprodujeran, la tierra no estaría poblada. Si no hubiera
ningún instinto social, si a los seres humanos no les importara disfrutar de la
compañía de sus semejantes, no existiría sociedad alguna. Por lo tanto, estos
deseos - de relaciones sexuales, de seguridad material y emocional, y de
compañerismo - y sin duda provienen de Dios.
No obstante, estos instintos, tan
necesarios para nuestra existencia, a menudo sobrepasan con mucho los límites de
su función apropiada. Poderosa y ciegamente, y muchas veces de una manera sutil,
nos impulsan, se apoderan de nosotros, e insisten en dominar nuestras vidas.
Nuestros deseos de sexo, de seguridad material y emocional, y de un puesto
eminente en la sociedad a menudo nos tiranizan. Cuando se salen así de sus
cauces, los deseos naturales del ser humano, le crean grandes problemas; de
hecho, casi todos los problemas que tenemos, tienen su origen aquí. Ningún ser
humano, por bueno que sea, es inmune a estos problemas. Casi todo grave problema
emocional se puede considerar como un caso del instinto descarriado. Cuando esto
ocurre, nuestros grandes bienes naturales, los instintos, se han convertido en
debilidades físicas y mentales.
El Cuarto Paso es nuestro enérgico
y esmerado esfuerzo para descubrir cuáles han sido, y siguen siendo, para
nosotros estas debilidades. Queremos saber exactamente cómo, cuándo y dónde
nuestros deseos naturales nos han retorcido. Queremos afrontar, sin pestañear,
la infelicidad que esto ha causado a otras personas y a nosotros mismos. Al
descubrir cuáles son nuestras deformaciones emocionales, podemos empezar a
corregirlas. Si no estamos dispuestos a hacer un esfuerzo persistente para
descubrirlas, es poca la sobriedad y felicidad que podemos esperar. La mayoría
de nosotros nos hemos dado cuenta de que, sin hacer sin miedo un minucioso
inventario moral, la fe que realmente obra en la vida cotidiana se encuentra
todavía fuera de nuestro alcance.
Antes de entrar en detalles sobre
la cuestión del inventario, tratemos de identificar cuál es el problema básico.
Ejemplos sencillos como el siguiente cobran una inmensa significación, cuando
nos ponemos a pensar en ellos. Supongamos que una persona antepone el deseo
sexual a todo lo demás. En tal caso, este instinto imperioso puede destruir sus
posibilidades de lograr la seguridad material y emocional, así como de mantener
su posición social en la comunidad. Otra persona puede estar tan obsesionada por
la seguridad económica que lo único que quiere hacer es acumular dinero. Puede
llegar al extremo de convertirse en un avaro, o incluso un solitario que se
aísla de su familia y sus amigos.
Pero la búsqueda de la seguridad
no siempre se expresa en términos de dinero. Muy a menudo vemos a un ser humano
lleno de temores insistir en depender totalmente de la orientación y protección
de otra persona más fuerte. El débil, al rehusar cumplir con las
responsabilidades de la vida con sus propios recursos, nunca alcanza la madurez.
Su destino es sentirse siempre desilusionado y desamparado. Con el tiempo, todos
sus protectores huyen o mueren, y una vez más se queda solo y
aterrado.
También hemos visto a hombres y
mujeres enloquecidos por el poder, y que se decidan a intentar dominar a sus
semejantes. A menudo estas personas tiran por la borda cualquier oportunidad de
tener una seguridad legítima y una vida familiar feliz. Siempre que un ser
humano se convierta en un campo de batalla de sus propios instintos, no podrá
conocer la paz.
Pero los peligros no terminan
aquí. Cada vez que una persona impone en otros sus irrazonables instintos, la
consecuencia es la infelicidad. Si en su búsqueda de la riqueza, pisotea a la
gente que se encuentra en su camino, es probable que vaya a suscitar la ira, los
celos y la venganza. Si el instinto sexual se desboca, habrá una conmoción
similar. Exigir demasiada atención, protección, y amor a otra gente sólo puede
incitar en los mismos protectores de repulsión y la dominación - dos emociones
tan malsanas como las exigencias que las provocaron. Cuando los deseos de
conseguir prestigio personal llegan a ser incontrolables, ya sea en el círculo
de amigos o en la mesa de conferencias internacionales, siempre hay algunas
personas que sufren y, a menudo, se rebelan, Este choque de los instintos puede
producir desde una frió desaire hasta una revolución violenta. De esta manera,
nos ponemos en conflicto no solamente
con nosotros mismos, sino con otras personas, que también tienen
instintos.
Más que ninguna otra persona, el
alcohólico debiera darse cuenta de que sus instintos desbocados son la causa
fundamental de su forma destructiva de beber. Hemos bebido para ahogar el temor,
la frustración y la depresión. Hemos bebido para escapar de los sentimientos de
culpabilidad ocasionados por nuestras pasiones, y luego hemos vuelto a beber
para reavivar esas pasiones. Hemos bebido por pura vanagloria - para poder
disfrutar mejor nuestros descabellados sueños de pompa y poder. No es muy grato
contemplar esta perversa enfermedad del alma. Los instintos desbocados se
resisten a ser analizados. En cuanto intentamos hacer un serio esfuerzo por
examinarlos, es probable que suframos una reacción
desagradable.
Si por temperamento tendremos al
lado depresivo, es probable que nos veamos inundados de un sentimiento de
culpabilidad y de odio hacia nosotros mismos. Nos sumimos en este pantano sucio,
del que a menudo sacamos un placer perverso y doloroso. Al entregarnos
mórbidamente a estas actividad melancólica, puede que nos hundamos en la
desesperación hasta tal punto que sólo el olvido nos parece la única solución
posible. En este punto, por supuesto, hemos perdido toda perspectiva y, por lo
tanto, la auténtica humildad. Porque esto es la otra cada del orgullo. No es en
absoluto un inventario moral; es el mismo proceso que muy a menudo ha llevado a
la persona depresiva a la botella y a la extinción.
Sin embargo, si por naturaleza nos
inclinamos hacia la hipocresía o la grandiosidad, nuestra reacción será le
opuesta. Nos sentiremos ofendidos por el inventario sugerido de A.A. Sin duda aludiremos con orgullo a la
vida virtuosa que creíamos haber llevado antes de que la botella nos derrotara.
Insistiremos que nuestros graves
defectos de carácter, si es que creemos tener alguno, han sido causados
principalmente por haber bebido en exceso. Siendo este el caso, creemos que lo
que se deriva lógicamente es que la sobriedad es la única meta que tenemos que
intentar lograr. Creemos que, tan pronto como dejemos el alcohol, nuestro buen
carácter renacerá. Si siempre habíamos sido buenas personas, excepto por nuestra
forma de beber, ¿qué necesidad tenemos de hacer un inventario moral ahora que
estamos sobrios?.
También nos agarramos a otra
magnífica excusa para evitar el inventario. Exclamamos que nuestros problemas e
inquietudes actuales están causados por el comportamiento de otra gente - gente
que realmente necesita hacer un inventario moral. Creemos firmemente que si sólo
nos trataran mejor, no tendríamos ningún problema. Por lo tanto, creemos que
nuestra indignación está justificada y es razonable - que nuestros resentimiento
son "bien apropiados". Nosotros no somos los culpables. Son
ellos.
En esta etapa del inventario,
nuestros padrinos vienen a rescatarnos. Pueden hacer esto, porque son los
portadores de la experiencia comprobada de A.A. con el Cuarto Paso. Consuelan a
la persona melancólica, primero mostrándole que no es un caso extraño ni
diferente, que probablemente sus defectos de carácter no son ni más numerosos ni
peores que los de cualquier otro miembro de A.A. El padrino demuestra esto rápidamente,
hablando abierta y francamente, y sin exhibicionismo, acerca de sus propios
defectos, antiguos y actuales. Este inventario sereno y, a la vez, realista es
inmensamente tranquilizador. Probablemente el padrino le indica al recién
llegado que junto con sus defectos puede anotar algunas virtudes. Esto
contribuye a disipar el pesimismo y fomentar el equilibrio. Tan pronto como
empiece a ser más objetivo, el principiante podrá considerar sin miedo sus
propios defectos.
Los padrinos de los que creen que
no necesitan hacer un inventario se ven enfrentados con un problema muy
diferente, porque la gente impulsada por el orgullo de sí misma,
inconscientemente se niegan a ver sus defectos. Es poco probable que estos
principiantes necesiten consuelo. Lo necesario, y difícil, es ayudarles a
encontrar una grieta en la pared construida por sus egos, por la que pueda
brillar la luz de la razón.
Para empezar, se les puede decir
que la mayoría de los A.A., en sus días de bebedores, estuvieron gravemente
afligidos por la autojustificación. Para la mayoría de nosotros, la
autojustificación era lo que nos daba excusas -excusas para beber, por supuesto,
y para todo tipo de conducta disparatada y dañina. Éramos artistas en la
invención de pretextos. Teníamos que beber porque estábamos pasándolo muy mal, o
muy bien. Teníamos que beber porque en nuestros hogares nos agobiaban con amor,
o porque no recibíamos amor alguno. Teníamos que beber porque en nuestros
trabajos teníamos un gran éxito, o porque habíamos fracasado. Teníamos que beber
porque nuestro país había ganado una guerra o perdido la paz. Y así fue, ad
infinitum.
Creíamos que las "circunstancias"
nos impulsaban a beber, y cuando habíamos intentado corregir estas
circunstancias, al ver que no podíamos hacerlo a nuestra plena satisfacción,
empezamos a beber de forma desenfrenada y nos convertimos en alcohólicos. Nunca
se nos ocurrió pensar que nosotros éramos quienes teníamos que cambiar para
ajustarnos a las circunstancias, fueran cuales
fueran.
Pero en A.A., poco a poco llegamos
a darnos cuenta de que teníamos que hacer algo respecto a nuestros
resentimientos vengativos, nuestra autoconmiseración, y nuestro poco merecido
orgullo. Teníamos que reconocer que cada vez que nos las dábamos de personajes,
la gente se volvía en contra nuestra. Teníamos que reconocer que cuando
albergábamos rencores y planeábamos vengarnos por tales derrotas, en realidad
nos estábamos dando golpes a nosotros mismos con el garrote de la ira, golpes
que habíamos querido asestar a otros. Nos dimos cuenta de que si nos sentíamos
gravemente alterados, lo primero que teníamos que hacer era apaciguarnos, sin
importarnos la persona o las circunstancias que nosotros creyéramos responsables
de nuestro trastorno.
A muchos de nosotros nos costaba
mucho tiempo ver lo engañados que estábamos por nuestras volubles emociones.
Podíamos verlas rápidamente en otras personas, pero tardábamos mucho en verlas
en nosotros mismos. Ante todo, era necesario admitir que teníamos muchos de
estos defectos, aunque el hacerlo nos causara mucho dolor y humillación. En lo
que respeta a otra gente, teníamos que eliminar la palabra "culpa" de nuestro
vocabulario y de nuestros pensamientos. Para poder empezar a hacer esto, nos
hacía falta mucha buena voluntad. Pero una vez salvados los dos o tres primeros
obstáculos, el camino nos parecía cada vez más fácil de seguir. Porque habíamos
empezado a vernos en nuestra justa medida, es decir, habíamos adquirido más
humildad.
Claro está que la persona
depresiva y la persona agresiva y orgullosa son extremos de la gama de
personalidades humanas, y son tipos que abundan tanto en A.A. como en el mundo
exterior. Muchas veces estas personalidades se presentan de forma tan definida
como en los ejemplos que hemos dado. Pero con la misma frecuencia se encuentran
algunas que casi pueden clasificarse en ambas categorías. Los seres humanos
nunca son totalmente idénticos, así que cada uno de nosotros, al hacer nuestro
inventario, tendremos que determinar cuáles son nuestros propios defectos de
carácter. Cuando encuentre los zapatos a su medida, debe ponérselos y andar con
la seguridad de que por fin está en el buen camino.
Reflexionemos ahora sobre la
necesidad de hacer una lista de los defectos de personalidad más pronunciados
que todos tenemos en diversos grados. Para los que tienen una formación
religiosa, en esta lista aparecerían graves violaciones de principios morales.
Otros la consideran como una lista de defectos de carácter. Y otros un catálogo
de inadaptaciones. Algunos se sentirán muy violentos si se habla de inmoralidad,
y mucho más si se habla de pecado. Pero todo aquel que dispone de un mínimo de
sensatez, estará de acuerdo en un punto: que dentro del alcohólico hay muchas
cosas que no funcionan bien, y que hay mucho que hacer para remediarlas si
esperamos lograr la sobriedad, hacer el progreso y tener una verdadera capacidad
para enfrentarnos a las realidades de la vida.
Para evitar caer en la confusión
discutiendo sobre los nombres que se deben dar a estos defectos, utilicemos una
lista universalmente aceptada de las principales flaquezas humanas -los Siete
Pecados Capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. No
es causalidad que la soberbia encabece la lista. Porque la soberbia, que conduce
a la autojustificación, y que está siempre espoleada por temores conscientes o
inconscientes, es la que genera la mayoría de las dificultades humanas, y es el
principal obstáculo al verdadero progreso. La soberbia nos hace caer en la
trampa de imponer en nosotros mismos y en otra gente exigencias que no se pueden
cumplir sin pervertir o abusar de los instintos que Dios nos ha dotado. Cuando la
satisfacción de nuestro instinto de sexo, de seguridad y de disfrutar de la
compañía de nuestros semejantes se convierte en la única meta de nuestras vidas,
entonces aparece la soberbia para justiciar nuestros
excesos.
Todas estas flaquezas generan el
miedo que es, en sí mismo, una enfermedad del alma. Luego, el miedo, a su vez,
genera más defectos de carácter. Un temor exagerado de no poder satisfacer
nuestros instintos nos lleva a codiciar los bienes de otros, a tener avidez de
sexo y de poder, enfurecernos al ver amenazadas nuestras exigencias instintivas,
a sentir envidia al ver realizadas las ambiciones de otra gente y las nuestras
frustradas. Comemos más, bebemos más y tratamos de coger más de lo que
necesitamos de todo, temiendo que nunca tendremos lo suficiente. La perspectiva
del trabajar nos asusta tan profundamente que nos hundimos en la pereza.
Holgazaneamos, y tratamos de
dejarlo todo para el día de mañana, o, si trabajamos, lo hacemos de mala gana y
a medias. Estos temores son como plagas que van royendo los cimientos sobre los
que tratamos de construir una vida.
Así que cuando A.A. sugiere que
hagamos sin miedo un inventario moral, tiene que parecerle al recién llegado que
se le pide más de lo que puede hacer. Cada vez que intenta mirar en su interior,
tanto su orgullo como sus temores le hacen retroceder. El Orgullo dice, "No hace
falta que te molestes en hacerlo", y el Temor le dice, "No te atrevas a
hacerlo". Pero según el testimonio de los A.A. que han intentado sinceramente
hacer un inventario moral, el orgullo y el miedo en estos momentos no son sino
espantajos. Una vez que estemos plenamente dispuestos a hacer nuestro
inventario, y que nos dediquemos a hacerlo con todo esmero, una luz inesperada
nos llega para disipar la neblina. Conforme perseveramos en el intento, nace una
nueva seguridad, y el alivio que sentimos al enfrentarnos por fin con nosotros
mismos es indescriptible. Estos son los primeros frutos del Cuatro
Paso.
Al llegar a este punto, es
probable que el principiante haya sacado las siguiente conclusiones: que sus
defectos de carácter, que representan sus instintos descarriados, han sido la
causa primordial de su forma de beber y de su fracaso en la vida; que, a no ser
que esté dispuesto a trabajar diligentemente para eliminar sus peores defectos,
tanto la sobriedad como la tranquilidad de mente quedarán fuera de su alcance;
que tendrá que derribar los cimientos defectuosos de su vida y volver a
construirlos sobre roca firma. Ahora, dispuesto a empezar la búsqueda de sus
propios defectos, se preguntará a sí mismo, "¿Cómo debo proceder exactamente?
¿Cómo hago un inventario personal?".
Puesto que el Cuarto Paso no es
sino el mero comienzo de una práctica que nos habrá de durar toda la vida,
podemos sugerirle que lo empiece examinando aquellos defectos que más le
molestan y que más le saltan a la vista. Valiéndose de su mejor criterio
respecto a lo que ha habido de bueno y de malo en su vida, puede hacer una
especie de resumen general de su conducta en lo concerniente a sus instintos
primordiales de sexo, de seguridad y de relaciones sociales. Al repasar su vida
anterior, puede comenzar fácilmente el proceso con una consideración de algunas
preguntas como las siguientes:
¿Cuándo, cómo, y en cuáles
circunstancias he hecho daño a otras personas y a mí mismo insistiendo en
satisfacer mi deseo egoísta de relaciones sexuales? ¿Quiénes se vieron
lastimados, y cuál fue el daño que les hice? ¿Llegué a arruinar mi matrimonio y
a herir a mis hijos? ¿Puse en peligro mi reputación en la comunidad?
¿Precisamente cómo reaccioné ante estas situaciones en el momento que
ocurrieron? ¿Me sentía consumido de un sentimiento de culpabilidad que nada
podría aliviar? O, ¿insistí que era yo la presa y no el depredador, intentando
así absolverme? ¿Cómo he reaccionado ante la frustración en cuestiones sexuales?
Al verme rechazado, ¿me he vuelto vengativo o deprimido? ¿Me he desquitado con
terceras personas? Si he encontrado un rechazo o frialdad en casa, ¿lo he
aprovechado como un pretexto para tener aventuras
amorosas?
Para la mayoría de los alcohólicos
también son muy importantes las preguntas que tienen que hacerse acerca de su
comportamiento respecto a la seguridad económica y emocional. En estos aspectos
de la vida, el temor, la avaricia, los celos y el orgullo suelen tener el peor
efecto. Al repasar su historial profesional o laboral, casi cualquier alcohólico
puede hacerse preguntas como éstas: Además de mi problema con la bebida, ¿qué
defectos de carácter contribuyeron a mi inestabilidad económica? ¿Destruyeron la
confianza que tenía en mismo y me llenaron de conflictos el temor y la
inseguridad que sentía acerca de mi aptitud para hacer mis trabajos? ¿Intenté
ocultar estos sentimientos de insuficiencia con fanfarronadas, engaños, mentiras
o escurriendo el bulto? O, ¿me quejaba de que otras personas no reconocían mis
talentos extraordinarios? ¿Me sobrestimaba a mí mismo y hacía el papel de
personaje importante? ¿Traicionaba a mis colegas y compañeros de trabajo a causa
de mi ambición tan desmedida y mi falta de principios? ¿Derrochaba el dinero
para aparentar? ¿Pedía dinero prestado imprudentemente, sin importante si lo
podía devolver o no? ¿Era tacaño, negándome a mantener a mi familia debidamente?
¿Escatimaba gastos en mis tratos comerciales de forma poco honrada? ¿Y los
intentos para ganar dinero fácil y rápidamente, en el mercado de valores y las
carreras de caballos?.
Naturalmente, muchas de estas
preguntas se aplican igualmente a las mujeres de negocios en A.A. Pero el ama de casa alcohólica también
puede causar la inseguridad económica de la familia. Puede falsear las cuentas
de crédito, manipular el presupuesto para comida, pasar las tardes jugándose el
dinero, y cargar de deudas a su marido con su irresponsabilidad, derroche y
despilfarro.
Pero todos los alcohólicos que han
perdido sus trabajos, sus familias y sus amigos a causa de la bebida tendrán que
examinarse despiadadamente a sí mismos para determinar cómo sus propios defectos
de personalidad han demolido su seguridad.
Los síntomas más comunes de la
inseguridad emocional son la ansiedad, la ira, la autoconmiseración y la
depresión. Estas se origina en causas que a veces parecen estar dentro de
nosotros y otras veces parecen ser externas. Para hacer un inventario al
respecto, debemos considerar cuidadosamente las relaciones personales que
constante o periódicamente nos han ocasionado problemas. Se debe tener en cuenta
que este tipo de inseguridad se suele presentar en cualquier ocasión en que los
instintos se ven amenazados. Las preguntas encaminadas a aclarar este asunto
pueden ser así: Fijándome tanto en el pasado como en el presente, ¿cuáles
situaciones sexuales me han producido sensaciones de inquietud, amargura,
frustración o depresión? Considerando imparcialmente cada situación, ¿puedo ver
dónde yo he tenido la culpa? ¿Me asediaban estas perplejidades debido a mi
egoísmo y mis exigencias exageradas? O, si mi trastorno parecía ser provocado
por el compartimiento de otras personas, ¿por qué carezco de la capacidad para
aceptar las circunstancias que no puedo cambiar? Estas son las preguntas básicas
que pueden revelar el origen de mi desasosiego e indicar si tengo la posibilidad
de cambiar mi propia conducta para así adaptarme serenamente a la
autodisciplina.
Supongamos que la inseguridad
económica suscita constantemente estos mismos sentimientos. Puedo
preguntarme a mí mismo hasta qué
punto mis propios errores han nutrido las inquietudes que me van carcomiendo. Y
si las acciones de otra gente forman parte de la causa, ¿qué puedo hacer al
respecto? Y si no puedo cambiar las circunstancias actuales, ¿estoy dispuesto a
tomar las medidas necesarias para adaptar mi vida a estas circunstancias? Estas
preguntas, y otras muchas que se nos ocurrirán según el caso particular,
contribuirán a descubrir las causas fundamentales.
Pero nuestras relaciones
retorcidas con nuestra familia, nuestros amigos y la sociedad en general son las
que nos han causado el mayor sufrimiento a muchos de nosotros. Hemos sido
fundamental que nos hemos negado a reconocer es nuestra incapacidad para
sostener una relación equilibrada con otro ser humano. Nuestra egomanía nos crea
dos escollos desastrosos. O bien insistimos en dominar a la gente que conocemos,
o dependemos excesivamente de ellos. Si nos apoyamos demasiado en otras
personas, tarde o temprano nos fallarán, porque también son seres humanos y les
resulta imposible satisfacer nuestras continuas exigencias. Así alimentada,
nuestra inseguridad va haciéndose cada vez más acusada. Si acostumbramos
intentar manipular a otros para que se adapten a nuestros deseos obstinados,
ellos se rebelan y se nos resisten con todas sus fuerzas. Entonces nos sentimos
heridos, nos vemos afligidos de una especie de manía persecutoria y del deseo de
vengarnos. Al redoblar nuestros esfuerzos para dominar, y seguir fracasando en
este intento, nuestro sufrimiento llega a ser agudo y constante. Nunca hemos
intentado ser un miembro de la familia, un amigo entre amigos, un trabajador
entre otros trabajadores, y un miembro útil de la sociedad. Siempre hemos
luchado por destacarnos del montón o por
escondernos.
Este comportamiento egoísta nos
impedía tener una relación equilibrada con cualquier persona a nuestro
alrededor. No teníamos la menor comprensión de lo que es la auténtica
hermandad.
Algunos pondrán reparos a muchas
de las preguntas formuladas, porque creen que sus propios defectos de carácter
no eran de tanta envergadura. A estas personas se les puede sugerir que un
examen concienzudo probablemente sacará a relucir esos mismos defectos a los que
se referían las preguntas molestas. Ya que vista superficialmente nuestra
historia no parece ser tan mala, a menudo nos asombramos al descubrir que así
parece porque hemos enterrado estos defectos de carácter bajo gruesas capas de
autojustificación. Sean cuales sean , estos defectos emboscados nos han tenido
la trampa que acabó por llevarnos al alcoholismo y la
infelicidad.
Por lo tanto, al hacer nuestro
inventario la palabra clave es minuciosidad. Para tal fin, es aconsejable poner
por escrito nuestras preguntas y respuestas. Nos ayudará a pesar con claridad y
a evaluar nuestra conducta con sinceridad. Será la primera muestra palpable de
que estamos completamente dispuestos a seguir
adelante.
QUINTO PASO
"Admitimos ante Dios, ante
nosotros mismos, y
ante otro ser humano, la
naturaleza exacta de
nuestros
defectos".
Todos los Doce Pasos de A.A. nos
piden que vayamos en contra de nuestros deseos naturales . . . todos ellos
desinflan nuestros ego. En cuanto al desinflamiento del ego, hay pocos Pasos que
nos resulten más difíciles que el Quinto. Pero tal vez no hay otro Paso más
necesario para lograr una sobriedad duradera y la tranquilidad de
espíritu.
La experiencia de A.A. nos ha
enseñado que no podemos vivir a solas con nuestros problemas apremiantes y los
defectos de carácter que los causan o los agravan. Si hemos examinado nuestras
carreras a la luz del Cuarto Paso, y hemos visto iluminadas y destacadas
aquellas experiencias que preferiríamos no recordar, si hemos llegado a darnos
cuenta de cómo las ideas y acciones equivocadas nos han lastimado a nosotros y a
otras personas, entonces, la necesidad de dejar de vivir a solas con los
fantasmas atormentadores del pasado cobra cada vez más urgencia. Tenemos que
hablar de ellos con alguien.
No obstante, es tal la intensidad
de nuestro miedo y nuestra desgana a hacerlo que al principio muchos alcohólicos
intentan saltar el Quinto Paso. Buscamos una alternativa más cómoda - que suele
ser el admitir, de forma general y poco molesta, que cuando bebíamos a veces
éramos malos actores. Entonces, para remacharlo, añadíamos unas descripciones
dramáticas de algunos aspectos de nuestra conducta alcohólica que, de todas
formas, nuestros amigos probablemente ya conocían.
Pero acerca de las cosas que
realmente nos molestan y nos enojan, no decimos nada. Ciertos recuerdos
angustiosos o humillantes, nos decimos, no se deben compartir con nadie. Los
debemos guardar en secreto. Nadie jamás debe conocerlos. Esperamos llevárnoslos
a la tumba.
Sin embargo, si la experiencia de
A.A. nos sirve para algo, esta decisión so sólo es poco sensata, sino también
muy peligrosa. Pocas actitudes confusas nos han causado más problemas que la de
tener reservas en cuanto al Quinto Paso. Algunas personas ni siquiera pueden
mantenerse sobrias por poco tiempo; otras tendrán recaídas periódicamente hasta
que logren poner sus casas en orden. Incluso los veteranos de A.A. que llevan
muchos años sobrios, a menudo pagan un precio muy alto por haber escatimado
esfuerzos en este Paso. Contarán cómo intentaban cargar solos con este peso;
cuánto sufrieron de irritabilidad, de angustia, de remordimientos y de
depresión; y cómo, al buscar inconscientemente alivio, a veces incluso acusaban
a sus mejores amigos de los mismos defectos de carácter que ellos mismos
intentaban ocultar. Siempre descubrían que nunca se encuentra el alivio al
confesar los pecados de otra gente. Cada cual tiene que confesar los
suyos.
Esta costumbre de reconocer los
defectos de uno mismo ante otra persona es, por supuesto, muy antigua. Su valor
ha sido confirmado en cada siglo, y es característico de las personas que
centran sus vidas en lo espiritual y que son verdaderamente religiosas. Pero hoy
día no sólo la religión aboga a favor de este principio salvador. Los siquiatras
y los sicólogos recalcan la profunda y práctica necesidad que tiene todo ser
humano de conocerse a sí mismo y reconocer sus defectos de personalidad, y poder
hablar de ellos con una persona comprensiva y de confianza. En cuanto a los
alcohólicos A.A. iría aun más lejos. La mayoría de nosotros diríamos que, sin
admitir sin miedo nuestros defectos ante otro ser humano, no podríamos
mantenernos sobrios. Parece bien claro que la gracia de Dios no entrará en
nuestras vidas para expulsar nuestras obsesiones destructoras hasta que no
estemos dispuestos a intentarlo.
¿Qué podemos esperar recibir del
Quinto Paso?
Entre otras cosas, nos libraremos de esa terrible sensación de
aislamiento que siempre hemos tenido. Casi sin excepción, los alcohólicos están
torturados por la soledad. Incluso antes de que nuestra forma de beber se
agravara hasta tal punto que los demás se alejaran de nosotros, casi
todos nosotros sufríamos de la sensación de no encajar en ninguna parte. O bien
éramos tímidos y no nos atrevíamos acercarnos a otros, o éramos propensos a ser
muy extrovertidos, ansiando atenciones y camaradería, sin conseguirlas nunca - o
al menos según nuestro parecer. Siempre había esa misteriosa barrara que no
podíamos superar ni entender. Era como si fuéramos actores en escena que de
pronto se dan cuenta de no poder recordar ni una línea de sus papeles. Esta es
una de las razones por las que nos gustaba tanto el alcohol. Nos permitía
improvisar. Pero incluso Baco se volvió en contra nuestra; acabamos derrotados y
nos quedamos en aterradora soledad.
Cuando llegamos a A.A. y por
primera vez en nuestras vidas nos encontramos entre personas que parecían
comprendernos, la sensación de pertenecer fue tremendamente emocionante.
Creíamos que el problema del aislamiento había sido resuelto. Pero pronto
descubrimos que, aunque ya no estábamos aislados en el sentido social, todavía
seguíamos sufriendo las viejas punzadas del angustioso aislamiento. Hasta que no
hablamos con perfecta franqueza de nuestros conflictos y no escuchamos a otro
hacer la misma cosa, seguíamos con la sensación de no pertenecer. En el Quinto
Paso se encontraba la solución. Fue el
principio de una auténtica
relación con Dios y con nuestros prójimos.
Por medio de este Paso vital,
empezamos a sentir que podríamos ser perdonados, sin importar cuáles hubieran
sido nuestros pensamientos o nuestros actos. Muchas veces, mientras
practicábamos este Paso con la ayuda de nuestros padrinos o consejeros
espirituales, por primera vez nos sentimos capaces de perdonar a otros, fuera
cual fuera el daño que creíamos que nos habían causado. Nuestro inventario moral
nos dejó convencidos de que lo deseable era el perdón general, pero hasta que no
emprendimos resueltamente el Quinto Paso, no llegamos a saber en nuestro fuero
interno que podríamos recibir el perdón y también
concederlo.
Otro gran beneficio que podemos
esperar del hecho de confiar nuestros defectos a otra persona es la humildad -
una palabra que suele interpretarse mal. Para los que hemos hecho progresos en
A.A., equivale a un reconocimiento claro de lo que somos y quiénes somos
realmente, seguido de un esfuerzo sincero de llegar a ser lo que podemos ser.
Por lo tanto, lo primero que debemos hacer para encaminarnos hacia la humildad
es reconocer nuestros defectos. No podemos corregir ningún defecto si no lo
vemos claramente. Pero vamos a tener que hacer algo más que ver. El examen
objetivo de nosotros mismos que logramos hacer en el Cuarto Paso sólo era,
después de todo, un examen. Por ejemplo, todos nosotros vimos que nos faltaba
honradez y tolerancia, que a veces nos veíamos asediados por ataque s de
autoconmiseración y por delirios de grandeza. No obstante, aunque ésta era una
experiencia humillante, no significaba forzosamente que hubiéramos logrado una
medida de auténtica humildad. A pesar de haberlos reconocido, todavía teníamos
estos defectos. Había que hacer algo al respecto. Y pronto nos dimos cuenta de
que ni nuestros deseos ni nuestra voluntad servían, por sí solos, para
superarlos.
El ser más realistas y, por lo
tanto, más sinceros con respecto a nosotros mismos son los grandes beneficios de
los que gozamos bajo la influencia del Quinto Paso. Al hacer nuestro inventario,
empezamos a ver cuántos problemas nos había causado el autoengaño. Esto nos
provocó una reflexión desconcertante. Si durante toda nuestra vida nos habíamos
estado engañando a nosotros mismos, ¿cómo podíamos estar seguros ahora de no
seguir haciéndolo? ¿Cómo podíamos estar seguros de haber hecho un verdadero
catálogo de nuestros defectos y de haberlos reconocido sinceramente, incluso
ante nosotros mismos? Puesto que seguíamos presas del miedo, de la
autoconmiseración de los sentimientos heridos, lo más probable era que no
podríamos llegar a una justa apreciación de nuestro estado real. Un exceso de
sentimientos de culpabilidad y de remordimientos podría conducirnos a dramatizar
y exagerar nuestras deficiencias. O la ira y el orgullo herido podrían ser la
cortina de humo tras la que ocultábamos algunos de nuestros defectos, mientras
que culpábamos a otros por ellos. También era posible que todavía estuviéramos
incapacitados por muchas debilidades, grandes y pequeñas, que ni siquiera
sabíamos que tuviéramos.
Por lo tanto, nos parecía muy
obvio que hacer un examen solitario de nosotros mismos, y reconocer nuestros
defectos, basándonos únicamente en esto, no iba a ser suficiente. Tendríamos que
contar con ayuda ajena para estar seguros de conocer y admitir la verdad acerca
de nosotros mismos - la ayuda de Dios y de otro ser humano. Sólo al darnos a
conocer totalmente y sin reservas, sólo al estar dispuestos a escuchar consejos
y aceptar orientación, podríamos poner pie en el camino del recto pensamiento,
de la rigurosa honradez, y de la auténtica
humildad.
No obstante, muchos de nosotros
seguíamos vacilando. Nos dijimos: "¿Por qué no nos puede indicar 'Dios como lo
concebimos' dónde nos desviamos?" Si el Creador fue quien nos dio la vida, El
sabrá con todo detalle en dónde nos hemos equivocado. ¿Por qué no admitir
nuestros defectos directamente ante El? ¿Qué necesidad tenemos de mezclar a otra
persona en este asunto?.
En esta etapa, encontramos dos
obstáculos en nuestro intento de tratar con Dios como es debido. Aunque al
principio puede que nos quedemos asombrados al darnos cuenta de que Dios lo
sabia todo respecto a nosotros, es probable que nos acostumbremos rápidamente a
la idea. Por alguna razón, el estar a solas con Dios no parece ser tan
embarazoso como sincerarnos ante otro ser humano. Hasta que no nos sentemos a
hablar francamente de lo que por tanto tiempo hemos ocultado, nuestra
disposición para poner nuestra casa en orden seguirá siendo un asunto teórico.
El ser sinceros con otra persona nos confirma que hemos sido sinceros con
nosotros mismos y con Dios.
El segundo obstáculos es el
siguiente: es posible que lo que oigamos decir a Dios cuando estamos solos esté
desvirtuado por nuestras propias racionalizaciones y fantasías. La ventaja de
hablar con otra persona es que podemos escuchar sus comentarios y consejos
inmediatos respecto a nuestra situación, y no cabrá la menor duda de cuáles son
estos consejos: En cuestiones espirituales, es peligroso hacer las cosas solas.
Cuántas veces hemos oído a gente bien intencionada decir que habían recibido la
orientación de Dios, cuando en realidad era muy obvio que estaban totalmente
equivocados. Por falta de práctica y de humildad, se habían engañado a ellos
mismos, y podían justificar las tonterías más disparatadas, manteniendo que esto
era lo que Dios les había dicho. Vale la pena destacar que la gente que ha
logrado un gran desarrollo espiritual casi siempre insisten en confirmar con
amigos y consejeros espirituales la orientación que creen haber recibido de
Dios. Claro está, entonces, que un principiante no debe exponerse al riesgo de
cometer errores tontos y, tal vez, trágicos en este sentido. Aunque los
comentarios y consejos de otras personas no tienen por qué ser infalibles, es
probable que sean muchos más específicos que cualquier orientación directa que
podamos recibir mientras tengamos tan poca experiencia en establecer contacto
con un Poder superior a nosotros mismos.
Nuestro siguiente problema será
descubrir a la persona en quien vayamos a confiar. Esto lo debemos hacer con
sumo cuidado, teniendo presente que la prudencia es una virtud muy preciada. Tal
vez tendremos que comunicar a esta persona algunos hechos de nuestra vida que
nadie más debe saber. Será conveniente que hablemos con una persona
experimentada, que no solo se ha mantenido sobria, sino que también ha podido
superar graves dificultades. Dificultades, tal vez, parecidas a las nuestras.
Puede suceder que esta persona será nuestro padrino, pero no es necesario que
sea así. Si has llegado a tener gran confianza en él, y su temperamento y sus
problemas se parecen a los tuyos, entonces será una buena elección. Además, tu
padrino ya tiene la ventaja de conocer algo de tu
historia.
Sin embargo, puede ser que tu
relación con él es de una naturaleza tal que solo quieras revelarle una parte de
tu historia. Si este es el caso, no vaciles en hacerlo, porque debes hacer un
comienzo tan pronto como puedas. No obstante, puede resultar que elijas a otra
persona a quien confiar las revelaciones más profundas y más difíciles. Puede
ser que este individuo sea totalmente ajeno a A.A. - por ejemplo, tu confesor o
tu pastor o tu médico. Para algunos de nosotros, una persona totalmente
desconocida puede que sea lo mejor.
Lo realmente decisivo es tu buena
disposición para confiar en otra persona y la total confianza que deposites en
aquel con quien compartes tu primer inventario sincero y minucioso. Incluso
después de haber encontrado a esa persona, muchas veces se requiere una gran
resolución para acercarse a él o ella. Que nadie diga que el programa de A.A. no
exige ninguna fuerza de voluntad; esta situación puede que requiera toda la que
tengas. Afortunadamente, es muy probable que te encuentres con una sorpresa muy
agradable. Cuando le hayas explicado cuidadosamente tu intención y el
depositario de tu confianza vea lo verdaderamente útil que puede ser, les
resultará fácil empezar la conversión, y pronto será muy animada. Es probable
que la persona que te escucha no tarde mucho en contarte un par de historias
acerca de él mismo, lo cual te hará sentirte aun más cómodo. Con tal que no
ocultes nada, cada minuto que pase te irás sintiendo más aliviado. Las emociones
que has tenido reprimidas durante tantos años salen a la luz y, una vez
iluminadas, milagrosamente se desvanecen. Según van desapareciendo los dolores,
los reemplaza una tranquilidad sanadora. Y cuando la humildad y la serenidad se
combinan de esta manera, es probable que ocurra algo de gran significación.
Muchos A.A., que una vez fueron agnósticos o ateos, nos dicen que en esta etapa
del Quinto Paso sintieron por primera vez la presencia de Dios. E incluso
aquellos que ya habían tenido fe, muchas veces logran tener un contacto
consciente con Dios más profundo que nunca.
Esta sensación de unidad con Dios
y con el hombre, este salir del aislamiento al compartir abierta y sinceramente
la terrible carga de nuestro sentimiento de culpabilidad, nos lleva a un punto
de reposo donde podemos prepararnos para dar los siguientes Pasos hacia una
sobriedad completa y llena de significado.
SEXTO PASO
"Estuvimos enteramente dispuestos
a dejar que
Dios nos liberase de nuestros
defectos"
Este es el Paso que separa los
hombres de los niños". Así se expresa un clérigo muy querido nuestro que es uno
de los mejores amigos de A.A. A
continuación explica que cualquier persona que tenga suficiente buena voluntad y
sinceridad para aplicar repetidamente el Sexto Paso a todos sus defectos de
carácter - sin reserva alguna - ha llegado a alcanzar un gran desarrollo
espiritual y, por lo tanto, merece que se le describa como un hombre que
sinceramente intenta crecer a la imagen y semejanza de su
Creador.
Naturalmente, la muy discutida
pregunta de si Dios puede liberarnos de los defectos de carácter - y si, bajo
ciertas condiciones, lo hará - tendrá una respuesta inmediata y rotundamente
afirmativa por parte de casi todo miembro de A.A. Para nosotros, ésta no es una
propuesta teórica; es la mayor realidad de nuestras vidas. Casi cualquier
miembro ofrecerá como prueba una exposición como
ésta:
"Sin duda, yo estaba vencido,
totalmente derrotado. Mi fuerza de voluntad no me servía para nada frente al
alcohol. Los cambios de ambiente, los mejores esfuerzos de mi familia, mis
amigos, médicos, sacerdotes no tenían el menor efecto en mi alcoholismo.
Simplemente, no podía dejar de beber, y no parecía que ningún ser humano pudiera
conseguir que lo hiciera. Pero cuando llegué a estar dispuesto a poner mi casa
en orden y luego pedí a un Poder Superior, Dios como yo Lo concebía, que me
liberase de mi obsesión por beber, esa obsesión
desapareció".
En reuniones de A.A. celebradas en
todas partes del mundo, cada día se oyen contar experiencias como la anterior.
Todo el mundo puede ver claramente que cada miembro sobrio de A.A. ha sido
liberado de una obsesión obstinada y potencialmente mortal. Así que, en un
sentido literal, todos los A.A. han "llegado a estar enteramente dispuestos" a
dejar que Dios los liberase de la manía de beber alcohol. Y Dios ha hecho precisamente
esto.
Habiendo tenido una completa
liberación del alcoholismo, ¿por qué no podríamos lograr, por los mismos medios,
la liberación absoluta de cualquier otra dificultad o defecto? Este es el enigma
de nuestra existencia, cuya completa solución puede que exista solo en la mente
de Dios. No obstante, por lo menos podemos ver una parte de la
solución.
Cuando un hombre o una mujer
consumen tanto alcohol que destruyen su vida, hacen algo que va completamente
"contra natura". Al desafiar su deseo instintivo de conservación, parecen estar
empeñados en destruirse a sí mismos. Actúan en contra de su instinto más
profundo. Conforme se ven humillados por los terribles latigazos que les da el
alcohol, la gracia de Dios puede entrar en sus vidas y expulsar su obsesión. En
esto su poderoso instinto de sobrevivir puede cooperar plenamente con el deseo
de su Creador de darle una nueva vida. Porque tanto la naturaleza como Dios
aborrecen el suicidio.
Pero la mayoría de nuestras demás
dificultades no se pueden clasificar en esta categoría. Por ejemplo, cada
persona normal quiere comer, reproducirse y llegar a ser alguien en la sociedad.
Y desea gozar de un nivel razonable de seguridad mientras intenta alcanzar estas
cosas. De hecho Dios le ha creado así. No creó al hombre para que se destruyera
a sí mismo con el alcohol, sino que le dotó de instintos para ayudarle a
mantenerse vivo.
No existe la menor evidencia, al
menos en esta vida, de que nuestro Creador espere que eliminemos totalmente
nuestros instintos naturales. Que sepamos nosotros, no hay ningún testimonio de
que Dios haya quitado a cualquier ser humano todos sus instintos
naturales.
Puesto que la mayoría de nosotros
nacemos con una abundancia de deseos naturales, no es de extrañar que a menudo
les dejemos que se conviertan en exigencias que sobrepasan sus propósitos
originales. Cuando nos impulsan ciegamente, o cuando exigimos voluntariosamente
que nos den más satisfacciones o placeres de los que nos corresponden, este es
el punto en el que nos desviamos del grado de perfección que Dios desea que
alcancemos en esta tierra. Esta es la medida de nuestros defectos de carácter o,
si prefieres, de nuestros pecados.
Si se lo pedimos, Dios ciertamente
nos perdonará nuestras negligencias. Pero nunca nos va a volver blancos como la
nieve y mantenernos así sin nuestra cooperación. Nosotros mismos debemos estar
dispuestos a hacer lo necesario para alcanzar esto. Dios solamente nos pide que
nos esforcemos lo más que podamos para hacer progresos en la formación de
nuestro carácter.
Por lo tanto, el Sexto Paso -
"Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de nuestros
defectos" - es la forma en que A.A. expone la mejor actitud posible que se puede
tomar para dar un comienzo en este trabajo de toda la vida. No significa que
esperemos ver desaparecer todos nuestros defectos de carácter como desapareció
nuestra obsesión por beber. Puede que algunos desaparezcan, pero en cuanto a la
mayoría de ellos, tendremos que contentarnos con una mayoría gradual. Las
palabras claves "enteramente dispuestos" subrayan el hecho de que queremos
aspirar lo mejor que conozcamos o que podemos llegar a
conocer.
¿Cuántos de nosotros tenemos este
grado de disponibilidad? En un sentido absoluto, casi nadie lo tiene. Lo mejor
que podemos hacer, con toda la sinceridad que seamos capaces, es tratar de
alcanzarlo. Aun entonces, los miembros más entrenados y dedicados descubriremos,
para nuestra consternación, que hay un punto en el que nos estancamos, un punto
en el que decimos, "No, todavía no puedo renunciar a esto" Y a menudo vamos a
pisar en terreno mucho más peligroso, cuando gritemos: "¡Nunca voy a renunciar a
esto!" Tal es la capacidad para sobrepasarse que tienen nuestros instintos. Por
mucho que hayamos progresado, siempre encontraremos deseos que se opongan a la
gracia de Dios.
Puede que algunos que creen haber
hecho buenos progresos quieran discutir este punto, así que vamos a pensarlo un
poco más detenidamente. Casi toda persona desea librarse de sus defectos más
notorios y destructivos. Nadie quiere ser tan orgulloso como para que los demás
le ridiculicen por ser un fanfarrón, ni tan avaricioso que se le acusa de
ladrón. Nadie quiere que su ira le impulse a matar, ni que su lujuria le incite
a violar, ni que su gula le lleva a arruinar su salud. Nadie quiere verse
atormentado por el sufrimiento crónico de la envidiosa, ni paralizado por la
pereza. Naturalmente, la mayoría de los seres humanos no sufren de estos
defectos en un grado tan extremo.
Es probable que nosotros los que
hemos escapado de estos extremos tendamos a felicitarnos. Pero, ¿debemos
hacerlo? A fin y al cabo, ¿no ha sido el amor propio, puro y simple, el que nos
ha hecho posible escapar? No se requiere mucho esfuerzo espiritual para evitar
los excesos que siempre traen consigo un castigo inevitable. Pero cuando nos
enfrentamos con los aspectos menos violentos de estos mismos defectos, entonces,
¿cuál es nuestra reacción?.
Lo que tenemos que reconocer ahora
es que algunos de nuestros defectos nos deleitan inmensamente. Realmente nos
encantan. Por ejemplo ¿a quién no le gusta sentirse un poco superior a su
prójimo, o incluso muy superior? ¿No es cierto que nos gusta disfrazar de
ambición nuestra avaricia? Parece imposible pensar que a alguien le guste la
lujuria. Pero, ¿cuántos hombres y mujeres hablan de amor con la boca, y creen en
lo que dicen, para poder ocultar la lujuria en un rincón oscuro de su mente? E
incluso dentro de los limites convencionales, muchas personas tienen que
confesar que sus imaginarias excursiones sexuales suelen ir disfrazadas de
sueños románticos.
La ira farisaica también puede ser
muy agradable. De una manera perversa, incluso nos puede satisfacer el hecho de
que mucha gente nos fastidia, porque nos produce una sensación reconfortante de
superioridad. El chismorreo, emponzoñado con nuestra ira, una especie de
asesinato cortés por calumnia, también tiene sus satisfacciones para nosotros.
En este caso, no intentamos ayudar a los que criticamos; pretendemos proclamar
nuestra propia rectitud.
Cuando la gula no llega al grado
de arruinar nuestra salud, solemos darle un nombre más benigno; decimos que
"disfrutamos de nuestro bienestar". Vivimos en un mundo carcomido por la
envidia. En menor o mayor grado, les infecta a todos. De este defecto, debemos
de sacar una clara, aunque deformada, satisfacción. Si no, ¿por qué íbamos a
malgastar tanto tiempo en desear lo que no tenemos en lugar de trabajar por
conseguirlo, o en buscar atributos que nunca tendremos y sentirnos airados al no
encontrar, en lugar de ajustarnos a la realidad y aceptarla? Y cuántas veces no
trabajamos con gran ahínco sin otro motivo más noble que el de rodearnos de
seguridad y abandonarnos en la pereza más tarde - solo que a esto lo llamamos
"buena jubilación". Consideremos además nuestro talento para dejarlo todo para
mañana, lo que no es sino una variedad de la pereza. Casi cualquier persona
podría hacer una larga lista de defectos como éstos, y muy pocos de nosotros
pensarían seriamente en abandonarlos, al menos hasta que nos causaran excesivo
sufrimiento.
Claro que algunos pude que están
convencidos de estar verdaderamente dispuestos a que se les eliminen todos estos
defectos. Pero incluso estas personas, si hacen una lista de defectos aun menos
graves, se verán obligadas a admitir que prefieren quedarse con algunos de
ellos. Por lo tanto, parece claro que pocos de nosotros podemos, rápida y
fácilmente, llegar a estar dispuestos a aspirar la perfección espiritual y
moral; solemos contentarnos con la perfección suficiente para permitirnos salir
del paso, según, naturalmente, nuestras diversas ideas personales de lo que
significa salir de paso. Así que la diferencia entre los niños y los hombres es
la diferencia entre aquel que se esfuerza por alcanzar un objetivo marcado por
él mismo y aquel que aspira alcanzar el objetivo perfecto que es el de
Dios.
Muchos preguntarán enseguida,
"¿Cómo podemos aceptar todas las implicaciones del Sexto Paso? Pues - ¡esto es
la perfección! Esta parece ser una pregunta difícil de contestar, pero en la
práctica no lo es. Solamente el Primer Paso, en el que admitimos sin reserva
alguna que éramos impotentes ante el alcohol, se puede practicar con perfección
absoluta. Los once Pasos restantes exponen ideales perfectos. Son metas que
aspiramos alcanzar, y patrones con los que medimos nuestro progreso. Visto así,
el Sexto Paso sigue siendo difícil, pero no imposible. La única cosa urgente es
que comencemos y sigamos intentándolo.
Si esperamos poder valernos de
esta Paso para solucionar problemas distintos del alcohol, tendremos que hacer
un nuevo intento para ampliar nuestra mente. Tendremos que levantar nuestra
mirada hacia la perfección y estar dispuestos a encaminarnos en esa dirección.
Poco importará lo vacilantes que caminemos. La única pregunta que tendremos que
hacernos es, "¿Estamos dispuestos?".
Al repasar de nuevo aquellos
defectos que aun no estamos dispuestos a abandonar, debemos derrumbar las
barreras rígidas que nos hemos impuesto. Tal vez todavía nos veremos obligados a
decir en algunos casos, "Aún no puedo abandonar esto . . .," pero nunca debemos
decirnos, "¡Jamás abandonaré esto!".
Deshagámonos ahora de una posible
trampa peligrosa que hemos dejado en el camino. Se sugiere que debemos llegar a
estar dispuestos a aspirar alcanzar la perfección. No obstante, se nos indica
que alguna demora se nos puede perdonar. En la mente de un alcohólico, experto
en la invención de excusas, la palabra "demora" puede adquirir un significado de
futuro lejano. Puede decir, "¡Qué fácil! Claro que me voy a encaminar hacia la
perfección, pero no veo por qué he de apresurarme. Tal vez puedo posponer
indefinidamente el enfrentarme a algunos de mis problemas". Por supuesto, esto
no servirá. Esta manera de engañarse a uno mismo tendrá que seguir el mismo
camino que otras muchas justificaciones agradables. Como mínimo, tendremos que
enfrentarnos a algunos de nuestros peores defectos de carácter, y ponernos a
trabajar para eliminarlos tan pronto como podamos.
Al decir "¡Nunca, jamás!" cerramos
nuestra mente a la gracia de Dios. La demora es peligrosa y la rebeldía puede
significar la muerte. Este es el punto en el que abandonamos los objetivos
limitados, y nos acercamos a la voluntad de Dios para con
nosotros.
SÉPTIMO PASO
"Humildemente le pedimos que nos
liberase de
nuestros
defectos".
Ya que este Paso se centra tanto
en la humildad, debemos hacer una pausa para considerar lo que es la humildad y
lo que su práctica puede significar para nosotros.
En verdad, el trata de adquirir
cada vez más humildad es el principio fundamental de cada uno de los Doce Pasos
de A.A. Porque sin tener un cierto
grado de humildad, ningún alcohólico se puede mantener sobrio. Además, casi
todos los A.A. han descubierto que, a menos que cultiven esta preciada cualidad
en un grado mucho mayor de lo que se requiere solo para mantener la sobriedad,
tendrán escasas posibilidades de conocer la verdadera felicidad. Sin ella, no
pueden llevar una vida de mucha utilidad, ni, en la adversidad, pueden contar
con la fe suficiente para responder a cualquier
emergencia.
La humildad, como palabra y como
ideal, no lo ha pasado muy bien en nuestro mundo. No solamente se entiende mal
la idea, sino que también la palabra suscita a menudo una gran aversión. Muchas
personas ni siquiera tienen la menor comprensión de la humildad como manera de
vivir. Mucho de lo que oímos decir a la gente en nuestra vida diaria, y una
buena parte de lo que leemos, destaca el orgullo que siente el ser humano por
sus propios logros.
Con gran inteligencia, los
científicos han venido forzando a la naturaleza a que revele sus secretos. Los
inmensos recursos de los que ahora disponemos nos prometen una cantidad de
bendiciones materiales tan grande que muchos han llegado a creer que nos
encontramos en el umbral de una edad de oro, forjada por la mano del hombre. La
pobreza desaparecerá, y habrá tal abundancia que todos disfrutaremos de toda la
seguridad y todas las satisfacciones personales que deseemos. La teoría parece
sostener que, una vez que queden satisfechos los instintos primordiales de todos
los seres humanos, habrá muy poco motivo para pelearnos. El mundo entonces se
volverá feliz y se verá libre para concentrarse en la cultura y el carácter.
Solo con su propia inteligencia y esfuerzos, la humanidad habrá forjado su
destino.
Sin duda, ningún alcohólico y,
desde luego ningún miembro de A.A. quiere menospreciar los logros materiales. Ni
discutimos con los muchos que todavía se aferran tan apasionadamente a la
creencia de que la satisfacción de nuestros deseos naturales básicos es el
objeto primordial de la vida. Pero estamos seguros de que ninguna clase de gente
de este mundo ha fracasado tan rotundamente al tratar de vivir conforme a esta
fórmula como los alcohólicos. Hace miles de años que venimos exigiendo más de lo
que nos corresponde de seguridad, de prestigio y de amor. Cuando parecía que
teníamos éxito, bebíamos para tener sueños aun más grandiosos. Cuando nos
sentíamos frustrados, aunque solo fuera en parte, bebíamos para olvidar. Nunca
había suficiente de lo que creíamos que queríamos.
En todos estos empeños, muchos de
ellos bien intencionados, nuestro mayor impedimento había sido la falta de
humildad. Nos faltaba la perspectiva suficiente para ver que la formación del
carácter y los valores espirituales tenían que anteponer a todo, y que las
satisfacciones materiales no constituían el objetivo de la vida. De una manera
muy característica, nos habíamos pasado de la raya confundiendo el fin con los
medios. En vez de considerar la satisfacción de nuestros deseos materiales como
el medio por el que podríamos vivir y funcionar como seres humanos, la habíamos
considerado como la meta y el objetivo final de la
vida.
Es cierto que la mayoría de
nosotros creíamos deseable tener un buen carácter, pero el buen carácter
evidentemente era algo que se necesitaba para seguir en el empeño de satisfacer
nuestros deseos. Con una apropiada muestra de honradez y moralidad, tendríamos
una mayor probabilidad de conseguir lo que realmente queríamos. Pero siempre que
teníamos que escoger entre el carácter y la comodidad, la formación del carácter
se perdió en el polvo que levantábamos al perseguir lo que creíamos era la
felicidad. Muy rara vez considerábamos la formación del carácter como algo
deseable en sí mismo, algo por lo que nos gustaría esforzarnos, sin importar que
se satisficieran o no nuestras necesidades instintivas. Nunca se nos ocurrió
basar nuestras vidas cotidianas en la honradez, la tolerancia y el verdadero
amor a Dios y a nuestros semejantes.
Esta falta de arraigo a cualquier
valor permanente, esta incapacidad de ver el verdadero objetivo de nuestra vida,
producía en nosotros otro mal efecto. Mientras siguiéramos convencidos de poder
vivir contando exclusivamente con nuestras propias fuerzas y nuestra propia
inteligencia, nos era imposible tener una fe operante en un Poder Superior. Y
esto era cierto aun cuando creíamos que Dios existía. Podíamos tener sinceras
creencias religiosas que resultaban infructuosas porque nosotros mismos
seguíamos tratando de hacer el papel de Dios. Mientras insistiéramos en poner en
primer lugar nuestra propia independencia, la verdadera dependencia de un Poder
Superior era totalmente impensable. Nos faltaba el ingrediente básico de toda
humildad, el deseo de conocer y hacer la voluntad de
Dios.
Para nosotros, el proceso de
alcanzar una nueva perspectiva fue increíblemente doloroso. Sólo tras repetidas
humillaciones nos vimos forzados a aprender algo respecto a la humildad. Sólo al
llegar al fin de un largo camino, marcado por sucesivas desgracias y
humillaciones, y por la arrolladora derrota final de nuestra confianza en
nosotros mismos, empezamos a sentir la humildad como algo más que una condición
de abyecta desesperación. A cada recién llegado a Alcohólicos Anónimos se le
dice, y muy pronto llega a darse cuenta por sí mismo, que esta humilde admisión
de impotencia ante el alcohol es su primer paso hacia la liberación de su
dominio paralizador.
Es así como, por primera vez,
vemos la necesidad de tener humildad. Pero esto no es sino un mero comienzo. La
mayoría de nosotros tardamos mucho tiempo en librarnos completamente de nuestra
aversión a la idea de ser humildes, en lugar tener una visión de la humildad
como una conducta hacia la verdadera libertad del espíritu humano, en estar
dispuestos a trabajar para conseguir la humildad como una cosa deseable en sí
misma. No se puede dar una vuelta de 180 grados en un abrir y cerrar de ojos a
toda una vida encaminada a satisfacer nuestros deseos egocéntricos. Al
principio, la rebeldía pone trabas a cada paso que intentamos
dar.
Cuando por fin admitimos sin
reserva que somos impotentes ante el alcohol, es muy posible que demos un
suspiro de alivio, diciendo, "Gracias a Dios, eso se acabó. Nunca tendré que
volver a pasar por eso". Luego, y a menudo para nuestra gran consternación,
llegamos a darnos cuenta de que solo hemos atravesado la primera etapa del nuevo
camino que andamos. Todavía espoleados por la pura necesidad, con desgana nos
enfrentamos con aquellos graves defectos de carácter que originalmente nos
convirtieron en bebedores problema, defectos que tenemos que intentar remediar
para no volver a caer de nuevo en el alcoholismo. Queremos deshacernos de
algunos de estos defectos, pero en algunos casos nos parece una tarea tan
imposible que nos acobardamos ante ella. Y nos aferramos con una persistencia
apasionada a otros defectos que perturban de igual manera nuestro equilibrio,
porque todavía nos complacen mucho. ¿Cómo podemos armarnos de suficiente
resolución y buena voluntad como para deshacernos de obsesiones y deseos tan
abrumadores?
Pero de nuevo nos vemos impulsados
a segur, debido a la conclusión inevitable que sacamos de la experiencia de
A.A., de que la única alternativa a intentar perseverar con determinación en el
programa es la de caer al borde del camino. En esta etapa de nuestro progreso
nos vemos fuertemente presionados para hacer lo debido, obligados a elegir entre
los sufrimientos de intentarlo y los seguros castigos de no hacerlo. Estos
primero pasos en el camino los damos a regañadientes, pero los damos. Es posible
que todavía no tengamos la humildad en muy alta estima, como una deseable virtud
personal, pero, no obstante, nos damos cuenta de que es una ayuda necesaria para
sobrevivir.
Pero al haber mirado algunos de
estos defectos honradamente y sin pestañear, después de haberlos discutido con
otra persona y al haber llegado a estar dispuestos a que nos sean eliminados,
nuestras ideas referentes a la humildad empiezan a cobrar un sentido más amplio.
En este punto es muy probable que hayamos obtenido una liberación, al menos
parcial, de nuestros defectos más devastadores. Disfrutamos de momentos en los
que sentimos algo parecido a una auténtica tranquilidad de espíritu. Para
aquellos de nosotros que hemos conocido únicamente la agitación, la depresión y
la ansiedad - en otras palabras, para todos nosotros - esta recién encontrada
tranquilidad es un don de inestimable valor. Algo verdaderamente nuevo se ha
hecho parte integrante de nuestras vidas. Si antes la humildad había significado
para nosotros la abyecta humillación, ahora empieza a significar el ingrediente
nutritivo que nos puede deparar la serenidad.
Esta percepción perfeccionada de
la humildad desencadena otro cambio revolucionario en nuestra perspectiva. Se
nos empiezan a abrir los ojos a los inmensos valores que provienen directamente
del doloroso desinflamiento del ego. Hasta este punto, nos hemos dedicado
mayormente a huir del dolor y de los problemas. Huíamos de ellos como quien huye
de la peste. Jamás queríamos enfrentarnos a la realidad del sufrimiento. Nuestra
solución siempre era la de valernos de la botella para escapar. La formación de
carácter por medio del sufrimiento, puede que les sirviera a los santos, pero
para nosotros no tenía ningún aliciente.
Entonces, en A.A., miramos
alrededor nuestro y escuchamos. Y por todas partes veíamos los fracasos y los
sufrimientos transformados por la humildad en bienes inapreciables. Oíamos
contar historia tras historia de cómo la humildad había sacado fuerzas de la
debilidad. En todo caso, el sufrimiento había sido el precio de entrada en una
nueva vida. Pero este precio de entrada nos había comprado más de lo que
esperábamos. Traía consigo cierto grado de humildad, la cual, pronto
descubrimos, aliviaba el sufrimiento. Empezamos a temerle menos al sufrimiento y
a desear la humildad más que nunca.
Durante este proceso de aprender
más acerca de la humildad, el resultado más profundo era el cambio de nuestra
actitud para con Dios. Y esto era cierto, ya fuéramos creyendo o no. Empezamos a
abandonar la idea de que el Poder Superior fuera una especie de sustituto
mediocre a quien recurrir únicamente en emergencias. La idea de que seguiríamos
llevando nuestras propias vidas, con una ayudita de Dios de vez en cuando,
empezaba a desaparecer. Muchos de los que nos habíamos considerado religiosos,
nos dimos repentina cuenta de lo limitada que era esta actitud. Al negarnos a
colocar a Dios en primer lugar, nos habíamos privado de Su ayuda. Pero ahora las
palabras "Por mí mismo nada soy, el Padre hace las obras" empezaban a cobrar un
significado muy prometedor.
Vimos que no siempre era necesario
que fuéramos humillados y doblegados para alcanzar la humildad. El sufrimiento
incesante no era la única forma de alcanzarla, nos podía llegar igualmente por
estar bien dispuestos a buscarla. Ocurrió un viraje decisivo en nuestras vidas
cuando nos pusimos a conseguir la humildad como algo que realmente queríamos, y
no como algo que debíamos tener. Marcó el momento en que pudimos empezar a ver
todas las implicaciones del Séptimo Paso: "Humildemente Le pedimos que nos
liberase de nuestros defectos".
Al prepararnos para dar el Séptimo
Paso, puede que valga la pena volver a preguntarnos cuáles son nuestros
objetivos más profundos. A cada uno de nosotros le gustaría vivir en paz consigo
mismo y con sus semejantes. Nos gustaría que se nos diera la seguridad de que la
gracia de Dios puede hacer por nosotros aquello que no podemos hacer por
nosotros mismos. Hemos observado que los defectos de carácter que se originan en
deseos indignos y miopes son los obstáculos que bloquean nuestro camino hacia
estos objetivos. Ahora vemos con claridad que hemos impuesto exigencias poco
razonables en nosotros mismos, en otras personas, y en
Dios.
El principal activador de nuestros
defectos ha sido el miedo egocéntrico - sobre todo el miedo de que perderíamos
algo que ya poseíamos o que no conseguiríamos algo que exigíamos. Por vivir a
base de exigencias insatisfechas, nos encontrábamos en un estado de constante
perturbación y frustración. Por lo tanto, no nos sería posible alcanzar la paz
hasta que no encontráramos la manera de reducir estas exigencias. La diferencia
entre una exigencia y una sencilla petición está clara para
cualquiera.
En el Séptimo Paso efectuamos el
cambio de actitud que nos permite, guiados por la humildad, salir de nosotros
mismos hacia los demás y hacia Dios. El Séptimo Paso pone todo su énfasis en la
humildad. En realidad, nos dice que ahora debemos estar dispuestos a intentar
conseguir, por medio de la humildad, la eliminación de nuestros defectos, al
igual que hicimos cuando admitimos que éramos impotentes ante el alcohol y
llegamos a creer que un Poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el
sano juicio. Si ese grado de humildad podía hacernos posible encontrar la gracia
suficiente para desterrar tan mortal obsesión, entonces cabe esperar los mismos
resultados respecto a cualquier problema que podamos
tener.
OCTAVO PASO
"Hicimos una lista de todas
aquellas personas a
quienes habíamos ofendido y
estuvimos dispuestos
a reparar el daño que les
causamos".
El Octavo y el Noveno Paso tienen
que ver con las relaciones personales. Primero, le echábamos una mirada a
nuestro pasado e intentamos descubrir en donde hicimos algún mal; segundo,
hacemos un enérgico esfuerzo para reparar el daño que hemos causado; y tercero,
habiendo limpiado así los escombros del pasado, nos ponemos a considerar cómo
trabar, con nuestro recién adquirido conocimiento de nosotros mismos, las
mejores relaciones posibles con todos los seres humanos que
conozcamos.
¡Menuda tarea! Tal vez la podemos
hacer con creciente destreza, sin jamás acabarla. Aprender a vivir con un máximo
de paz, cooperación y compañerismo con todo hombre y mujer, sean quienes sean,
es una aventura conmovedora y fascinante. Cada miembro de A.A. se ha dado cuenta
de que no puede hacer casi ningún progreso en esta aventura hasta que no se
vuelva atrás para repasar, minuciosa y despiadadamente, los desechos humanos que
ha dejado en su trayectoria. Hasta cierto grado, ya lo ha hecho al hacer su
inventario moral, pero ahora ha llegado el momento de redoblar sus esfuerzos
para ver a cuántas personas ha lastimado y de qué manera. El volver a abrir
estas heridas emocionales, algunas viejas, otras tal vez olvidadas, y otras más
todavía supurando dolorosamente, podrá parecernos al principio una intervención
quirúrgica innecesaria e inútil. Pero si se comienza con buena voluntad, las
grandes ventajas de hacerlo se manifestarán con tal rapidez que el dolor se irá
atenuando conforme se vaya desvaneciendo un obstáculo tras
otro.
No obstante, estos obstáculos son
sin duda realidades. El primero, y uno de los más difíciles de superar, tiene
que ver con el perdón. En cuanto empezamos a pensar en una relación corta o
retorcida con otra personas, nos ponemos emocionalmente a al defensiva. Para
evitar mirar los daños que hemos causado a otra persona, nos enfocamos con
resentimiento en el mal que nos ha hecho. Nos resulta aun más fácil hacerlo si,
en realidad, esta persona no siempre se ha comportado bien. Triunfantes, nos
aferramos a su mala conducta, convirtiéndola en el pretexto ideal para minimizar
o ignorar nuestra propia mala conducta.
En este preciso instante tenemos
que echar el freno. No tiene mucho sentido que seamos nosotros quienes tiremos
la primera piedra. Recordemos que los alcohólicos no son los únicos aquejados de
emociones enfermas. Además, por lo general, es un hecho innegable que nuestro
comportamiento cuando bebíamos ha agravado los defectos de otras personas.
Repetidamente hemos agotado la paciencia de nuestros más íntimos amigos, y hemos
despertado lo peor en aquellos que nunca nos tenían en muy alta estima. En
muchos casos, estamos en realidad tratando con compañeros de sufrimiento, gente
cuyos dolores hemos aumentado. Si ahora nos encontramos a punto de pedir el
perdón para nosotros mismos, ¿por qué no empezar perdonándolos a todos
ellos?
Al hacer la lista de las personas
a quienes hemos ofendido, la mayoría de nosotros nos tropezamos con otro
obstáculo sólido. Sufrimos un tremendo impacto cuando nos dimos cuenta de que
nos estábamos preparando para admitir nuestra mala conducta cara a cara ante
aquellos a quienes habíamos perjudicado. Ya nos habíamos sentido suficientemente
avergonzados cuando en confianza habíamos admitido estas cosas ante Dios, ante
nosotros mismos y ante otro ser humano. Pero la idea de ir a visitar o incluso
escribir a la gente afecta nos abrumaba, sobre todo al recordar el mal concepto
que tenían de nosotros la mayoría de estas personas. También había casos en los
que habíamos perjudicado a otras personas que seguían viviendo tan felices sin
tener la menor idea del daño que les habíamos causado. ¿Por qué, protestamos, no
decir "lo pasado, pasado"? ¿Por qué tenemos que ponernos a pensar en esa gente?
Estas eran algunas de las formas en las que el temor conspiraba con el orgullo
para impedir que hiciéramos una lista de todas las personas que habíamos
perjudicado.
Algunos de nosotros nos
encontramos con otro obstáculo muy distinto. Nos aferrábamos a la idea de que
los únicos perjudicados por nuestra forma de beber éramos nosotros. Nuestras
familias no se vieron perjudicadas porque siempre pagamos las cuentas y casi
nunca bebíamos en casa. Nuestros compañeros de trabajo no se vieron perjudicados
porque solíamos presentarnos a trabajar. Nuestras reputaciones no se vieron
perjudicadas, porque estábamos seguros de que muy poca gente se había fijado en
nuestros excesos con la bebida. Y los que sí se habían fijado, nos
tranquilizaban diciendo que una alegre juerga no era sino el pecadillo de un
hombre recto. Por lo tanto, ¿qué daño real habíamos causado? Sin duda, pocos más
de lo que podríamos remediar fácilmente algunas disculpas hechas de
paso.
Esta actitud, por supuesto, es el
producto final de un esfuerzo deliberado para olvidar. Es una actitud que solo
se puede cambiar por medio de un análisis profundo y sincero de nuestros motivos
y nuestras acciones.
Aunque en algunos casos no nos es
posible hacer ninguna enmienda, y en otros casos es aconsejable aplazarlas,
debemos, no obstante, hacer un repaso minucioso y realmente exhaustivo de
nuestra vida pasada para ver cómo ha afectado a otras personas. En muchos casos
veremos que, aunque el daño causado a otros no ha sido muy serio, el daño
emocional que nos hemos hecho a nosotros mismos ha sido enorme. Los conflictos
emocionales, muy profundos, y a veces totalmente olvidados, persisten de forma
desapercibida en el subconsciente. Estos conflictos, al originarse, puede que
hayan retorcido nuestras emociones tan violentamente que, desde entonces, han
dejado manchadas nuestras personalidades y han trastornado nuestras
vidas.
Aunque el propósito de hacer
enmiendas a otros es de suma importancia, es igualmente necesario que saquemos
del repaso de nuestras relaciones personales la más detallada información
posible acerca de nosotros mismos y de nuestras dificultades fundamentales. Ya
que las relaciones defectuosas con otros seres humanos casi siempre han sido la
causa inmediata de nuestros sufrimientos, incluyendo nuestro alcoholismo, no hay
otro campo de investigación que pueda ofrecernos recompensas más gratificadores
y valiosas que éste. Una reflexión seria y serena sobre nuestras relaciones
personales puede ampliar nuestra capacidad de comprendernos. Podemos ver mucho
más allá de nuestros fallos superficiales para descubrir aquellos defectos que
eran fundamentales, defectos que, a veces, han sentado la pauta de nuestras
vidas. Hemos visto que la minuciosidad tiene sus recompensas - grandes
recompensas.
La siguiente pregunta que nos
podemos hacer es qué queremos decir cuando hablamos de haber causado "daño" a
otras personas. ¿Qué tipos de "daños" puede causar una persona a otra? Para
definir la palabra "daño" de una manera práctica, podemos decir que es el
resultado de un choque de los instintos que le causa a alguien un perjuicio
físico, mental, emocional o espiritual. Si asiduamente tenemos mal genio,
despertamos la ira en otros. Si mentimos o engañamos, no solo privamos a otros
de sus bienes materiales, sino también de su seguridad emocional y de su
tranquilidad de espíritu. En realidad, les estamos invitando a que se conviertan
en seres desdeñosos y vengativos. Si nos comportamos de forma egoísta en nuestra
conducta sexual, es posible que provoquemos los celos, la angustia y un fuerte
deseo de devolver con la misma moneda.
Estas afrentas tan descartadas no
constituyen ni mucho menos una lista completa de los daños que podemos causar.
Consideremos algunas de las más sutiles que a veces pueden ser tan dañinas.
Supongamos que somos tacaños, irresponsables, insensibles o fríos con nuestras
familias. Supongamos que somos irritables, criticones, impacientes y sin ningún
sentido de humor. Supongamos que colmamos de atenciones a un miembro de la
familia y descuidamos a los demás. ¿Qué sucede cuando intentamos dominar a toda
la familia, ya sea con mano de hierro o inundándoles con un sinfín de
indicaciones minuciosas acerca de cómo deben vivir sus vidas de hora en hora?
¿Qué sucede cuando nos sumimos en la depresión, rezumando autocompasión por cada
poro, e imponemos nuestras aflicciones en todos los que nos rodean? Tal lista de
daños causados a otra gente - daños que hacen que la convivencia con nosotros
como alcohólicos activos sea difícil y a menudo inaguantable - puede alargarse
casi indefinidamente. Cuando llevamos estos rasgos de personalidad al taller, a
la oficina o a cualquier otra actividad social, pueden causar daños casi tan
grandes como los que hemos causado en casa.
Una vez que hemos examinado
cuidadosamente toda esta esfera de las relaciones humanas y hemos determinado
exactamente cuáles eran los rasgos de nuestra personalidad que perjudicaban o
molestaban a otra gente, podemos empezar a registrar nuestra memoria en busca de
las personas a quienes hemos ofendido. No nos debe resultar muy difícil
identificar a los más allegados y más profundamente perjudicados. Entonces, a
medida que repasamos nuestras vidas año tras año hasta donde nuestra memoria nos
permita llegar, inevitablemente saldrá una lista larga de personas que, de
alguna u otra manera, hayan sido afectadas. Debemos, por supuesto, considerar y
sopesar cada caso cuidadosamente. Nuestro objetivo debe limitarse a admitir las
cosas que nosotros hemos hecho y, al mismo tiempo, perdonar los agravios, reales
o imaginarios, que se nos han hecho. Debemos evitar las críticas extremadas,
tanto de nosotros como de los demás. No debemos exagerar nuestros defectos ni
los suyos. Un enfoque sereno e imparcial será nuestra meta
constante.
Si al ir a apuntar un nombre en la
lista nuestro lápiz empieza a titubear, podemos cobrar fuerzas y ánimo
recordando lo que ha significado para otros la experiencia de A.A. en este Paso.
Es el principio del fin de nuestro aislamiento de Dios y de nuestros
semejantes.
NOVENO PASO
"Reparamos directamente a cuantos
nos fue posible
el daño causado, excepto cuando
el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para
otros".
Buen juicio, capacidad para escoger el
momento oportuno, valor y prudencia - estas son las cualidades que necesitaremos
al dar el Noveno Paso.
Después de hacer una lista de las
personas a quienes hemos perjudicado, haber reflexionado cuidadosamente sobre
cada caso, y haber intentado adoptar la actitud adecuada para proceder, veremos
que las personas a las que hemos de hacer reparaciones directas se clasifican en
diversas categorías. A algunas nos debemos dirigir tan pronto como nos sintamos
razonablemente seguros de poder mantener nuestra sobriedad. A otras, no podremos
hacer sino enmiendas parciales, ya que una plena revelación les podría hacer a
ellos o a otras personas más mal que bien. En otros casos, será aconsejable
dejar pasar un tiempo antes de hacer reparaciones, y en otros más, por la misma
naturaleza de la situación, nunca nos será posible ponernos en contacto directo
con las personas.
La mayoría de nosotros empezamos a
hacer ciertas enmiendas directas desde el fía que nos unimos a Alcohólicos
Anónimos. En el momento en que declass=MsoNormal style="TEXT-ALIGN: justify">
"Reparamos directamente a cuantos
nos fue posible
el daño causado, excepto cuando
el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para
otros".
Buen juicio, capacidad para escoger el
momento oportuno, valor y prudencia - estas son las cualidades que necesitaremos
al dar el Noveno Paso.
Después de hacer una lista de las
personas a quienes hemos perjudicado, haber reflexionado cuidadosamente sobre
cada caso, y haber intentado adoptar la actitud adecuada para proceder, veremos
que las personas a las que hemos de hacer reparaciones directas se clasifican en
diversas categorías. A algunas nos debemos dirigir tan pronto como nos sintamos
razonablemente seguros de poder mantener nuestra sobriedad. A otras, no podremos
hacer sino enmiendas parciales, ya que una plena revelación les podría hacer a
ellos o a otras personas más mal que bien. En otros casos, será aconsejable
dejar pasar un tiempo antes de hacer reparaciones, y en otros más, por la misma
naturaleza de la situación, nunca nos será posible ponernos en contacto directo
con las personas.
La mayoría de nosotros empezamos a
hacer ciertas enmiendas directas desde el fía que nos unimos a Alcohólicos
Anónimos. En el momento en que decimos a nuestras familias que de verdad vamos a
intentar practicar el programa, se inicia el proceso. En esta esfera, rara vez
hay dudas en cuanto a escoger el momento oportuno o andar con cautela. Queremos
entrar por la puerta anunciando a gritos las buenas nuevas. Al regresar de
nuestra primera reunión o tal vez después de leer el libro "Alcohólicos
Anónimos", normalmente tenemos ganas de sentarnos con algún miembro de la
familia dispuestos a admitir los daños que hemos causado por nuestra forma de
beber. Casi siempre queremos hacer más: queremos admitir otros defectos que han
hecho difícil convivir con nosotros. Esta será una situación nueva, muy
diferente de aquellas mañanas de resaca cuando de un momento a otro pasábamos de
despreciarnos a nosotros mismos a culpar a la familia (y a todo el mundo) por
nuestros problemas. En este primer intento, solo es necesario que admitamos
nuestros defectos de una forma general. En esta etapa puede ser poco sensato
sacar a relucir ciertos episodios angustiosos. El buen juicio nos sugerirá que
andemos a paso mesurado. Aunque estemos completamente dispuestos a confesar lo
peor, tenemos que recordar que no podemos comprar nuestra tranquilidad de
espíritu a expensas ajenas.
Se puede aplicar un enfoque muy
parecido en la oficina o en la fábrica. En seguida pensaremos en algunas
personas que están bien enteradas de nuestra forma de beber y que se han visto
más afectadas. Pero incluso en estos casos, puede que nos convenga ser más
discretos de lo que fuimos con nuestra familia. Tal vez debamos esperar algunas
semanas o más antes de decir nada. Primero debemos sentirnos bastante seguros de
habernos enganchado bien al programa de A.A. Entonces estamos en condiciones de
dirigirnos a esta gente, decirle lo que A.A. es y lo que estamos intentando
hacer. En este contexto, podemos admitir sin reservas los daños que hemos hecho
y pedir disculpas. Podemos pagar o prometer pagar cualesquier deudas, económicas
o de otra índole, que tengamos. La bondadosa reacción que tiene la mayoría de la
gente ante esta sinceridad humilde muchas veces nos asombrará. Incluso aquellos
que nos han criticado más severamente, y con razón, frecuentemente se muestran
bastante razonables la primera vez que les
abordamos.
Es posible que este ambiente de
aprobación y alabanza tenga un efecto tan estimulante que nos haga perder el
equilibrio produciendo en nosotros un apetito insaciable de más palmadas y
elogios. O podemos ir al otro extremo cuando, en raras ocasiones, nos dan una
recepción fría o escéptica. Puede que nos sintamos tentados a discutir o
insistir obstinadamente, o tal vez caemos en el desánimo y el pesimismo. Pero si
nos hemos preparado bien de antemano, estas reacciones nonos desviarán de
nuestro firme y equilibrado propósito.
Después de esta prueba preliminar
de hacer enmiendas, puede que nos sintamos tan aliviados que creamos haber
terminado nuestra tarea. Querremos dormirnos en nuestros laureles. Puede que nos
sintamos fuertemente tentados a evitar los encuentros más humillantes y
aterradores que todavía nos quedan. A menudo fabricaremos excusas persuasivas
con el fin de esquivar estas cuestiones. O puede que lo dejemos para mañana,
diciéndonos que todavía no ha llegado la hora propicia, aunque en realidad ya
hemos pasado por alto muchas buenas oportunidades de remediar una grave injuria.
No hablemos de prudencia mientas sigamos valiéndonos de
evasivas.
En cuanto nos sintamos seguros de
nuestra nueva forma de vida y, con nuestro comportamiento y ejemplo, hayamos
empezado a convencer a los que nos rodean de que de verdad estamos mejorando,
normalmente podemos hablar sin temor y con completa franqueza con aquellos que
han sido gravemente afectados, incluso con aquellos que apenas se dan cuenta de
lo que les hemos hecho. Las únicas excepciones serán los casos en que nuestra
revelación pueda causar auténtico daño. Podemos iniciar estas conversaciones de
una manera natural y casual. Pero si no se presenta la oportunidad, en algún
momento querremos armarnos de valor, dirigirnos a la persona en cuestión, y
poner nuestras cartas boca arriba. No tenemos que sumirnos en remordimientos
excesivos ante aquellos a quienes hemos perjudicado, pero a estas alturas las
enmiendas deben ser francas y generosas.
Solo puede haber una única
consideración que frene nuestro deseo de hacer una revelación total del daño que
hemos hecho. Esta se presentará en las raras ocasiones en las que el hacerlo
supondría causar un grave daño a la persona a quien queremos hacer enmiendas. O
- de igual importancia - a otras personas. Por ejemplo, no podemos contar con
todo detalle nuestras aventuras amorosas a nuestros confiados cónyuges. E
incluso en los casos en que es necesario hablar de tales asuntos, intentemos
evitar que terceras personas, sean quienes sean, salgan perjudicadas. No
aligeramos nuestra carga cuando inconsideradamente hacemos más pesada la cruz de
otros.
Pueden surgir muchas preguntas
peliagudas en otros aspectos de la vida en los que entre en juego este mismo
principio. Por ejemplo, supongamos que nos hemos bebido una buena parte del
dinero de nuestra compañía, ya sea que lo hubiéramos "tomando prestado", o
hubiéramos inflado excesivamente los gastos de representación. Supongamos que,
si no decimos nada, nadie se va a dar cuenta. ¿Confesamos inmediatamente
nuestras irregularidades a nuestra compañía ante la certeza de un despido
instantáneo y la perspectiva de no poder conseguir otro trabajo? ¿Vamos a ser
tan rígidos respecto a las enmiendas que no nos importe lo que le pueda pasar a
nuestra familia y a nuestro hogar? O, ¿debemos consultar primero con aquellos
que se van a ver gravemente afectados? ¿Exponemos la situación a nuestro padrino
o consejero espiritual, pidiendo ardientemente la ayuda y la orientación de Dios
- y resolviéndonos a hacer lo debido cuando sepamos con certeza cómo proceder,
cueste lo que cueste? Naturalmente, no hay una contestación adecuada para
resolver todos estos dilemas. Pero todos ellos requieren que estemos enteramente
dispuestos a hacer enmiendas tan pronto y hasta donde nos sea posible, según
sean las circunstancias.
Sobre todo, debemos intentar estar completamente seguros de que no lo estamos retrasando porque tenemos miedo. Porque el verdadero espíritu del Noveno Paso es la disposición a aceptar todas las consecuencias de nuestras acciones pasadas y, al mismo tiempo, asumir responsabilidades por el bienestar de los demás.
DÉCIMO PASO
"Continuamos haciendo nuestro
inventario
personal y cuando nos
equivocábamos
lo admitíamos
inmediatamente"
Según vamos trabajando en los
primeros nueve Pasos, nos estamos preparando para la ventura de una nueva vida.
Pero al acercarnos al Décimo Paso, empezamos a hacer un uso práctico de nuestra
manera de vivir de A.A., día tras día, en cualquier circunstancia. Entonces, nos
vemos enfrentados con la prueba decisiva: ¿podemos mantenernos sobrios, mantener
nuestro equilibrio emocional, y vivir una vida útil y fructífera, sena cuales
sean nuestras circunstancias?
Para nosotros lo necesario es
hacer un examen constante de nuestros puntos fuertes y débiles, y tener un
sincero deseo de aprender y crecer por este medio. Los alcohólicos hemos
aprendido esta lección por la dura experiencia. Claro está que, en todas las
épocas y en todas partes del mundo, personas más experimentadas que nosotros se
han sometido a una autocrítica rigurosa. Los sabios siempre han reconocido que
nadie puede esperar hacer mucho en la vida, hasta que el autoexamen no se
convierta en costumbre, hasta que no reconozca y acepte lo que allí encuentra, y
hasta que no se ponga, paciente y persistentemente, a corregir sus
defectos.
Un borracho que tiene una resaca
fatal por haber bebido en exceso el día anterior, hoy no puede vivir bien. Pero
hay otro tipo de resaca que todos sufrimos ya sea que bebamos o no. Es la resaca
emocional, la consecuencia directa de los excesos emocionales negativos de ayer
y, a veces, de hoy - ira, miedo, celos, y similares. Si hemos de vivir
serenamente hoy y mañana, sin duda tenemos que eliminar estas resacas. Esto no
significa que tengamos que hacer un morboso recorrido por nuestro pasado. Nos
requiere que admitamos y corrijamos nuestros errores ahora. Nuestro inventario
nos hace posible reconciliarnos con nuestro pasado. Al hacer esto, realmente
podemos dejarlo atrás. Cuando hemos hecho un minucioso inventario y estamos en
paz con nosotros mismos, nos viene la convicción de que podremos afrontar las
dificultades futuras conforme se nos vayan
presentando.
Aunque todos los inventarios se
parecen en principio, el factor tiempo es lo que distingue el uno del otro.
Existe el inventario "instantáneo", que se puede hacer a cualquier hora del día,
cuando vemos que nos estamos liando. Hay otro que hacemos al final del día,
cuando repasamos los sucesos de las últimas horas. En éste, hacemos una especie
de balance, apuntando en la columna positiva las cosas que hemos hecho bien, y
en la negativa los errores que hemos cometido. Hay también ocasiones en las que
solos, o en compañía de nuestro padrino o consejero espiritual, hacemos un
detallado repaso de nuestros progresos desde la última vez. Muchos A.A.
acostumbran a hacer una limpieza general una o dos veces al año. A muchos de
nosotros nos gusta retirarnos del mundanal ruido para tranquilizarnos y dedicar
uno o dos día a meditar y revisar nuestras vidas.
¿No parecen estas costumbres tan
aburridas como pesadas? ¿Tenemos los A.A. que dedicar la mayor parte del día a
repasar lóbregamente nuestros pecados y descuidos? No lo creo. Se ha dado un
énfasis tan marcado al inventario solamente porque muchos de nosotros nunca nos
hemos acostumbrado a examinarnos rigurosa e imparcialmente. Una vez adquirido
este sano hábito, nos resultará tan interesante y provechoso que el tiempo que
dediquemos a hacerlo no nos podrá parecer perdido. Porque estos minutos o, a
veces horas, que pasamos haciendo nuestro autoexamen tienen que hacer que las
demás horas del día sean más gratas y felices. Y, con el tiempo, nuestros
inventarios dejan de ser algo inusitado o extraño, y acaban convirtiéndose en
una parte integrante de nuestra vida cotidiana.
Antes de entrar en detalles en
cuanto al inventario "instantáneo", consideremos las circunstancias en las que
un inventario de esta índole puede sernos de
utilidad.
Considerado desde un punto de
vista espiritual, es axiomático que cada vez que nos sentimos trastornados, sea
cual sea la causa, hay algo que anda mal en nosotros. Si alguien nos ofende y
nos enfadamos, también nosotros andamos mal. Pero, ¿no hay ninguna excepción a
esta regla? ¿Y la ira "justificada"? Si alguien nos engaña, ¿no tenemos derecha
a enfadarnos? ¿Acaso no podemos sentirnos justificadamente airados con la gente
hipócrita? Para nosotros los A.A., éstas son excepciones peligrosas. Hemos
llegado a darnos cuenta de que la ira justificada debe dejarse a gente mejor
capacitada que nosotros para manejarla.
Poca gente ha sufrido más a causa
de los resentimientos que nosotros los alcohólicos. Y poco ha importado que
fueran o no resentimientos justificados. Un arranque de mal genio nos podría
estropear un día entero, y algún rencor cuidadosamente mimado podía convertirnos
en seres inútiles. Y tampoco nos hemos mostrado muy diestros en distinguir entre
la ira justificada y la no justificada. Según lo veíamos nosotros, nuestra rabia
siempre era justificada. La ira, ese lujo ocasional de la gente más equilibrada,
podía lanzarnos a borracheras emocionales de duración indefinida. Estas
"borracheras secas" a menudo nos llevaban directamente a la botella. Y otros
trastornos emocionales - los celos, la envidia, la lástima de nosotros mismos, y
el orgullo herido - solían tener los mismos
efectos.
Un inventario instantáneo, si lo
hacemos en medio de una perturbación parecida, puede contribuir mucho a
apaciguar nuestras emociones borrascosas. Nuestros inventarios instantáneos se
aplican principalmente a las circunstancias que surgen imprevistas en el vivir
diario. Es aconsejable, cuando sea posible, posponer la consideración de
nuestras dificultades crónicas y más arraigadas, para un tiempo que tenemos
específicamente reservado para este fin. El inventario rápido nos sirve para
enfrentarnos a los altibajos cotidianos, en particular esas ocasiones en las que
otras personas o acontecimientos inesperados nos hacen perder el equilibrio y
nos tientan a cometer errores.
En todas estas situaciones tenemos
que ejercer un dominio de nosotros mismos, hacer un análisis honrado de todo lo
que entra en juego, y, cuando la culpa es nuestra, estar dispuestos a admitirlo
y, cuando no lo es, igualmente dispuestos a perdonar. No tenemos por qué
sentirnos descorazonados si recaemos en los errores de nuestras viejas
costumbres. No es fácil practicar esta disciplina. No vamos a aspirar a la
perfección, sino al progreso.
Nuestro primer objetivo será
adquirir dominio de nosotros mismos. Esto tiene la más alta prioridad. Cuando
hablamos o actuamos de forma apresurada o precipitada, vemos desvanecerse en ese
mismo momento nuestra capacidad de ser justos o tolerantes. El simple hecho de
soltarle a alguien una andanada o lanzarle una crítica irreflexiva y obstinada
puede desbaratar nuestras relaciones con otra persona durante todo ese día o,
tal vez, durante todo el año. No hay nada que nos recompense más que la
moderación en lo que decimos y escribimos. Tenemos que evitar las condenas
irascibles y las discusiones arrebatadas e imperiosas. Tampoco nos conviene
andar malhumoradamente resentidos o silenciosamente desdeñosos. Estas son
trampas emocionales, y los cebos son el orgullo y la venganza. Tenemos que
evitar estas trampas. Al sentirnos tentados a tragar el anzuelo, debemos
acostumbrarnos a hacer una pausa para recapacitar. Porque no podemos pensar ni
actuar con buenos resultados hasta que el hábito de ejercer un dominio de
nosotros mismos no haya llegado a ser automático.
Las situaciones desagradables o
imprevistas no son las únicas que exigen el dominio de uno mismo. Tendremos que
proceder con la misma cautela cuando empecemos a lograr un cierto grado de
importancia o éxito material. Porque a nadie le han encantado más que a nosotros
los triunfos personales. Nos hemos bebido el éxito como si fuera un vino que
siempre nos alegraría. Si disfrutábamos de una racha de buena suerte, nos
entregábamos a la fantasía, soñando con victorias aun más grandes sobre la gente
y las circunstancias. Así cegados por una soberbia confianza en nosotros mismos,
éramos propensos a dárnoslas de personajes. Por supuesto que la gente, herida o
aburrida, nos volvía la espalda.
Ahora que somos miembros de A.A. y
estamos sobrios y vamos recobrando la estima de nuestros amigos y colegas, nos
damos cuenta de que todavía nos es necesario ejercer una vigilancia especial.
Para asegurarnos contra un ataque de soberbia, podemos frenarnos recordando que
estamos sobrios hoy sólo por la gracia de Dios, y que cualquier éxito que
tengamos se debe más a El que a nosotros mismos,
Finalmente, empezamos a darnos
cuenta de que todos los seres humanos, al igual que nosotros, están hasta algún
grado enfermos emocionalmente, así como frecuentemente equivocados y, al
reconocer esto, nos aproximamos a la auténtica tolerancia y vemos el verdadero
significado del amor genuino para con nuestros semejantes. Conforme progresemos
en nuestro camino, nos parecerá cada vez más evidente lo poco sensato que es
enfadarnos o sentirnos lastimados por personas que, como nosotros, están
sufriendo los dolores de crecimiento.
Tardaremos algún tiempo, y quizás
mucho tiempo, en notar un cambio tan radical en nuestra perspectiva. Poca gente
pude afirmar con toda sinceridad que ama a todo el mundo. La mayoría de nosotros
tenemos que confesar que solo hemos amado a unas cuantas personas; que la mayor
parte de la gente nos era indiferente, siempre y cuando no nos molestaran a
nosotros; y, en cuanto al resto, pues, les hemos tenido aversión o les hemos
odiado. Aunque estas actitudes son bastante comunes, los A.A. tenemos que
encontrar otra mucho mejor para poder mantener nuestro equilibrio. Si odiamos
profundamente, acabamos desequilibrados. La idea de que podamos amar
posesivamente a unas cuantas personas, ignorar a la mayoría y seguir temiendo u
odiando a cualquier persona, tiene que abandonarse, aunque sea
gradualmente.
Podemos intentar dejar de imponer
exigencias poco razonables en nuestros seres queridos. Podemos mostrar bondad
donde nunca la habíamos mostrado. Con aquellos que no nos gustan, podemos
empezar a comportarnos con justicia y cortesía, tal vez haciendo un esfuerzo
especial para comprenderles y ayudarles.
Cada vez que fallemos a cualquiera
de estas personas, podemos admitirlo inmediatamente - siempre ante nosotros
mismos, y también ante la persona en cuestión, si el hacerlo tendría algún
efecto provechoso. En la cortesía, la bondad, la justicia y el amor, se
encuentra la clave para establecer una relación armoniosa con casi cualquier
persona. Si tenemos alguna duda, podemos hacer una pausa y decirnos, "Que no se
haga mi voluntad, sino la Tuya". Y con frecuencia podemos preguntarnos a
nosotros mismos, "¿Estoy actuando con los demás como yo quisiera que ellos
actuaran conmigo - en este día de hoy?".
Cuando llega la noche, tal vez
justo antes de acostarnos, muchos de nosotros hacemos un pequeño balance del
día. Este es un momento oportuno para recordar que el inventario nonos sirve
únicamente para apuntar nuestros errores. Rara vez pasa un día en que no hayamos
hecho nada bien. En realidad, las horas del día normalmente están repleta de
cosas constructivas. Al repasarlas, veremos reveladas nuestras buenas razones, y
buenas obras. Incluso cuando nos hemos esforzado y hemos fracasado, debemos
anotarlo como un punto muy importante a nuestro favor. Bajo estas condiciones,
el dolor de un fracaso se convierte en un valor positivo. de ese dolor recibimos
el estímulo para seguir adelante. Alguien que sabía de lo que hablaba comentó
una vez que el dolor era la piedra de toque de todo progreso espiritual. Los
A.A. estamos completamente de acuerdo con él, porque sabemos que tuvimos que
pasar por los dolores que nos traía la bebida antes de lograr la sobriedad, y
tuvimos que sufrir los trastornos emocionales antes de conocer la
serenidad.
Al repasar la columna negativa de
nuestro balance diario, debemos examinar con gran cuidado nuestros motivos en
cada acción o pensamiento que nos parece estar equivocado. En la mayoría de los
casos, no nos resulta difícil ver y entender nuestros motivos. Cuando nos
sentíamos soberbios, airados, celosos, nerviosos o temerosos, simplemente
actuábamos conforme con nuestras emociones. En estos casos, solo hace falta
reconocer que actuamos o pensamos de manera equivocada, imaginar cuál hubiera
sido la manera correcta, y comprometernos, con la ayuda de Dios, a aplicar estas
lecciones de hoy al día de mañana y, por supuesto, hacer las enmiendas
correspondientes que aun no hayamos hechos.
Pero en otros casos únicamente el
examen más cuidadoso nos revelará nuestros verdaderos motivos. Habrá casos en
que nuestra vieja enemiga, la autojustificación, haya intervenido para defender
algo que, en realidad, estaba equivocado. Aquí nos sentimos tentados a
convencernos que teníamos buenos motivos y razones cuando de hecho no ha sido
así.
Hemos "criticado
constructivamente" a alguien porque lo merecía y necesitaba, pero nuestro
verdadero motivo era el de vencerle en una vana disputa. O, si la persona en
cuestión no estaba presente, creíamos que estábamos ayudando a los demás a
comprenderle, cuando en realidad nuestro motivo era el de rebajarle para así
sentirnos superiores a él. A veces, herimos a nuestros seres queridos porque les
hace falta que alguien "les dé una lección", cuando de hecho, queremos
castigarles. A veces, sintiéndonos deprimidos, nos quejamos de lo mal que lo
estamos pasando, cuando en realidad, queremos que la gente fije en nosotros su
atención y que exprese su compasión para con nosotros. Esta extraña peculiaridad
de la mente y de las emociones, este perverso deseo de ocultar un motivo malo
por debajo de otro bueno, se ven en todos los asuntos humanos de toda índole.
Esta clase de hipocresía sutil y solapada puede ser el motivo oculto de la
acción o pensamiento más insignificante. Aprender, día tras día, a identificar,
reconocer y corregir estos defectos constituye la esencia de la formación del
carácter y del buen vivir. Un arrepentimiento sincero por los daños que hemos
causado, una gratitud genuina por las bendiciones que hemos recibido, y una
buena disposición para intentar hacer las cosas mejor en el futuro serán los
bienes duraderos que buscaremos.
Después de haber repasado el día
así, sin omitir lo que hemos hecho bien, y al haber examinado nuestros corazones
sin temor o complacencia, podemos sinceramente dar gracias a Dios por las
bendiciones que hemos recibido y dormir con la conciencia
tranquila.
UNDÉCIMO PASO
"Buscamos a través de la oración
y la meditación
mejorar nuestro contacto
consciente con Dios, como
nosotros lo concebimos,
pidiéndole solamente que
nos dejase conocer su voluntad
para con nosotros y
nos diese la fortaleza para
cumplirla".
La oración y la meditación son
nuestros medios principales de contacto consciente con
Dios.
Los A.A. somos gente activa que
disfrutamos de las satisfacciones de enfrentarnos a las realidades de la vida,
normalmente por primera vez, y que vigorosamente tratamos de ayudar al próximo
alcohólico que llega. Así que no es de extrañar que a veces tengamos una
tendencia a menospreciar la oración y la meditación, considerándolas como cosas
que no son realmente necesarias. Creemos, sin duda, que son cosas que nos pueden
ayudar a responder a algún problema urgente, pero al principio muchos de
nosotros somos propensos a considerar la oración como una especia de misteriosa
maniobra de los clérigos, de la cual podemos esperar sacar algún beneficio de
segunda mano. O quizás ni siquiera creemos en estas
cosas.
A algunos de nuestros recién
llegados, así como a los agnósticos de antaño que tenazmente siguen considerando
al grupo de A.A. como su poder superior, la poderosa eficacia de la oración les
puede parecer poco convincente o totalmente inaceptable, a pesar de toda la
lógica y la cantidad de experiencia que la atestigua. Aquellos de nosotros que
una vez compartíamos estos sentimientos, podemos entender y comprenderlos. Recordamos muy bien ese algo que, desde
las profundidades de nuestro ser, seguía rebelándose contra la idea de
someternos a cualquier Dios. Además, muchos de nosotros nos valíamos de una
lógica muy contundente que "probaba" que no existía ningún Dios. ¿Cómo se
explicaban todos los accidentes, enfermedades, crueldades e injusticias del
mundo? ¿Cómo se explicaban todas aquellas vidas infelices que eran la
consecuencia directa de un nacimiento desgraciado o de las vicisitudes
incontrolables de las circunstancias? Estábamos convencidos de que, en un mundo
tan caprichoso, la justicia no podía existir y, por lo tanto, tampoco podía
existir Dios.
A veces recurríamos a otras
tácticas. "Vale", nos decíamos, "es probable que la gallina existiera antes que
el huevo". Sin duda, el universo tuvo alguna especie de "primera causa", el Dios
del Átomo, quizá, oscilando entre el frío y el calor. Pero no había evidencia
alguna de la existencia de ningún Dios que conociera a los seres humanos o que
se interesara en la humanidad. Sí, nos gustaba A.A. y no vacilábamos en decir
que A.A. había obrado milagros. Pero nos resistíamos a probar la meditación y la
oración, tan obstinadamente como el científico que se niega a hacer un
experimento por temor a que sus resultados refutaran su teoría predilecta. Claro
está que acabamos haciendo el experimento y, cuando obtuvimos resultados
inesperados, cambiamos de opinión; de hecho, cambiamos de convicción. Así nos
vimos firmemente convencidos de la eficacia de la meditación y la oración. Y
hemos descubierto que lo mismo puede ocurrirle a cualquiera que lo pruebe. Con
mucha razón se ha dicho, "casi los únicos que se burlan de la oración son
aquellos que nunca han rezado con suficiente
asiduidad".
A aquellos de nosotros que nos
hemos acostumbrado a valernos asiduamente de la oración, el tratar de
desenvolvernos sin rezar nos parecería tan poco sensato como privarnos del aire,
de la comida o de la luz del sol. Y por la misma razón. Cuando nos privamos del
aire, de la comida, o de la luz del sol, el cuerpo sufre. Y de la misma manera,
cuando nos negamos a rezar y a meditar, privamos a nuestras mentes, a nuestras
emociones y a nuestras intuiciones de un apoyo vital y necesario. Así como el
cuerpo puede fallar en sus funciones por falta de alimento, también puede fallar
el alma. Todos tenemos necesidad de la luz de la realidad de Dios, del alimento
de su fortaleza y del ambiente de su gracia. Las realidades de la vida de A.A.
confirman esta verdad eterna de una manera
asombrosa.
Existe un encadenamiento directo
entre el examen de conciencia, la meditación, y la oración. Cada una de estas
prácticas por sí sola puede producir un gran alivio y grandes beneficios. Pero
cuando se entrelazan y se interrelacionan de una manera lógica, el resultado es
una base firme para toda la vida. Puede que, de vez en cuando, se nos conceda
vislumbrar aquella realidad perfecta que es el reino de Dios. Y tendremos el
consuelo y el aval de que nuestro destino individual en ese reino quedará
asegurado mientras intentemos, por vacilantes que sean nuestros pasos, conocer y
hacer la voluntad de nuestro Creador.
Como ya hemos visto, nos valemos
del autoexamen para iluminar el lado oscuro de nuestra naturaleza con una nueva
visión, acción y gracia. Es un paso que dimos hacia el cultivo de esta clase de
humildad que nos hace posible recibir la ayuda de Dios. Pero no es más que un
solo paso. Vamos a querer ir más lejos.
Querremos que crezca y florezca lo
bueno que hay en todos nosotros, incluso en los peores de nosotros. Sin duda
necesitaremos aire fresco y comida en abundancia. Pero sobre todo querremos la
luz del sol; hay poco que pueda crecer en la oscuridad. La meditación es nuestro
paso hacia el sol. ¿Cómo, entonces, hemos de
meditar?
A lo largo de los siglos la
experiencia concreta de la meditación y la oración ha sido, por supuesto,
inmensa. Las bibliotecas y los templos de mundo constituyen una rica fuente de
tesoros por descubrir para todo aquel que busque. Es de esperar que todo A.A.
que haya tenido una formación religiosa que valora la meditación vuelva a
practicarla con mayor devoción que nunca. Pero, ¿qué vamos a hacer el resto de
nosotros, menos afortunados, que ni siquiera sabemos cómo
empezar?
Bueno, podríamos empezar de la
siguiente manera. Busquemos, primero, una buena oración. No tendremos que buscar
muy lejos; los grandes hombres y mujeres de todas las religiones nos han legado
una maravillosa colección. Vamos a considerar aquí una que se cuenta entre las
clásicas.
Su autor era un hombre que desde
hace ya varios siglos ha sido considerado como un santo. No vamos a dejar que
este hecho nos cause ningún prejuicio ningún temor, porque, aunque no era
alcohólico, también tuvo que pasar, al igual que nosotros, por unos grandes
sufrimientos emocionales. Y al salir de estas dolorosas experiencias, expresó
con la siguiente oración lo que entonces podía ver, sentir, y
desear:
"Dios, hazme un instrumento de tu
Paz - que donde haya odio, siembre amor - donde haya injuria, perdón - donde
haya discordia, armonía - donde haya error, verdad - donde haya duda, fe - donde
haya tristeza, alegría. Dios, concédeme que busque no ser consolado, sino
consolar - no ser comprendido, sino comprender - no ser amado, sino amar. Porque
olvidándome de mí mismo, me encuentro; perdonando, se me perdona; muriendo en
Ti, nazco a la Vida Eterna. Amen".
Ya que somos principiantes en la
meditación, puede ser conveniente que volvamos a leer esta oración varias veces
muy lentamente, saboreando cada palabra e intentando absorber el significado
profundo de cada frase e idea. Nos vendrá aun mejor si podemos entregarnos sin
resistencia alguna a lo expresado por nuestro amigo. Porque en la meditación, no
hay lugar para el debate. Descansamos tranquilamente con los pensamientos de
alguien que sabe, a fin de poder experimentar y
aprender.
Como si estuviéramos tumbados en
una playa soleada, serenémonos y respiremos profundamente el ambiente espiritual
que, por la gracia de esta oración, nos rodea. Dispongámonos a sentir y a ser
fortalecidos y elevados por la gran belleza, amor y poder espiritual expresados
por estas magníficas palabras. Dirijamos ahora nuestra mirada al mar y
contemplemos su misterio; y levantemos los ojos al lejano horizonte más allá del
cual buscaremos todas aquellas maravillar que aún no hemos
visto.
"Venga, hombre", dice alguien.
"Vaya tonterías. No es nada práctico".
Al vernos acosado por tales
pensamientos, nos valdría recordar, con cierto pesar, el enorme valor que
solíamos dar a nuestra imaginación cuando intentaba fabricarnos una realidad
basada en la botella. Sí nos deleitábamos con esta forma de pensar, ¿verdad? Y
aunque ahora nos encontramos sobrios, ¿no es cierto que a menudo intentamos
hacer algo parecido? Tal vez nuestro problema no era que utilizáramos nuestra
imaginación. Tal vez el problema real era nuestra casi total incapacidad para
encaminar nuestra imaginación hacia unos objetivos apropiados. La imaginación
constructiva no tiene nada de malo; todo logro seguro y deseable se basa en
ella. A fin de cuentas, nadie puede construir una casa hasta que no haya
concebido un plan para hacerla. Bueno, la meditación también es así. Nos ayuda a
concebir nuestro objetivo espiritual antes de que empecemos a avanzar para
conseguirlo. Así que regresemos a aquella soleada playa - o, si prefieres, a las
llanuras o las montañas.
Cuando, por tales simples medios,
hayamos alcanzado un estado de ánimo que nos permite enfocarnos quietamente en
la imaginación constructiva, podemos proceder de la siguiente
manera:
Volvemos a leer nuestra oración y
nuevamente intentamos apreciar la esencia de su significado. Nos pondremos a
pensar en el hombre que originalmente la rezó. Ante todo, quería convertirse en
un "instrumento". Luego, pidió la gracia para llevar el amor, el perdón, la
armonía, la verdad, la fe, la esperanza, la luz y la alegría a todos cuantos
pudiera.
a continuación expresó una
aspiración y una esperanza para él mismo. Esperaba que Dios le permitiera
también a él encontrar algunos de estos tesoros. Esto lo intentaría hacer
"olvidándose de sí mismo". ¿Qué quería decir esto de "olvidarse a sí mismo? Y,
¿cómo se propuso realizarlo?
Le parecía mejor consolar que ser
consolado; comprender que ser comprendido; perdonar que ser
perdonado.
Esto podría ser un fragmento de lo
que se llama la meditación, tal vez nuestro primer intento de alcanzar cierto
estado de ánimo, nuestro primer corto vuelo de reconocimiento, por así decirlo,
en el reino del espíritu. Después de hacerlo, nos convendría estudiar
detenidamente nuestra situación actual e imaginar lo que podría sucedernos en
nuestra vida si pudiéramos acercarnos aun más al ideal que hemos intentado
vislumbrar. La meditación es algo que siempre puede perfeccionarse. No tiene
límites, ni de altura ni de amplitud. Aunque aprovechamos las enseñanzas y los
ejemplos que podamos encontrar, la meditación es, en su esencia, una aventura
individual, siempre tiene un solo objetivo: mejorar nuestro contacto consciente
con Dios, con su gracia, su sabiduría y su amor. Y tengamos siempre presente que
la meditación es, en realidad, de un gran valor práctico. Uno de sus primero
frutos es el equilibrio emocional. Valiéndose de la meditación, podemos ampliar
y profundizar el conducto entre nosotros y Dios, como cada cual Lo
conciba.
Consideremos ahora la oración.
Orar es levantar el corazón y la mente hacia Dios - y en este sentido la oración
incluye la meditación. ¿Cómo hemos de hacerlo? Y, ¿qué relación tiene con la
meditación? Según se entiende comúnmente, la oración es una petición a Dios. Al
haber abierto nuestro conducto como mejor podamos, intentamos pedir aquellas
cosas justas de las que nosotros y los demás tenemos la más urgente necesidad. Y
creemos que la gama completa de nuestras necesidades queda bien definida en
aquella parte del Undécimo Paso que dice: ". . . que nos dejase conocer su
voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla". Una
petición así es apropiada a cualquier hora del día.
Por la mañana, pensamos en las
horas que tendrán. tal vez pensemos en el trabajo que nos espera y las ocasiones
que tendremos de ser serviciales o de utilidad, o en algún problema particular
que se nos pueda presentar. Es posible que hoy nos veamos nuevamente enfrentados
con un grave problema de ayer que no pudimos solucionar. La tentación inmediata
será la de pedir soluciones específicas a problemas específicos, así como la
capacidad para ayudar a otra gente de acuerdo con nuestro concepto de cómo se
debe hacer. En este caso, estamos pidiendo a Dios que obre a nuestra manera. Por
lo tanto, debemos considerar cada petición cuidadosamente para poder apreciarla
según sus verdaderos méritos. Aun así, al hacer cualquier petición específica,
nos convendrá añadir las palabras ". . . si esa es Tu voluntad". Simplemente
pedimos a Dios que, a lo largo del día, nos ayude a conocer, lo mejor que
podamos, su voluntad para aquel día y que nos conceda la gracia suficiente para
cumplirla.
A medida que transcurre el día, al
vernos enfrentados con algún problema o con una decisión que tomar, será
conveniente que hagamos una pausa y
renovemos la sencilla petición: "Hágase Tu voluntad, no la mía". Si en
estos momentos ocurre que nuestros trastornos emocionales son muy grandes, es
mucho más probable que mantengamos nuestro equilibrio si recordamos y volvemos a
recitar alguna oración o alguna frase que nos haya atraído especialmente en
nuestras lecturas o meditaciones. En los momentos de tensión, el mero hecho de
repetirla una y otra vez a menudo nos hará posible desatascar un conducto
bloqueado por la ira, el miedo, la frustración o los malentendidos, y volver a
acudir a la ayuda más segura de todas - nuestra búsqueda de la voluntad de Dios,
y no la nuestra. En estos momentos críticos, si nos recordamos a nosotros mismos
que "es mejor consolar que ser consolados, comprender que ser comprendidos, amar
que ser amados", estamos conformes con la intención del Undécimo
Paso.
Es razonable y comprensible que a
menudo se haga la pregunta: "¿Por qué no podemos presentarle a Dios un dilema
específico e inquietante y, en nuestras oraciones, obtener de El una respuesta
segura y definitiva a nuestra petición?".
Esto se puede hacer, pero lleva
consigo algunos riesgos. Hemos visto a muchos A.A. pedir a Dios, con gran
sinceridad y fe, que les dé Su orientación expresa referente a asuntos que
abarcan desde una arrolladora crisis doméstica o financiera hasta cómo corregir
algún pequeño defecto, como la falta de puntualidad. No obstante, muy a menudo
las ideas que parecen venir de Dios no son soluciones en absoluto. Resultan ser
autoengaños inconscientes, aunque bien intencionados. El miembro de A.A., y de
hecho cualquier persona, que intenta dirigir su vida rígidamente por medio de
esta clase de oración, esta exigencia egoísta de que Dios le responda, es un
individuo especialmente desconcertante. Cuando se pone en duda o se critica
cualquiera de sus acción, inmediatamente las justifica citando su dependencia de
la oración para obtener orientación en todo asunto, grande o pequeño. Puede
haber descartado la posibilidad de que su propias fantasías y la tendencia
humana a inventar justificaciones hayan distorsionado esa supuesta orientación.
Con su mejor intención, tiende a imponer su propia voluntad en toda clase de
situaciones y problemas, con la cómoda seguridad de que está actuando bajo la
dirección específica de Dios. Bajo tal engaño, puede, por supuesto, provocar un
montón de problemas sin tener la menor intención de
hacerlo.
También caemos en otra tentación
parecida. Nos formamos ideas sobre lo que nos parece ser la voluntad de Dios
para con otras personas. Nos decimos, "Este debería ser curado de su enfermedad
mortal", o "Aquel debería ser aliviado de sus sufrimientos emocionales", y
rezamos por estas cosas especificas. Naturalmente, estas oraciones son
fundamentalmente actos de buena voluntad, pero a menudo se basan en la
suposición de que conocemos la voluntad de Dios para con la persona por la que
rezamos. Esto significa que una oración sincera puede que vaya acompañada de
cierta cantidad de presunción y vanidad. La experiencia de A.A. indica que
especialmente en estos casos debemos rezar para que la voluntad de Dios, sea
cual sea, se haga tanto para los demás como para nosotros
mismos.
En A.A. hemos llegado a reconocer
como indudables los resultados positivos y concretos de la oración. Lo sabemos
por experiencia. Todo aquel que haya persistido en rezar ha encontrado una
fuerza con la que normalmente no podía contar. Ha encontrado una sabiduría más
allá de su acostumbrada capacidad. Y ha encontrado, cada vez más, una
tranquilidad de espíritu que no le abandona ante las circunstancias más
difíciles.
Descubrimos que la orientación
divina nos llega en la medida en que dejemos de exigirle a Dios que nos la
conceda a nuestra demanda y según las condiciones que imponemos. Casi todo
miembro experimentado de A.A. te puede contar cómo ha mejorado su vida de forma
asombrosa e inesperada a medida que él iba intentando mejorar su contacto
consciente con Dios. También te dirá que toda época de aflicción y sufrimiento,
cuando la mano de Dios le parecía pesada e incluso injusta, ha resultado ser una
ocasión de aprender nuevas lecciones para la vida, de descubrir nuevas fuentes
de valor, y que, última e inevitablemente, le llegó la convicción de que, al
obrar sus milagros, "los caminos de Dios sí son
inescrutables".
A todo aquel que se niegue a rezar
por que no cree en su eficacia, o porque se siente despojado de la ayuda y la
orientación Dios, estas noticias deben serle muy alentadores. Todos nosotros,
sin excepción, pasamos por temporadas en las que solo podemos rezar mediante un
inmenso esfuerzo de voluntad. Hay momentos en los que ni siquiera esto nos
sirve. Nos sobrecoge una rebeldía tan corrosiva que simplemente rehusamos rezar.
cuando nos ocurren estas cosas, no debemos juzgarnos despiadadamente. Debemos
simplemente reanudar la oración tan pronto como podamos, haciendo así lo que
sabemos que nos va bien.
Tal vez una de las recompensas más
grandes de la meditación y la oración es la sensación de pertenecer que nos
sobreviene. Ya no vivimos en un mundo totalmente hostil. Ya no somos personas
perdidas, atemorizadas e irresolutas. En cuanto siquiera vislumbramos la
voluntad de dios, en cuanto empezamos a ver que la verdad, la justicia y el amor
son las cosas reales y eternas de la vida, ya no nos sentimos tan perplejos y
desconcertados por toda la aparente evidencia de lo contrario que nos rodea en
nuestros asuntos puramente humanos. Sabemos que Dios nos cuida amorosamente.
Sabemos que cuando acudimos a El, todo irá bien con nosotros, aquí y en el más
allá.
Duodécimo Paso
"Habiendo obtenido un despertar
espiritual como
resultado de estos pasos,
tratamos de llevar el menseje
a los alcohólicos y de practicar
estos principios
en todos nuestros
asuntos".
La alegría de vivir es el tema
del Duodécimo Paso de A.A. y su palabra clave es acción. En este Paso salimos de
nosotros mismos y nos dirigimos a nuestros compañeros alcohólicos que todavía
sufren. Tenemos la experiencia de dar sin esperar ninguna recompensa. Empezamos
a practicar todos los Doce Pasos del programa en nuestras vidas diarias, para
que nosotros y todos aquellos a nuestro alrededor podamos encontrar la sobriedad
emocional. Cuando se aprecian todas las implicaciones del Paso Doce, se ve que,
en realidad nos habla de la clase de amor al que no se pude poner
precio.
Nuestro Paso Doce también nos dice
que, como resultado de practicar todos los Pasos, cada uno de nosotros ha
experimentado algo que se llama un despertar espiritual. A los nuevos miembros
de A.A., este asunto les parece bastante dudoso por no decir increíble.
Preguntan "¿Qué quieres decir con esto de un 'despertar
espiritual'?".
Puede que haya tantas definiciones
del despertar espiritual como personas que lo han experimentado. No obstante, es
indudable que todos los que sean auténticos tienen algo en común. Y lo que
tienen en común no es muy difícil de entender. Para un hombre o mujer que ha
experimentado un despertar espiritual, el significado más importante que tiene
es que ahora puede hacer, sentir y creer aquello que antes, con sus propios
recursos y sin ayuda, no podía hacer. Se le ha concedido un don que le produce
un nuevo estado de conciencia y una nueva forma de ser. Se encuentra en un
camino que le indica que le llevará a un destino seguro, que la vida no es un
callejón sin salida, ni algo que habrá de soportar o dominar. Ha sido realmente
transformado, porque se ha aferrado a una fuente de fortaleza de la que antes,
de una y otra forma, se había privado. Se da cuenta de que ha adquirido un grado
de honradez, tolerancia, generosidad, paz de espíritu y amor que antes le
parecía inalcanzable. Lo que ha recibido, se le ha dado gratis; sin embargo, por
lo general, se ha preparado, al menos en parte, para
recibirlo.
En A.A., la forma de prepararse
para recibir este don radica en la práctica de los Doce Pasos de nuestro
programa. Por lo tanto, vamos a considerar brevemente lo que hemos estado
intentando hacer hasta este punto:
El Primer paso nos enseñó una
paradoja asombrosa: Descubrimos que éramos totalmente incapaces de librarnos de
la obsesión alcohólica mientras no admitiéramos que éramos impotentes ante el
alcohol. En el Segundo Paso vimos que, ya que no podíamos recuperar por nosotros
mismos el sano juicio, algún Poder Superior forzosamente tendría que
devolvérnoslo, si habíamos de sobrevivir. Por consiguiente, en el Tercer Paso
entregamos nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, tal como
cada cual Lo concibiera. Los que éramos ateos o agnósticos descubrimos que,
provisionalmente, nuestro grupo o A.A. como un todo, nos podía servir de poder
superior. Con el Cuarto Paso, comenzamos a intentar identificar en nosotros
mismos las cosas que nos habían llevado a la bancarrota física, moral y
espiritual. Hicimos, sin miedo, un minucioso inventario moral. Al considerar el
Quinto Paso, llegamos a la conclusión de que un inventario, hecho a solas, no
sería suficiente. Supimos que tendríamos que abandonar la costumbre mortal de
vivir a solas con nuestros conflictos y, con toda sinceridad, confesárselos a
Dios y a otro ser humano. Muchos de nosotros nos resistimos a dar el Sexto Paso
- por el simple motivo práctico de no querer que se nos eliminasen todos
nuestros defectos de carácter porque todavía nos sentíamos encantados con
algunos de ellos. No obstante, nos dimos cuenta de que tendríamos que ajustarnos
de alguna forma al principio fundamental del Sexto paso. Por consiguiente,
decidimos que, aunque todavía teníamos algunos defectos de carácter a los que no
queríamos renunciar, no obstante, debíamos dejar de aferrarnos a ellos de una
forma obstinada y rebelde. Nos dijimos a nosotros mismos, "Tal vez esto no lo
puedo hacer hoy, pero puedo dejar de gritar, '¡No, nunca!'". Luego, en el
Séptimo paso, pedimos humildemente a Dios, que eliminase nuestros defectos según
Le conviniera y de acuerdo con las condiciones del día en que se lo pedimos. En el Octavo Paso, seguíamos
poniendo nuestras casas en orden, porque nos dábamos cuenta de que estábamos en
conflicto no solamente con nosotros mismos, sino también con la gente y las
circunstancias del mundo en que vivíamos. Teníamos que hacer las paces y, por lo
tanto, hicimos una lista de las personas a quienes habíamos causado daño y
llegamos a estar dispuestos a hacer enmiendas. Consecuentemente, en el Noveno
Paso nos pusimos a hacer las enmiendas directamente a las personas afectadas,
excepto cuando el hacerlo pudiera perjudicar a ellos o a otras personas.
Llegados al Décimo Paso, ya habíamos sentado las bases para nuestra vida diaria,
y nos dimos cuenta clara de que tendríamos que seguir haciendo nuestro
inventario personal y que cuando nos equivocáramos, deberíamos admitirlo
inmediatamente. En el Undécimo Paso, vimos que, si un Poder Superior nos había
devuelto el sano juicio y nos había hecho posible vivir con alguna tranquilidad
de espíritu en un mundo gravemente trastornado, valdría la pena conocerle mejor,
por el contracto más directo que nos fuera posible. Descubrimos que el uso
asiduo de la meditación y la oración nos iba abriendo un más amplio conducto, de
tal forma que donde antes discurría un arroyuelo ahora fluía un río que nos
llevaba a la orientación y al poder seguros de dios a medida que aumentaba
nuestra capacidad para entenderlo.
Así que, practicando estos Pasos,
acabamos por experimentar un despertar espiritual y la realidad de esta
experiencia nos era indudable. Al observar a los que solo habían dado un
comienzo y todavía dudaban de sí mismos, el resto de nosotros podíamos ver
amanecer la transformación. Basándonos en multitud de experiencias similares,
nos era posible predecir que el incrédulo que seguía protestando que no captaba
el "aspecto espiritual" y que todavía consideraba a su querido grupo de A.A.
como el poder superior, tardaría poco en amar a Dios y en llamarle por su
nombre.
Contemplemos ahora el resto del
Paso Doce. La maravillosa energía que libera y la ávida acción con la que lleva
nuestro mensaje al alcohólico que aún surge, y que acaba por convertir los Doce
Pasos en acción en todos los asuntos de nuestra vida, es el gran beneficio, la
realidad magnífica, de Alcohólicos Anónimos.
Incluso el miembro más recién
llegado, cuando se esfuerza por ayudar a su hermano alcohólico que anda aun más
ciego que él, encuentra recompensas inimaginables. Esta es, de verdad, la dádiva
que no exige nada a cambio. El no espera que su compañero de fatigas le pague,
ni siquiera que lo ame. Luego, se da cuenta de que, por medio de esta paradoja
divina, al dar así, sin esperar nada, ha encontrado su propia recompensa, ya sea
que su hermano haya recibido algo o no. Aunque tenga todavía algunos defectos de
carácter muy graves, de una y otra manera, sabe que Dios le ha capacitado para
dar un gran comienzo, y le llena la sensación de haber llegado al umbral de
nuevos misterios, alegría y experiencias con los que nunca jamás había
soñado.
Casi todo miembro de A.A. te dirá
que no hay satisfacción más profunda ni alegría mayor que la entrañada por un
trabajo de Paso Doce bien hecho. Ver cómo se abren maravillados los ojos de
hombres y mujeres a medida que pasan de la oscuridad a la luz, ver cómo sus
vidas se llenan rápidamente de una nueva significación y determinación, ver a
familias enteras reunidas, ver cómo el alcohólico rechazado por la sociedad
vuelve a integrarse en su comunidad como ciudadano de pleno derecho y, sobre
todo, ver a esta gente desesperarse ante la presencia de un Dios amoroso en sus
vidas - estas cosas son la esencia de lo que recibimos cuando llevamos el
mensaje de A.A. a otro alcohólico.
Pero ésta no es la única forma de
trabajo de Paso Doce. Asistimos a las reuniones de A.A. y escuchamos, no
solamente para recibir algo, sino también para dar el consuelo y el apoyo que
nuestra presencia puede significar para otros. Si nos toca a nosotros hablar en
una reunión, de nuevo tratamos de llevar el mensaje de A.A. Ya sea que tengamos uno o muchos
oyentes, sigue siendo un trabajo de Paso Doce. Incluso para aquellos de nosotros
que nos sentimos incapaces de hablar en las reuniones o que nos encontramos en
lugares donde no podemos hacer personal e individualmente mucho trabajo de Paso
Doce, hay numerosas oportunidades. Podemos ser aquellos que se encargan de hacer
las tareas poco espectaculares pero importantes que facilitan hacer un buen
trabajo de Paso Doce, tal vez preparando el café y los refrescos que se sirven
después de las reuniones; en este ambiente de risas y conversaciones, muchos
principiantes escépticos y recelosos se han sentido fortalecidos y
reconfortados. Este es trabajo de Paso Doce en el mejor sentido de la palabra.
"Libremente hemos recibido, libremente debemos dar . . ." es la esencia de este aspecto del
Paso Doce.
Puede que a menudo pasemos por
experiencias de Paso Doce en las que temporalmente parece que nos hemos
equivocado. En esos momentos es posible que estas experiencias nos parezcan
grandes reveses, pero más tarde las veremos como trampolines hacia cosas
mejores. Por ejemplo, puede que nos empeñemos en conseguir que una persona
determinada logre la sobriedad y, después de haber hecho todo lo posible durante
meses, le vemos recaer. Tal vez esto ocurra en una serie de casos, y nos
sintamos profundamente descorazonados en cuanto a nuestra capacidad para llevar
el mensaje de A.A. O puede que nos
encontremos en la situación opuesta, en la que nos sintamos tremendamente
eufóricos porque parece que hemos tenido éxito. En este caso, nos vemos tentados
a volvernos muy posesivos con estos recién llegados. Tal vez intentemos darles
consejos respecto a sus asuntos, consejos que ni estamos capacitados para dar ni
debemos ofrecer en absoluto. Entonces nos sentimos dolidos y confusos cuando se
rechazan nuestros consejos, o cuando se aceptan y resultan en una confusión aun
mayor. A veces, por haber hecho con ardor una gran cantidad de trabajo de Paso
Doce, llevamos el mensaje a tantos alcohólicos que ellos depositan en nosotros
una gran confianza. Digamos que nos nombran coordinador de grupo. Nuevamente se
nos presenta la tentación de ejercer un control exagerado, lo cual a veces tiene
como resultado el rechazo y otras consecuencias que nos son difíciles de
aceptar.
Pero a la larga nos damos cuenta
claramente de que estos son únicamente los dolores de crecimiento, y que solo
nos traerán beneficios si recurrimos cada vez más a todos los Doce Pasos para
encontrar respuestas.
Ahora vamos a considerar la
cuestión más importante: ¿cómo practicar estos principios en todos nuestros
asuntos? ¿Podemos amar en su totalidad esta forma de vivir con el mismo fervor
con el que amamos esa pequeña parte que descubrimos al tratar de ayudar a otros
alcohólicos a lograr la sobriedad? ¿Podemos llevar a nuestras desordenadas vidas
familiares el mismo espíritu de amor y tolerancia que llevamos a nuestro grupo
de A.A.? ¿Podemos tener en estas personas, contagiadas y a veces desquiciadas
por nuestra enfermedad, la misma confianza y fe que tenemos en nuestros
padrinos? ¿Podemos realmente llevar el espíritu de A.A. a nuestro trabajo
diario? ¿Podemos cumplir con nuestras recién reconocidas responsabilidades ante
el mundo en general? Y, ¿podemos dedicarnos a la religión que hemos escogido con
una nueva resolución de devoción? ¿Podemos encontrar una nueva alegría de vivir
al tratar de hacer algo respecto a todas estas
cosas?.
Además, ¿cómo vamos a enfrentarnos
con los aparentes fracasos o éxitos? ¿Podemos ahora aceptar y ajustarnos a
cualquiera de ellos sin desesperación ni arrogancia? ¿Podemos aceptar la
pobreza, la enfermedad, la soledad y la aflicción con valor y serenidad?
¿Podemos contentarnos, sin vacilar, con las satisfacciones más humildes, pero a
veces más diarias, cuando nos vemos privados de los logros más brillantes y
espectaculares?
La respuesta de A.A. a todas estas
preguntas acerca de la vida es "Sí, todas estas cosas son posible". Esto lo
sabemos porque hemos visto a aquellos que insisten en practicar los Doce Pasos
de A.A. convertir la monotonía, el dolor, e incluso la calamidad en algo que les
sirve. Y si estas son las realidades de la vida para los muchos alcohólicos que
se han recuperado en A.A., pueden llegar a ser las realidades de la vida para
muchos más.
Claro está que incluso los A.A.
más dedicados rara vez alcanzan semejantes logros. Aunque no lleguemos a
tomarnos ese primer trago, a menudo nos apartamos del camino. A veces nuestros
problemas tienen su origen en la indiferencia. Nos encontramos sobrios y
contentos con nuestro trabajo de A.A.
Las casas van bien en casa y en la oficina. Naturalmente, nos felicitamos
por lo que, más tarde, resulta ser un punto de vista demasiado fácil y
superficial. Dejamos temporalmente de desarrollarnos porque nos sentimos
convencidos de que, para nosotros, no hay necesidad de practicar todos los Doce
Pasos de A.A. Nos va bien con solo
practicar unos cuantos. Tal vez nos va bien con solo dos, el Primer Paso y la
parte de "llevar el mensaje" del Duodécimo Paso. En la jerga, este estado
eufórico se conoce por el nombre de "paso doble"; y puede continuar durante
años.
Incluso los que tenemos las
mejores intenciones podemos caer en la trampa del "paso doble". Tarde o
temprano, se nos pasa esta fase de "nube rosada" y la vida empieza a parecernos
aburrida y nos sentimos decepcionados. Empezamos a pensar que, en realidad, A.A.
no sirve para tanto. Empezamos a sentirnos perplejos y
descorazonados.
Quizás entonces la vida, como
suele suceder, de repente nos da un plato que no podemos tragar, ni mucho menos
digerir. A pesar de nuestros esfuerzos, no conseguimos ese ascenso tan deseado.
Perdemos un buen empleo. Tal vez hay graves dificultades domésticas o
sentimentales, o quizás ese hijo que creíamos que Dios estaba cuidando muere en
una guerra.
¿Cómo respondemos entonces?
¿Tenemos o podemos conseguir, los alcohólicos de A.A., los recursos necesarios
para enfrentarnos a estas calamidades que les llegan a tantas personas? ¿Podemos
ahora, con la ayuda de Dios como cada cual Lo conciba, afrontarlas con tanto
valor y ecuanimidad como lo hacen a menudo nuestros amigos no-alcohólicos? ¿Podemos transformar estas calamidades
en bienes espirituales, en fuentes de crecimiento y consuelo tanto para nosotros
como para los que nos rodean? Bueno, lo cierto es que tenemos una probabilidad
de hacerlo si pasamos de practicar dos pasos a practicar doce paso, si estamos
dispuestos para recibir la gracia de Dios que nos puede fortalecer y sostener
ante cualquier catástrofe.
Nuestros problemas básicos son los
mismos que tiene todo el mundo; pero cuando se hace un esfuerzo sincero para
"practicar estos principios en todos nuestros asuntos", los A.A. bien arraigados
en el programa parecen tener la capacidad, por la gracia de Dios, para tomar sus
problemas con calma, y convertirlos en muestras de fe. Conocemos a miembros de
A.A. que, casi sin quejarse y a menudo con buen humor, han padecido enfermedades
largas y mortales. Hemos visto a familias, desgarradas por malentendidos,
tensiones e infidelidades, volver a reconciliarse gracias a la manera de vivir
de A.A.
Aunque la mayoría de los A.A.
suelen ganarse bien la vida, tenemos algunos miembros que nunca llegan a
reestablecerse económicamente, y otros que tropiezan con serios reveses
financieros. Por lo general, estas circunstancias se encaran con entereza y
fe.
Como la mayoría de la gente, hemos
descubierto que podemos aguantar los grandes contratiempos según se nos
presentan. Pero también, al igual que otros, para nosotros, las pruebas más
duras a menudo se encuentran en los problemas cotidianos más pequeños. Nuestra
solución está en desarrollarnos espiritualmente cada vez más. Solo por este
medio podemos aumentar nuestras posibilidades de vivir una vida verdaderamente
feliz y útil. A medida que nos desarrollamos espiritualmente, nos damos cuenta
de que nuestras viejas actitudes hacia nuestros instintos tienen que pasar por
una transformación drástica. Nuestros deseos de seguridad emocional y riqueza,
de poder y prestigio personal, de relaciones sentimentales y de satisfacciones
familiares - todos estos deseos tienen que ser templados y reorientados. Hemos
llegado a reconocer que la satisfacción de nuestros instintos no puede ser el
instinto a todo lo demás, hemos empezado la casa pro el tejado, y nos veremos
arrastrados hacia atrás, hacia la desilusión. Pero cuando estamos dispuestos a
anteponer a todo el desarrollo espiritual - entonces y sólo entonces, tenemos
una verdadera posibilidad de vivir bien.
Después de unirnos a A.A., si
seguimos desarrollándonos, nuestras actitudes y acciones respecto a la seguridad
- tanto la emocional como la económica - empiezan a cambiar profundamente.
Nuestras exigencias de seguridad emocional, de salirnos con la nuestra, siempre
nos han forjado relaciones poco viables con otra gente. Aunque a veces estábamos
completamente inconscientes de la dinámica, siempre teníamos el mismo resultado.
O bien habíamos intentado hacer le papel de Dios y dominar a aquellos que nos
rodeaban, o bien habíamos insistido en tener una dependencia exagerada de ellos.
Cuando la gente, durante una temporada, nos había permitido que les dirigiéramos
la vida, como si todavía fueran niños, nos habíamos sentido felices y seguros de
nosotros mismos. Pero cuando, por fin, se rebelaban o huían, era amargo el dolor
y el desengaño que sufríamos. Les echábamos la culpa a ellos, porque no podíamos
ver que nuestras exigencias excesivas habían sido la
causa.
Cuando, por el contrario,
exigíamos que la gente nos protegiera y nos cuidara, como si fuéramos niños, o
insistíamos en que el mundo nos debía algo, los resultados eran igualmente
desastrosos. A menudo esto causaba que nuestros seres más queridos se alejaran
de nosotros o nos abandonaran completamente. Nuestra desilusión era difícil de
aguantar. No podíamos imaginarnos que la gente nos tratara de esa manera. No
pudimos ver que, a pesar de ser mayores de edad, aun seguíamos comportándonos de
una manera infantil, tratando de convertir a todo el mundo - amigos, esposas,
maridos, incluso al mismo mundo - en padres protectores.- Nos habíamos negado a
aprender la dura lección de que una dependencia excesiva de otra gente no
funciona, porque todas las personas son falibles, e incluso las mejores a veces
nos decepcionan, especialmente cuando las exigencias que les imponemos son poco
razonables.
A medida que íbamos haciendo un
progreso espiritual, llegamos a ver lo engañados que habíamos estado. Pudimos
ver claramente que, si alguna vez íbamos a sentirnos emocionalmente seguros
entre personas adultas, tendríamos que adoptar en nuestras vidas una actitud de
dar-y-tomar; tendríamos que adquirir un sentimiento de comunidad o hermandad con
todos los que nos rodean. Nos dimos cuenta de que tendríamos que dar
constantemente de nosotros mismos, sin exigir nada a cambio. Cuando persistíamos
en hacer esto, poco a poco empezábamos a notar que atraíamos a la gente como
nunca. E incluso si nos decepcionaban, podíamos ser comprensivos y no sentirnos
seriamente afectados.
Al desarrollarnos aun más,
descubrimos que la mejor fuente posible de estabilidad emocional era el mismo
Dios. Vimos que la dependencia de Su perfecta justicia, perdón y amor era
saludable, y que funcionaría cuando todo lo demás nos fallara. Si realmente
dependíamos de Dios, no nos sería posible hacer el papel de Dios con nuestros
compañeros, ni sentiríamos el deseo urgente de depender totalmente de la
protección y cuidado humanos. Esta eran las nuevas actitudes que acabaron
dándonos una fortaleza y una paz internas que ni los fallos de los demás ni
cualquier calamidad ajena a nuestra responsabilidad podrían hacer
tambalear.
Llegamos a darnos cuenta de que
esta nueva actitud era algo especialmente necesario para nosotros los
alcohólicos. Porque el alcoholismo nos había creado una existencia muy
solitaria, aunque hubiéramos estado rodeados de gente que nos quería. Pero
cuando lo obstinación había alejado a todo el mundo y nuestro aislamiento llegó
a ser total, acabamos haciendo el papel de personajes en cantinas baratas para
luego salir solos a la calle a depender de la caridad de los transeúntes.
todavía intentábamos encontrar la seguridad emocional dominando a los demás o
dependiendo de ellos. E incluso los que, a pesar de no haber caído tan bajo, nos
encontrábamos solos en el mundo, seguíamos intentando en vano lograr la
seguridad por medio de una forma malsana de dominación o dependencia. Para los
que éramos así, Alcohólicos Anónimos tenía un significado muy especial. Mediante
A.A. empezamos a aprender a relacionarnos apropiadamente con la gente que nos
comprende; ya no tenemos que estar solos.
La mayoría de las personas casadas
que están en A.A. tienen hogares felices. Hasta un grado sorprendente, A.A. ha
compensado los deterioros de la vida familiar ocasionados por años de
alcoholismo. Pero al igual que otras sociedades, tenemos problemas sexuales y
matrimoniales, y a veces son angustiosamente graves. No obstante, rara vez vemos
rupturas o separaciones matrimoniales permanentes en A.A. Nuestro principal problema no está en
cómo seguir casados, sino en cómo llevar una vida conyugal más feliz, eliminando
los graves trastornos emocionales que a menudo se derivan del
alcoholismo.
Caso todo ser humano, en algún
momento de su vida, experimenta un deseo apremiante de encontrar una pareja del
sexo opuesto con quien unirse de la manera más plena posible - espiritual,
mental, emocional y físicamente. Este poderoso impulso es la raíz de grandes
logros humanos, una energía creativa que tiene una influencia profunda en
nuestra vida. Dios nos hizo así. Entonces, nuestra pregunta es la siguiente:
¿Cómo, por ignorancia, obsesión, y obstinación, llegamos a abusar de este don
para nuestra propia destrucción? Los A.A. no podemos pretender ofrecer
respuestas definitivas a estas preguntas eternas, pero nuestra propia
experiencia nos sugiere ciertas respuestas que funcionan para
nosotros.
A causa del alcoholismo, se pueden producir situaciones anormales que perjudican la convivencia y la unión de un matrimonio. Si el marido es alcohólico, la mujer tiene que convertirse en cabeza y, a menudo, en sostén de la familia. A medida que se van empeorando las circunstancias, el marido se convierte en un niño enfermo e irresponsable al que hay que cuidar y rescatar de un sinfín de líos y apuros. Poco a poco, y normalmente sin que se dé cuenta, la mujer se ve forzada a hacer el papel de madre de un niño travieso. Y si, para empezar, tiene un fuerte instinto maternal, la situación se agrava. Claro está que, bajo estas condiciones, difícilmente puede existir una relación de igual a igual. La mujer, generalmente, sigue haciendo las cosas con su mejor voluntad, pero el alcohólico, mientras tanto, va oscilando entre el amor y el odio a sus atenciones maternales. Así se establece una rutina que más tarde puede ser difícil de romper. No obstante, bajo la influencia de los Doce Pasos de A.A., a menudo se pueden corregir estas situaciones. *
* Los Grupos familiares de
Al-Anon también utilizan los Pasos en una forma adaptada. Esta comunidad
mundial, que no forma parte de A.A., se compone de los cónyuges y otros
parientes y amigos de los alcohólicos (miembros de A.A. o activos). La dirección
de su sede es: Box 182, Madison Square Station, New York, NY
10010.
No obstante, cuando las
relaciones han sido grandemente alteradas, puede ser necesario un largo período
de pacientes esfuerzos. Después de que el marido se haya unido a A.A., puede que
la mujer se vuelva descontenta, e incluso que se siente resentida de que
Alcohólicos Anónimos haya logrado hacer aquello que ella no pudo hacer con
tantos años de dedicación. Es posible que su marido llegue a estar tan absorto
en A.A. y con sus nuevos amigos que se comporte de una manera poco considerada y
pase más tiempo fuera de casa que cuando bebía. Al ver lo infeliz que ella está,
le recomienda la práctica de los Doce Pasos de A.A. e intenta enseñarle cómo
vivir. Naturalmente, ella cree que durante muchos años se las ha arreglado mucho
mejor que él para vivir. Cada uno le echa la culpa al otro y se preguntan si
volverán a tener algún día un matrimonio feliz. Puede que incluso empiecen a
sospechar que nunca lo hubiera sido.
Claro está que se pueden haber
minado tan profundamente las bases para llevar una vida compatible que sea
necesaria una separación. Pero esto ocurre con poca frecuencia. El alcohólico,
al darse cuenta de todo lo que su mujer ha tenido que aguantar, y de todo el
daño que él ha hecho a ella y a sus hijos, casi siempre asume sus
responsabilidades matrimoniales bien dispuesto a reparar lo que pueda aceptar
aquello que no pueda corregir. Asiduamente sigue intentando practicar en su
hogar todos los Doce Pasos de A.A., a menudo con buenos resultados. Llegado a
esta punto empieza, con firmeza, pero cariñosamente, a comportarse como un
marido y no como un niño travieso. Y, sobre todo, por fin se convence de que el
enredarse en aventuras amorosas no es una forma de vivir para
él.
En A.A. hay muchos solteros y
solteras que desean casarse y que se ven en posibilidades de hacerlo. Algunos se
casan con compañeros de A.A. ¿Cómo resultan estos matrimonios? Por lo general,
suelen funcionar bastante bien. Los sufrimientos que tenían en común como
bebedores y el interés que tienen en común por A.A. y lo espiritual a menudo
enriquecen esas uniones. También es cierto que los "flechazos" y los casos de
amor a primera vista pueden traer dificultades. Los miembros de la futura pareja
deben tener una base firme en A.A. y deben haberse conocido suficiente tiempo
como para saber que su compatibilidad espiritual, mental y emocional es una
realidad y no una ilusión. Deben tener la mayor seguridad posible de que no
exista ningún trastorno emocional profundo, en el uno o en el otro, que más
tarde, bajo las presiones de la convivencia, vuelva a aparecer de nuevo para
arruinar el matrimonio. Estas consideraciones son igualmente válidas e
importantes para los A.A. que se casan "fuera" de la Comunidad. Con una clara
comprensión de la realidad, y una actitud adulta y apropiada, se consiguen
buenos resultados.
¿Y qué podemos decir de los muchos
miembros de A.A. que, por diversas razones, no pueden tener una vida familiar?
Al comienzo, muchas de estas personas, al ver a su alrededor tanta felicidad
doméstica, se sienten muy solas, tristes y aisladas. Si no pueden conocer este
tipo de felicidad, ¿puede A.A. ofrecerles satisfacciones de parecido valor y
permanencia? Sí -siempre que las busquen con tesón. Estos supuestos solitarios,
al verse rodeados de tantos amigos de A.A., nos dicen que ya no se sienten
solos. En cooperación con otros - hombres y mujeres - se pueden dedicar a
numerosos proyectos constructivos, ideas y personas. Por no tener
responsabilidades matrimoniales, pueden participar en actividades que los
hombres y mujeres de familia no pueden permitirse. Cada día vemos a tales
personas prestar servicios prodigiosos y recibir grandes alegrías a
cambio.
En lo relacionado con el dinero y
las cosas materiales, experimentamos el mismo cambio revolucionario de
perspectiva. Con pocas excepciones todos habíamos sido derrochadores. Íbamos
despilfarrando el dinero por todas partes con la intención de complacernos y de
impresionar a los demás. En nuestros días de bebedores, nos comportábamos como
si tuviéramos fondos inagotables; pero entre borrachera y borrachera, a veces
íbamos al otro extremo y nos convertíamos en tacaños. Sin darnos cuenta,
estábamos acumulando fondos para la próxima borrachera. El dinero era el símbolo
del placer y de la presunción. Cuando nuestra forma de beber se empeoró aun más,
el dinero no era sino una apremiante necesidad que nos podía comprar el próximo
trago y el alivio pasajero del olvido que éste nos
traía.
Al ingresar en A.A., nuestra
actitud cambió bruscamente, y a menudo fuimos a parar al otro extremo. Nos
entraba el pánico al contemplar el espectáculo de años de despilfarro. Creíamos
que no había tiempo suficiente para restablecer nuestra maltrecha economía.
¿Cómo íbamos a pagar esas tremendas deudas, comprarnos una casa decente, educar
a nuestros hijos y ahorrar algún dinero para la vejez? Nuestro objetivo
principal ya no era dar la impresión de nadar en dinero; ahora exigíamos la
seguridad material. Incluso cuando nuestros negocios se habían restablecido,
estos temores espantosos seguían atormentándonos. Esto volvió a convertirnos en
avaros y tacaños. Era imprescindible que tuviéramos una total seguridad
económica. Nos olvidamos de que la mayoría de los alcohólicos en A.A. tienen un
potencial de ingresos mucho más alto que el promedio; nos olvidamos de la
inmensa buena voluntad de nuestros hermanos de A.A. que estaban muy deseosos de
ayudarnos a conseguir mejores trabajos cuando los mereciéramos; nos olvidamos de
la inseguridad económica, real o posible, de todos los seres humanos del mundo.
Y, lo peor de todo, nos olvidamos de Dios. En los asuntos de dinero, solo
teníamos fe en nosotros mismos e incluso ésta era una fe muy
pobre.
Todo esto significaba que aún
estábamos bastante desequilibrados. Mientras un trabajo nos siguiera pareciendo
una mera forma de conseguir dinero y no una oportunidad de servir; mientras la
adquisición de dinero para disfrutar de una independencia económica nos
pareciera más importante que la justa dependencia de Dios, íbamos a seguir
siendo víctimas de temores irracionales. Y estos temores nos harían imposible
llevar una vida serena y útil, fueran cuales fueran nuestras circunstancias
económicas.
Pero con el paso del tiempo,
descubrimos que, con la ayuda de los Doce Pasos de A.A., podíamos librarnos de
estos temores, sin importar cuáles fueran nuestras perspectivas económicas.
Podíamos realizar alegremente tareas humildes sin preocuparnos por el mañana.
Si, por suerte, nuestras circunstancias eran buenas, ya no vivíamos temiendo los
reveses, porque habíamos llegado a saber que tales dificultades podrían ser
transformadas en bienes espirituales. Lo que más nos importaba no era nuestra
condición material, sino nuestra condición espiritual. Poco a poco el dinero
pasó a ser nuestro dueño a ser nuestro servidor. Llegó a convertirse en un medio
para intercambiar amor y servicio con aquellos que nos rodeaban. Cuando, con la
ayuda de Dios, aceptamos serenamente nuestra suerte, nos dimos cuenta de que
podíamos vivir en paz con nosotros mismos y enseñar a otros que aún sufrían los
mismos temores que ellos también podían superarlos. Llegamos a entender que
liberarnos del temor era más importante que liberarnos de las inquietudes
económicas.
Detengámonos aquí un momento a
considerar la mejora en nuestra actitud hacia los problemas de la importancia
personal, el poder, la ambición y el liderazgo. Estos eran los escollos en los
que muchos de nosotros naufragamos en nuestras carreras de
bebedores.
Casi todo muchacho sueña con
llegar a ser presidente del país. Quiere ser el número uno de la nación. Al
hacerse mayor y ver la imposibilidad de realizarlo, puede sonreírse con buen
humor recordando el sueño de su infancia. En años posteriores, descubre que la
verdadera felicidad no se encuentra en intentar ser el número uno, ni ser uno de
los primeros en la lucha desgarradora por el dinero, el sexo o el prestigio.
Llega a saber que puede estar contento mientras juegue bien las cartas que la
vida le ha repartido. Sigue siendo ambicioso, pero no de una manera absurda,
porque ahora puede ver y aceptar la realidad de la vida. Esta dispuesto a
mantenerse en su justa proporción.
Pero no sucede así con los
alcohólicos. Cuando A.A. tenía pocos años de existencia, algunos sicólogos y
doctores eminentes llevaran a cabo una investigación exhaustiva de un gran
número de los llamados bebedores problema. Los médicos no intentaban determinar
lo diferentes que éramos unos de otros; trataban de identificar los rasgos de
personalidad, si los hubiera, que este grupo de alcohólicos tenía en común.
Llegaron a una conclusión que dejaba estupefactos a los miembros de A.A. de
aquel entonces. Estos hombres distinguidos tuvieron la osadía de decir que la
mayoría de los alcohólicos que habían examinado eran infantiles, hipersensibles
emocionalmente y tenían delirios de grandeza.
¡Qué resentidos estábamos ante
este veredicto! Nos negábamos a creer que nuestros sueños adultos eran a menudo
verdaderamente infantiles. Y, al tener en cuenta la mala suerte que nos había
tocado en la vida, nos parecía muy natural que fuéramos muy sensibles. En cuanto
a nuestros delirios de grandeza, insistíamos en que solo albergábamos una
elevada y legítima ambición de ganar la batalla de la
vida.
No obstante, desde aquel entonces,
la mayoría de nosotros hemos llegado a estar de acuerdo con aquellos doctores.
Nos hemos parado a mirarnos más detenidamente a nosotros y a aquellos que nos
rodean. Hemos visto que los temores e inquietudes irracionales eran los que nos
impulsaron a dar importancia primordial en la vida al asunto de ganar la fama,
el dinero y lo que para nosotros era el liderazgo. Así que el falso orgullo se
convirtió en la otra cada de la ruinosa moneda "Temor". Teníamos que ser el
número uno para ocultar nuestro profundo sentimiento de inferioridad. Al tener
algún que otro éxito, alardeábamos de mayores hazañas futuras; al sufrir alguna
derrota, nos sentíamos amargados. Si teníamos poco éxito mundano, nos
deprimíamos y nos acobardábamos. Entonces la gente decía que éramos seres
"inferiores". Pero ahora nos vemos como astillas de un mismo palo. En el fondo,
habíamos sido exageradamente temerosos. Daba lo mismo que nos hubiéramos sentado
a las orillas de la vida, bebiendo hasta sumirnos en el olvido, o que nos
hubiéramos lanzado imprudente y obstinadamente a unas aguas agitadas casi sin
saber nadar. El resultado fue el mismo . todos nosotros por poco nos ahogamos en
un mar de alcohol.
Pero hoy día, para los A.A. que
han alcanzado su madurez, estos impulsos deformados han vuelto a cobrar algo
parecido a su verdadero objetivo y encauzamiento. Ya no nos esforzamos por
dominar o imponernos a los que nos rodean para ganar prestigio. Ya no buscamos
fama y honor para se alabados. Si por nuestros dedicados servicios a la familia,
los amigos, el trabajo o la comunidad, atraemos el afecto de los demás y se nos
escoge para puestos de mayor responsabilidad y confianza, tratamos de estar
humildemente agradecidos y de esforzarnos aún más animados por un espíritu de
amor y servicio. Nos damos cuenta que el verdadero liderazgo depende del ejemplo
que damos de nuestra competencia y no de vanidosos alardes de poder o de
gloria.
Aun más maravilloso es saber que
no es necesario que nos distingamos entre nuestros semejantes para poder llevar
una vida útil y profundamente feliz. Pocos de nosotros llegaremos a ser líderes
eminentes, las obligaciones honradamente cumplidas, los problemas francamente
aceptados o resueltos con la ayuda de Dios, la conciencia de que, en casa o en
el mundo exterior, todos somos participantes de un esfuerzo común, la realidad
bien entendida de que a los ojos de Dios todo ser humano es importante, la
prueba de que el amor libremente dado siempre tiene su plena recompensa, la
certeza de que ya no estamos aislados ni solos en las prisiones que nosotros
hemos construido, la seguridad de que ya no tenemos que ser como peces fuera del
agua, sino que encajamos en el plan de Dios y formamos parte de Su designio -
éstas son las satisfacciones legítimas y permanentes del recto
vivir que no podrían reemplazar ninguna cantidad de pompa y circunstancia, ni
ninguna acumulación de bienes materiales. La verdadera ambición no es lo que
creíamos que era. La verdadera ambición es el profundo deseo de vivir útilmente
y de andar humildemente bajo la gracia de Dios.
Estos cortos ensayos sobre los
Doce Pasos de A.A. llegan ahora a su fin. Hemos venido considerando tantos
problemas que puede causar la impresión que A.A. no es sino una infinidad de
angustiosos dilemas e intentos de solucionarlos. Hasta cierto punto, esto es
verdad. Hemos hablado acerca de problemas porque somos gente problemática que
hemos encontrado una salida y una solución, y que deseamos compartirlas con
todos los que las necesiten. Porque solo al aceptar y solucionar nuestros
problemas podemos empezar a estar en paz con nosotros mismos, con el mundo que
nos rodea y con El que preside sobre todos nosotros. La comprensión es la clave
de las actitudes y los principios correctos, y las acciones correctas son la
clave del buen vivir; por eso, la alegría del buen vivir es el tema del
Duodécimo Paso de A.A.
Que cada uno de nosotros, con cada día que pase de nuestra vida, llegue a sentir más profundamente el significado esencial de la sencilla oración de A.A.:
Dios, concédenos la serenidad
para aceptar las cosas que
no podemos
cambiar,
El valor para cambiar aquellas
que podemos,
Y la sabiduría para reconocer la diferencia.
LAS DOCE TRADICIONES
Primera
Tradición
"Nuestro bienestar común debe
tener la preferencia;
la recuperación personal depende
de la unidad de A.A."
Algunos preguntarán con inquietud
"¿Quiere esto decir que en A.A. el individuo no tiene mucha importancia? ¿Ha de
ser dominado por su grupo y absorbido por él?".
Podemos responder con toda
seguridad a esta pregunta con un rotundo "¡No!" Creemos que no existe en el
mundo otra comunidad que tenga más ferviente interés por cada uno de sus
miembros; sin duda, no hay ninguna que defienda más celosamente el derecho del
individuo a pensar, hablar o orar según desee. Ningún A.A. puede obligar a otro
a hacer nada; nadie puede ser castigado o expulsado. Nuestros Doce Pasos de
recuperación son sugerencias; en las Doce Tradiciones, que garantizan la unidad
de A.A. no aparece ni una sola prohibición. Una y otra vez veremos la palabra
"debemos", pero nunca "¡tienes que"!.
A muchos les parecen que tanta
libertad para el individuo equivale a una anarquía total. Todo recién llegado,
todo amigo, al conocer a A.A. por primera vez, se quedan sumamente perplejos.
Ven una libertad que raya en el libertinaje; no obstante, se dan cuenta
inmediatamente de la irresistible determinación y dedicación que tiene A.A. Preguntan, "¿Cómo puede tan siquiera
funcionar tal pandilla de anarquistas? ¿Cómo es posible que den preferencia a su
bienestar común? ¿Qué puede ser lo que les mantiene
unidos?".
Aquellos que miran más
detenidamente, no tardan en descubrir la clave de esta extraña paradoja. El
miembro de A.A. tiene que amoldarse a los principios de recuperación. En
realidad su vida depende de la obediencia a principios espirituales. Si se
desvía demasiado, el castigo es rápido y seguro; se enferma y muera. Al
comienzo, obedece porque no le queda más remedio; más tarde, descubre una manera
de vivir que realmente le agrada. Además, se da cuenta de que no puede conservar
esta preciosa dádiva a menos que la comparta con nosotros. Ni él ni ningún otro
pueden sobrevivir a menos que lleve el mensaje de A.A. En el momento en que este trabajo de
Paso Doce resulta en la formación de un grupo, se descubre otra cosa - que la
mayoría de los individuos no pueden recuperarse a menos que exista un grupo. Se
da cuenta de que el individuo no es sino una pequeña parte de una gran
totalidad; que para la preservación de la Comunidad, no hay ningún sacrificio
personal que sea demasiado grande. Va descubriendo que tiene que silenciar el
clamor de sus deseos y ambiciones personales, cuando éstos pudieran perjudicar
al grupo. Resulta evidente que si no sobrevive el grupo, tampoco sobrevivirá el
individuo.
Así que, desde el mismo comienzo,
la cuestión de cómo vivir y trabajar juntos como grupos ha tenido para nosotros
una importancia primordial. En el mundo a nuestro alrededor, vimos
personalidades destrozar pueblos enteros. LA lucha por la riqueza, el poder y el
prestigio estaba desgarrando como nunca a la humanidad. Si en su búsqueda de paz
y armonía los pueblos fuertes se encontraban estancados, ¿qué iba a ser de
nuestra errática pandilla de alcohólicos? Así como una vez habíamos luchado y
rezado ardientemente por la recuperación personal, con el mismo ardor comenzamos
la búsqueda de los principios por medio de los cuales A.A. podría sobrevivir. En
el yunque de la experiencia, se martilló la estructura de nuestra
Sociedad.
Incontables veces, en multitud de
pueblos y ciudades, volvimos a representar el drama de Eddie Rickenbacker y su
valiente compañía cuando su avión se estrelló en el Pacífico. Al igual que
nosotros, ellos se vieron repentinamente salvados de la muerta, pero aún
flotando a la deriva sobre un mar peligroso. ¡Qué clara cuenta se dieron ellos
de que su bienestar común tenía la preferencia!. Ninguno podía ser egoísta en
cuanto al agua o el pan. Cada uno tenía que pensar en los demás y todos sabían
que encontrarían la verdadera fortaleza en una fe constante. Y encontraron esa
fortaleza, en grado suficiente para superar todos los defectos de su frágil
embarcación, toda prueba de incertidumbre, sufrimiento, temor y desesperación e
incluso la muerte de uno de ellos.
Así ha sido con A.A. Mediante la fe y las obras hemos podido seguir adelante aprovechando las lecciones de una increíble experiencia. Estas lecciones están vivas hoy en las Doce Tradiciones de Alcohólicos Anónimos, las cuales - Dios mediante - nos sostendrán y mantendrán unidos mientras El nos necesite.
Segunda Tradición
"Para el propósito de nuestro
grupo solo existe una
autoridad fundamental: un Dios
amoroso tal como
se exprese en la conciencia de
nuestros grupos.
Nuestros líderes no son más que
servidores de confianza;
no
gobiernan".
¿De dónde obtiene A.A. su
orientación? ¿Quién lo dirige? Esto también puede parecer enigmático a todos los
amigos y recién llegados. Cuando se les dice que nuestra Sociedad no tiene un
presidente con autoridad para gobernarla, ni un tesorero que pueda exigir el
pago de cuotas, ni una junta de directores que pueda arrojar a las tinieblas
exteriores a un miembro descarriado - que de hecho ningún A.A. puede dar una
orden a otro ni imponer obediencia - nuestros amigos se quedan asombrados y
exclaman, "Esto no puede ser. Tiene que haber una trampa en alguna parte". Luego, al leer la Segunda
Tradición, esta gente de sentido práctica descubre que en A.A. la única
autoridad es un Dios amoroso tal como se exprese en la conciencia de grupo. Con
escepticismo preguntan al miembro experimentado de A.A. si esto realmente puede
funcionar así. El miembro, cuerdo según parece, les responde enseguida, "Sí. Sin
duda es así". Los amigos mascullan que esto les parece vago, nebuloso y algo
ingenuo. Luego empiezan a observarnos con ojos especulativos, aprenden algo de
la historia de A.A., y pronto tienen los hechos concretos.
¿Cuáles son estos hechos, estas
realidades de la vida de A.A. que nos llevaron a adoptar este principio que a
primera vista parece tan poco práctico?.
Fulano de tal, un buen A.A., se
traslada, digamos, a Villanueva. Ahora solo, considera la posibilidad de que,
tal vez, no pueda mantenerse
sobrio, ni siquiera vivo, si no trasmite a otros alcohólicos lo que tan
desinteresadamente se le dio a él. Siente un apremio espiritual y ético, porque
puede haber a su alcance centenares de alcohólicos que sufren. Además, echa de
menos su grupo base. Necesita a otros alcohólicos tanto como ellos le necesitan
a él. Visita a clérigos, médicos, periodistas, policías, y taberneros . . . y
como consecuencia, Villanueva tiene ahora un grupo, y él es el
fundador.
Por ser el fundador, al principio
él es el jefe. ¿Quién otro podría serlo? Pero muy pronto, la autoridad que ha
asumido para dirigirlo todo empieza a ser compartida con los primeros
alcohólicos a quienes ayudó. En este momento el benigno dictador se convierte en
el presidente de un comité compuesto por sus amigos. Ellos constituyen la
jerarquía de servicio del grupo en su período de formación - jerarquía
autonombrada, por supuesto, porque no hay otra alternativa. En cuestión de unos
pocos meses, A.A. florece en Villanueva.
El fundador y sus amigos canalizan
la espiritualidad hacia los nuevos miembros, alquilan los locales, hacen los
arreglos necesarios con los hospitales, y piden a sus esposas que preparen
litros y litros de café. Como todo ser humano, pude que el fundador y sus amigos
se dejen acariciar un poco por la gloria. Comentan entre sí, "Quizás sería una
buena idea que siguiéramos dirigiendo con mano firme Alcohólicos Anónimos en
este pueblo. Después de todo, tenemos más experiencia. Y mira el bien que les
hemos hecho a estos borrachos. Deberían estar agradecidos". Es cierto que a
veces los fundadores y sus amigos son más sabios y más humildes. Pero muy a
menudo en esta etapa no lo son.
Ahora el grupo se ve acosado por
los dolores de crecimiento. Los mendigos mendigan. Los solitarios buscan pareja.
Los problemas les inundan como una
avalancha. Aun más importante, se oyen rumores en el seno del grupo que se
convierten en un clamor: "¿Se creen estos viejos que van a dirigir el grupo para
siempre? ¡Hagamos una elección!" El fundador y sus amigos se sienten dolidos y
deprimidos. Van de crisis en crisis y de miembro a miembro, suplicando; pero no
sirve de nada, la revolución ha comenzado. La conciencia de grupo está a punto
de tomar las riendas.
Ahora se celebran las elecciones.
Si el fundador y sus amigos han sido buenos servidores, puede que - para su gran
sorpresa - sean reelegidos por un período de tiempo. Pero si se han opuesto
enconadamente a la creciente ola de democracia, puede que se encuentran
sumariamente depuestos. En cualquier caso, el grupo ahora tiene un llamado
comité rotativo, con autoridad estrictamente limitada. Los miembros componentes
no pueden bajo ningún concepto gobernar o dirigir el grupo. Son servidores. Suyo
es el a veces ingrato privilegio de atender a las tareas del grupo. Presidido
por un coordinador, el comité se encarga de las relaciones públicas y de hacer
los preparativos para celebrar las reuniones. El tesorero, que tiene que rendir
cuentas ante el grupo, recoge el dinero que se echa al pasar el sombrero, lo
lleva al banco, paga el alquiler y otros gastos, y presenta un informa
regularmente en las reuniones de negocios del grupo. El secretario procura que
la literatura esté expuesta en las mesas y que se atiendan las llamadas
telefónicas, contesta la correspondencia, y envía por correo los avisos para
anunciar las reuniones. Estos son los sencillos servicios que le permiten
funcionar al grupo. El comité no da consejos espirituales, no juzga la conducta
de nadie, y no da órdenes. Si intentan hacerlo, todos pueden ser eliminados en
las próximas elecciones. Y así hacen el tardío descubrimiento de que en realidad
son servidores y no senadores. Estas son experiencias universales. De esta
manera, por todo A.A., la conciencia de grupo decreta las condiciones bajo las
cuales deben servir sus líderes.
Esto nos conduce directamente a la
pregunta "'Tiene A.A. una verdadera dirección?" La respuesta es un rotundo "Sí,
a pesar de la aparente falta de la misma". Volvamos a considerar al depuesto
fundador y a sus amigos. ¿Qué va a ser de ellos? Según se les pasa su pena y su
inquietud, empieza una transformación sutil. Con el tiempo acaban dividiéndose
en dos clases conocidas en la jerga de A.A. como "ancianos estadistas" y "viejos
resentidos". El anciano estadista es el que ve lo sabia que es la decisión del
grupo, que no siente ningún rencor al verse reducido a una posición menos
importante, cuyo criterio, maduro por una larga experiencia, es equilibrado, y
que está dispuesto a quedarse al margen, esperando pacientemente el desarrollo
de los acontecimientos. El viejo resentido es el que está tan firmemente
convencido de que el grupo no puede funcionar sin él, que intriga constantemente
para ser reelegido, y que sigue consumido por la lástima de sí mismo. Unos pocos
llegan a estar tan consumidos por el resentimiento que - despojados del espíritu
y los principios de A.A. - acaban emborrachándose. A veces el paisaje de A.A.
parece estar repleto de estas figuras resentidas. Casi todos los veteranos de
nuestra sociedad han pasado en alguna medida por esta fase. Afortunadamente, la
mayoría de ellos sobreviven y se convierten en viejos estadistas. Llegan a
constituir la verdadera y permanente dirección de A.A. Suyas son las opiniones calmadas, los
conocimientos seguros y los ejemplos humildes que resuelven las crisis. Cuando
el grupo se encuentra indeciso y confuso, invariablemente acude a ellos para
pedir consejo. Llegan a ser la voz de la conciencia de grupo; de hecho, son la
verdadera voz de Alcohólicos Anónimos. No dirigen por mandato; guían con su
ejemplo. Esta es la experiencia que nos ha llevado a la conclusión de que
nuestra conciencia de grupo, bien aconsejada por los ancianos, será a la larga
más sabia que cualquier líder individual.
Cuando A.A. tenía solamente tres
años de existencia, ocurrió algo que demostró la sabiduría de este principio.
Uno de los primeros miembros de A.A., muy en contra de sus propios deseos, se
vio forzado a acatar la opinión del grupo. A continuación, la historia en sus
propias palabras.
"Cierto día, estaba haciendo un
trabajo de Paso Doce en un hospital de Nueva York. El propietario, Charlie, me
llamó a su oficina. 'Bill', me dijo, ¿creo que es una lástima que te encuentres
tan apurado de dinero. Te rodean cantidad de borrachos que están recuperándose y
haciendo dinero. Pero tú que te dedicas de lleno a este trabajo, andas sin un
centavo. No es justo'. Charlie busco y sacó de su escritorio un viejo estado de
cuentas. Me lo pasó y siguió diciendo, 'Aquí se puede ver cuánto dinero ganaba
el hospital en los años 20. Miles de dólares al mes. Podría estar ganando lo
mismo ahora y así lo haría - si tú me ayudaras. ¿Por qué no te instalas aquí
para hacer tu trabajo? Te daré una oficina, unos fondos razonables para gastos,
y una buena participación en los beneficios. Hace tres años, cuando mi médico
jefe, Silkworth, me mencionó por primera vez la idea de ayudar a los borrachos
por medio de la espiritualidad, la consideré una cosa de chiflados; pero he
cambiado de opinión. Algún día, tu grupo de ex borrachos llenará el Madison
Square Garden, y no veo por qué tienes que morirte de hambre mientras tanto. Lo
que te propongo es completamente ético. Puedes establecerte como terapeuta no
titulado y tener más éxito que nadie en esta
profesión'.
"Me quedé asombrado. Sentí unos
pequeños remordimientos hasta que me di cuenta de lo ética que era la propuesta
de Charlie. No había nada de malo en que me estableciera como terapeuta no
titulado. Pensé en Lois, que llegaba exhausta a casa después de trabajar todo el
día en los grandes almacenes, para ponerse a preparar la cena para una multitud
de borrachos que no pagaban nada a cambio. Pensé en la gran suma de dinero que
todavía debía a mis acreedores de Wall Street. Pensó en algunos de mis amigos
alcohólicos que estaban ganando tanto dinero como siempre. ¿Por qué no podía
hacer yo lo mismo?.
"Aunque pedía a Charlie que me
diera algún tiempo para considerarlo, yo ya casi había decidido lo que iba a
hacer. Volviendo a toda prisa a Brooklyn en el subterráneo, sentí algo que me
pareció una revelación divina. No fue más que una sola frase, pero sumamente
convincente. De hecho, era una frase de la Biblia - una voz insistente que me
decía: "El obrero es digno de su salario". Al llegar a casa, encontré a Lois
cocinando como de costumbre, mientras tres borrachos miraban con ojos
hambrientos desde la puerta de la cocina. La llamé a un lado y le conté la
gloriosa noticia. La vi interesada, pero no tan entusiasmada como creía que
debería estar.
"Aquella noche teníamos reunión en
casa. Aunque ninguno de los borrachos a quienes dábamos alojamiento parecía
lograr su sobriedad, otros sí la habían logrado. Acompañados de sus esposas,
llenaban nuestra sala de estar. Enseguida, me lancé a contar la historia de la
oportunidad que se me ofrecía. Nunca olvidaré sus caras impasibles, ni las
miradas fijas que me dirigieron. Con cada vez menos entusiasmo, seguí hasta el
final de mi historia. Hubo un largo silencio.
"Casi con timidez, uno de mis
amigos empezó a hablar. 'Sabemos lo mal que andas de dinero, Bill. Nos preocupa
mucho. Muchas veces nos hemos preguntado lo que podríamos hacer para remediarlo.
Pero creo que expreso la opinión de todos cuando digo que lo que tú propones
ahora nos preocupa mucho más'. Conforme iba hablando mi amigo, su voz iba
cobrando un tono más seguro. '¿No te das cuenta de que nunca podrás convertirte
en un profesional? Por muy generoso que Charlie haya sido con nosotros, ¿no ves
que no podemos vincular lo que tenemos con su hospital ni con ningún otro? Nos
dices que la propuesta de Charlie es ética. Claro que es ética, pero lo que
tenemos no va a funcionar basándose únicamente en la ética; tiene que ser mejor.
Claro que la idea de Charlie es buena; pero no lo suficientemente buena. Esta es
una cuestión de vida o muerte, Bill, y nada que no sea lo mejor servirá'. Mis
amigos me miraban con desafió mientras su compañero seguía hablando. 'Bill, ¿no
nos has dicho tú mismo a menudo en esta misma sala que a veces lo bueno es
enemigo de lo mejor? Pues, esto es un ejemplo clarísimo. No nos puedes hacer
esto'.
"Así habló la conciencia de grupo.
El grupo tenía razón, y yo estaba equivocado. La voz que había oído en el
subterráneo no era la voz de Dios. Esta era la auténtica voz emanando de la boca
de mis amigos. La escuché y - gracias de Dios -
obedecí".
Tercera Tradición
"El único requisito para ser
miembro de A.A. es
querer dejar de
beber".
Esta Tradición está repleta de
significado. Porque en realidad A.A. dice a todo rdadero bebedor, "Tú eres
miembro de A.A., si tú lo dices. Puedes declararte a ti mismo miembro de la
Sociedad; nadie puede prohibirte la entrada. No importa quién seas; no importa
lo bajo que hayas caído. no importa lo graves que sean tus complicaciones
emocionales - ni incluso tus crímenes - no podemos impedirte que seas miembro de
A.A. No queremos prohibirte la
entrada. No tenemos ningún miedo de que nos vayas a hacer daño, por muy
retorcido o violento que seas. Sólo queremos estar seguros de que tengas la
misma gran oportunidad de lograr la sobriedad que tuvimos nosotros. Así que eres
miembro de A.A. desde el momento en que lo digas".
Para establecer este principio,
tuvimos que pasar por años de experiencias desgarradoras. En nuestros primeros
años, nada nos parecía tan frágil, tan fácil de romper como un grupo de
A.A. Casi ningún alcohólico a quien
nos dirigíamos nos hacía caso; la mayoría de los que se unían a nosotros eran como velas vacilantes en medio de
un vendaval. Una y otra vez, se apagaban sus inciertas llamas para no volverse a
encender. Nuestra constante y callada inquietud era "¿A cuál de nosotros le
tocará ser el próximo?".
Un miembro nos ofrece una viva
imagen de estos días. "En aquella época", dice, "cada grupo de A.A. tenía muchos
reglamentos para hacerse miembro. Todos estaban aterrados de que algo o alguien
hiciera zozobrar la embarcación y arrojarnos a todos nuevamente a un mar de
alcohol. La oficina de nuestra Fundación *
(* En 1954, se cambió el nombre de la Alcoholic Foundation, Inc., por el
de la General Service Board of Alcoholics Anonymous, Inc., y la oficina de la
Fundación es ahora la Oficina de Servicios Generales.) pidió a cada grupo que enviara su
lista de reglamentos 'protectores'. La lista completa medía más de una milla. Si
todos los reglamentos hubieran estado en vigor en todas partes, a nadie le
habría sido posible hacerse miembro de A.A. - a tal extremo llegaban nuestras
inquietudes y nuestro temor.
"Habíamos decidido no aceptar como
miembro a nadie que no formase parte de esa hipotética clase de gente que
nosotros denominábamos 'alcohólicos puros'. Aparte de su afición a la bebida y
sus desastrosos resultados, no podían tener otras complicaciones. Así que no
queríamos saber nada de los pordioseros, los vagabundos, los confinados en
manicomios, los presos, los homosexuales, los chiflados y las mujeres perdidas.
¡Sí señor!, sólo nos dedicaríamos a los alcohólicos puros y respetables. Los de
cualquier otra clase sin duda nos destruirían. Además, si aceptáramos a esa
gente rara, ¿qué dirían de nosotros la buena gente? Construimos una cerca de
malla muy fina alrededor de A.A.
"Puede que todo eso ahora parezca
gracioso. Tal vez les cause la impresión de que nosotros los pioneros éramos
bastante intolerantes. Pero les puedo asegurar que en ese entonces la situación
no era nada cómica. Éramos severos e incluso rígidos porque creíamos que
nuestras vidas y nuestros hogares estaban amenazados, y eso no era cosa de risa.
¿Intolerantes, dicen ustedes? Más bien, teníamos miedo. Naturalmente, empezamos
a comportarnos como se comportan casi todos cuando tienen miedo. Al fin y al
cabo, ¿no es el miedo la verdadera base de la intolerancia? Sí, éramos
intolerantes".
¿Cómo hubiéramos podido adivinar
en aquel entonces que todos esos temores resultarían ser infundados? ¿Cómo
hubiéramos podido saber que miles de esas personas que a veces nos asustaban
tanto iban a recuperarse de forma tan asombrosa y convertirse en nuestros más
incansables trabajadores e íntimos amigos? ¿Quién hubiera creído que A.A.
tendría un índice de divorcio muy inferior al promedio? ¿Cómo hubiéramos podido
prever en aquel entonces que esas personas tan molestas llegarían a ser nuestros
mejores maestros de paciencia y tolerancia? ¿Quién hubiera podido imaginar en
aquella época una sociedad que incluyera todo tipo de personalidad concebible, y
que atravesara todas las barreras de raza, religión, afiliación política e
idioma sin ninguna dificultad?.
¿Por qué A.A. acabó por abandonar
todos sus reglamentos para hacerse miembro? ¿Por qué dejamos que cada recién
llegado decidiera si era o no era alcohólico, y si debería o no debería unirse a
nosotros? ¿Por qué nos atrevimos a decir, contrariamente a lo indicado por la
experiencia de las sociedades y los gobiernos de todas partes del mundo, que no
castigaríamos a nadie ni privaríamos a nadie de la posibilidad de hacerse
miembro de A.A., que nunca deberíamos obligar a nadie a pagar nada, a creer en
nada, ni a ajustarse a ninguna regla?
La respuesta, que ahora se ve en
la Tercera Tradición, era la simplicidad misma. La experiencia por fin nos
enseñó que quitarle en cualquier grado su oportunidad a cualquier alcohólico a
veces equivalía a pronunciar su sentencia de muerte, y muy a menudo a condenarle
a una vida de sufrimientos sin fin. ¿Quién se atrevería a ser juez, jurado y
verdugo de su propio hermano enfermo?.
A medida que los grupos se iban
dando cuenta de esas posibilidades, iban abandonando todos los reglamentos para
hacerse miembro. Las experiencias dramáticas que se fueron sucediendo una tras
otra reforzaron esa determinación, hasta que se convirtió en nuestra tradición
universal. He aquí dos ejemplos:
Corría el Año Dos del calendario
de A.A. En aquella época no
existían sino dos grupos de alcohólicos, sin nombre, que luchaban por subsistir,
intentando seguir la luz que les alumbraba el
camino.
Un principiante llegó a uno de
estos grupos, llamó a la puerta y pidió que le dejaran entrar. Habló francamente
con el miembro más antiguo del grupo. Pronto demostró que el suyo era un caso
desesperado y que, sobre todo, quería recuperarse. "Pero", preguntó, "¿me
permitirán unirme a su grupo? Ya que soy víctima de otro tipo de adición aun más
estigmatiza que el alcoholismo, puede que no me quieran entre
ustedes".
Aspe se presentó el dilema. ¿Qué
debería hacer el grupo? El miembro más antiguo llamó a otros dos y en privado
les expuso los hechos de este caso explosivo. Dijo: "¿Qué vamos a hacer? Si le
cerramos la puerta a este hombre, no tardará en morir. Si le dejamos entrar,
solo Dios sabe los problemas que nos pueda traer. ¿Cuál debe ser nuestra
respuesta - sí o no?.
Al principio, los ancianos sólo
podían considerar los inconvenientes. Dijeron: "Sólo nos ocupamos de los
alcohólicos. ¿No sería mejor sacrificar a un por el bien de todos los demás?".
Así siguió la discusión mientras la suerte del recién llegado estaba pendiente
de un hilo. Entonces, uno de los tres habló en tono muy diferente. "Lo que
realmente tememos", dijo, "es el daño que esto pueda causar a nuestra
reputación. Tenemos mucho más a lo que la gente diga de nosotros que a los
problemas que este alcohólico extraño nos pueda ocasionar. Mientras estábamos
hablando, cuatro palabras cortas se me iban cruzando por la mente. Algo me sigue
repitiendo: '¿Qué haría el Maestro?'". No se dijo ni una palabra más. ¿Qué más
se podría haber dicho?.
Rebosante de alegría, el recién
llegado se lanzó al trabajo de Paso Doce. Incansablemente expuso el mensaje de
A.A. a veintenas de personas y, ya que este era uno de los grupos primitivos,
esas veintenas se han convertido en millares. Nunca molestó a nadie con su otro
problema. A.A. había dado su primer
paso hacia la formación de la
Tercera Tradición. Poco tiempo después de que se presentara este compañero con
doble estigma, un vendedor a quien llamaremos Eduardo se unió al otro grupo de
A.A. Era un promotor agresivo y
tenía todo el descaro típico de un vendedor. A cada minuto se le ocurría por lo
menos una idea para mejorar A.A.
Vendía a sus compañeros de A.A. esas ideas con el mismo ardor con el que
distribuía cera para automóviles. Pero tenía una idea que no era fácil de
vender. Ed era ateo. Su mayor obsesión era que A.A. podría funcionar mejor sin
"tantas necedades sobre Dios". Trataba de imponer sus ideas a todos, y todos
suponían que pronto se emborracharía - porque en aquel entonces los A.A. tendían
a ser bastante piadosos. Se creía que tal blasfemia merecería un fuerte castigo.
Para su gran desconcierto, Ed seguía manteniéndose
sobrio.
Con el tiempo le llegó el turno de
hablar en una reunión. Nos pusimos a temblar, porque ya sabíamos lo que iba a
venir. Empezó elogiando a la Comunidad; explicó cómo su familia se había vuelto
a unir; ensalzó la virtud de la honradez; habló de las satisfacciones de hacer
el trabajo de Paso Doce; y luego soltó la andanada. Ed gritó: "No puedo aguantar
tantas tontería sobre Dios. Sólo son simplezas para la gente débil. Este grupo
no lo necesita, y yo no me las tragaré. ¡Al diablo con
ellas!"
Una gran ola de indignación inundó
al grupo, llevando a todos a una resolución unánime: "¡Afuera con
él!"
Los ancianos le llamaron aparte y
le dijeron con firmeza: "Aquí no puedes hablar así. O lo dejas o te largas". Con
gran sarcasmo, Ed les replico: "No me digan. ¿Tengo que marcharme?" Estiró el
brazo y sacó de la estantería un manojo de papeles. Encima de ellos estaba el
prólogo del libro "Alcohólicos Anónimos", que se estaba preparando en ese
entonces. Leyó un voz alta: "El único requisito para ser miembro de A.A. es
querer dejar de beber". Implacablemente, siguió hablando: "Cuando escribieron
esta frase, ¿lo decían en serio, o no?
Con gran consternación, los
ancianos se miraron, unos a otros, porque sabían que Ed les tenía atrapados. Así
que Ed se quedó.
No solamente se quedó, sino que
permaneció sobrio - mes tras mes. Cuando más tiempo pasaba sin beber, más fuerte
hablaba - en contra de Dios. Tan profunda era la angustia del grupo que toda
claridad fraternal desapareció. "¿Cuándo", se decían quejumbrosamente, unos a
otros, "cuándo volverá a emborracharse este
hombre?".
Bastante tiempo después, Ed
consiguió un trabajo de vendedor que le obligaba a viajar fuera de la ciudad.
Pasados unos cuantos días, llegaron las noticias. Había enviado un telegrama
pidiendo dinero, y todos sabían lo que eso significaba. Luego llamó por
teléfono. En aquella época, estábamos dispuestos a ir a cualquier parte para
hacer un trabajo de Paso Doce, por poco prometedor que fuera el caso. Pero en
esta ocasión, nadie se movió. "¡Que se quede solo! ¡Que lo pruebe él solo esta
vez! Tal vez aprenda su lección".
Unas dos semanas más tarde, Ed
entró a hurtadillas en la casa de un miembro de A.A. y, sin que la familia lo
supiera, se acostó. A la mañana siguiente, mientras el dueño de la casa y un
amigo estaban tomando café, se oyó un ruido en la escalera. Para su
consternación, allí apareció Ed. Con una sonrisa extraña, les preguntó, "¿Ya han
hecho ustedes su meditación matutina?" Pronto se dieron cuenta de que lo
preguntaba muy en serio. Poco a poco les fue contando lo que le había
ocurrido.
En un estado vecino, Ed se había
instalado en un hotel barato. Después de ver rechazadas todas sus súplicas de
ayuda, oró repetirse en su mente febril las siguientes palabras: "Me han
abandonado. He sido abandonado por los míos. Este es el final - no me queda
nada". Mientras daba vueltas y más vueltas en la cama, su mano tropezó con la
mesita de noche y tocó un libro. Lo abrió y se puso a leer. Era la Biblia. Ed
nunca dio más detalles de lo que vio y sintió en aquella habitación del hotel.
Era el año 1938. Desde entonces no ha vuelto a tomarse un
trago.
Hoy en día, cuando se reúnen los
veteranos que conocen a Ed, exclaman: "¿Qué hubiera pasado si hubiéramos logrado
expulsar a Ed por blasfemo? ¿Qué hubiera sido de él y de todos aquellos a
quienes más tarde él ayudo?".
Así fue como, en los primeros
tiempos, la mano de la Providencia no sindicó que cualquier alcohólico es
miembro de nuestra Sociedad cuando él lo diga.
Cuarta Tradición
"Cada grupo debe ser autónomo,
excepto en asuntos
que afecten a otros grupos o a
Alcohólicos
Anónimos considerado como un
todo".
Autonomía es una palabra bien altisonante. Pero en lo
que se refiere a nosotros, solo quiere decir que cada grupo de A.A. puede llevar
sus asuntos como mejor le convenga, excepto en los casos en que A.A. como un
todo se vea amenazada. Ahora se nos presenta la misma pregunta que surgió en la
Primera Tradición. ¿No es algo temerario y peligroso que los grupos tengan tanta
libertad?
A lo largo de los años, se han
probado todas las desviaciones imaginables de nuestros Doce Pasos y nuestras
Doce Tradiciones. Era inevitable, dado que en general nosotros somos una banda
de individualistas impulsados por ambiciones egoístas. Hijos del caos, de manera
desafiadora hemos jugado con fuego repetidas veces, pero hemos salido ilesos y,
según nos parece a nosotros, más sabios que antes. Esas mismas desviaciones
constituyeron un vasto proceso de pruebas y tanteos, el cual, por la gracia de
Dios, nos ha traído a donde nos encontramos hoy.
Cuando las Tradiciones de A.A. se
publicaron por primera vez en 1945, habíamos llegado a estar convencidos de que
un grupo de A.A. podía capear cualquier temporal.. Nos dimos cuenta de que el
grupo, al igual que el individuo, tendría finalmente que adherirse a los
principios y aprobados que garanticen su supervivencia. Habíamos descubierto que
en este proceso de pruebas y tanteos había perfecta seguridad. Tanta confianza
teníamos n este principio que en el enunciado original de esta tradición de A.A.
aparecía la siguiente frase significativa: "Cuandoquiera que dos o tres
alcohólicos se reúnan en interés de la sobriedad, podrán llamarse un grupo de
A.A., con tal de que como grupo no tengan otra
afiliación".
Claramente, esto significaba que
se nos había otorgado el valor de reconocer a cada grupo de A.A. como una
entidad individual, exclusivamente dependiente de su propia conciencia para
guiar sus acciones. Al trazar nuestro rumbo por esa vasta extensión de libertad,
solo fue necesario indicar dos escollos a salvar: Un grupo de A.A. no debe hacer
nada que pudiera causar grandes perjuicios a A.A. como un todo, ni debe
afiliarse con nada ni con nadie. Correríamos un verdadero peligro si empezáramos
a llamar a algunos grupos "mojados", y a otros "secos", a unos "Republicanos" o
"Comunistas" y a otros "Católicos" o "Protestantes". Si el grupo de A.A. no
mantuviera su rumbo, se perdería irremisiblemente. Su único objetivo tenía que
ser la sobriedad. En todos los demás aspectos, tenía una completa libertad para
decidir y actuar: Cada grupo tenía el derecho a
equivocarse.
Cuando A.A. se hallaba aún en su
infancia, comenzaron a formarse muchos grupos muy entusiastas. En cierto pueblo,
surgió un grupo especialmente enérgico. La gente del pueblo también estaba
entusiasmada por el asunto. Los ancianos, dejándose llevar por su fantasía,
soñaban con ambiciosas innovaciones. Les parecía que al pueblo le hacía falta un
gran centro de alcoholismo, una especie de proyecto piloto que sirviera de
modelo a los A.A. de todas partes. En la planta baja tendrían un club, en el
primer piso se desintoxicaría a los borrachos y se les daría dinero para pagar
sus deudas atrasadas; el tercer piso estaría dedicado a un centro educativo -
ajeno a toda clase de controversias, por supuesto. En sus fantasías, el
resplandeciente edificio tendría varias plantas más, pero para empezar, tres
serían suficientes. Todo esto supondría gasta mucho dinero - dinero de otras
personas. Por mucho que cueste creerlo, a la gente rica del pueblo les pareció
una idea fabulosa.
No obstante, entre los alcohólicos
había unos cuantos disidentes conservadores. Estos disidentes escribieron a la
Fundación * (* En 1954, se cambió el nombre de la Fundación Alcohólica al de la
General Service Board of Alcoholics Anonymous, y la oficina de la Fundación es
ahora la Oficina de Servicios Generales), la sede de A.A. en Nueva York, para
saber si les parecía aconsejable este tipo de innovaciones. Se habían enterado
de que los ancianos, para remachar las cosas, estaban a punto de solicitar a la
Fundación que les concedieran una carta constitutiva. Estos pocos disidentes se
sentían desconcertados y escépticos.
Naturalmente, no faltó un promotor
en este asunto - un superpromotor. Con su elocuencia, apaciguó todos los
temores, a pesar del consejo de la Fundación de que no podría conceder tal carta
constitucional, y de que todas las empresas que en el pasado habían mezclado un
grupo de A.A. con la medicina y la educación habían acabado mal en otros
lugares. Para reducir los riesgos, el promotor organizó tres corporaciones y se
hizo presidente de todas ellas. Recién pintado, el nuevo centro resplandecía. Su
caluroso ambiente se difundió rápidamente por todo el pueblo. Muy pronto todo
empezó a funcionar a las mil maravillas. Para asegurar un funcionamiento
continuo e infalible, se adoptaron 61 reglar y
reglamentos.
No obstante, esta brillante
perspectiva no tardó en ensombrecerse. La confusión reemplazó a la serenidad. Se
descubrió que algunos borrachos ansiaban educarse, pero dudaban de que fueran
alcohólicos. Tal vez los defectos de personalidad de algunos otros se podrían
curar con un préstamo. A algunos les entusiasmaba la idea del club, pero para
ellos era cuestión de remediar sus carencias afectivas. A veces, la multitud de
candidatos pasaban pro los tres pisos. Algunos empezaban arriba e iban bajando
hasta la planta baja para convertiste en miembros del club; otros empezaban en
el club y, después de pescarse una borrachera, ingresaban en la planta de
desintoxicación y luego ascendían al tercer piso para educarse. En cuanto a
actividad, era como una colmena; pero a diferencia de la actividad de una
colmena, todo era confusión. Un grupo de A.A., como tal, era sencillamente
incapaz de encargarse de semejante proyecto. Esto se descubrió demasiado tarde.
Entonces se produjo la inevitable explosión - como el día en que estalló la
caldera de la fábrica de fuegos artificiales. El grupo se vio envuelto en una
fría y opresiva nube de miedo y frustración.
Cuando se disipó, algo maravilloso
había ocurrido. El promotor principal escribió una carta a la oficina de la
Fundación, diciendo que ojalá hubiera prestado más atención a la experiencia de
A.A. Luego hizo lo que llegaría a
convertirse en algo clásico de A.A. Todo cabría en una tarjeta tamaño postal. En
la cubierta decía: "Primer Grupo de Villanueva: Regla #62". Al desdoblar la
tarjeta una sola frase mordaz saltaba a la vista: "No te tomes tan en serio,
hombre".
De esta manera, un grupo de A.A.,
bajo el amparo de la Cuarta Tradición, había ejercido su derecho a equivocarse. Además, había
prestado un gran servicio a Alcohólicos Anónimos, por haber estado humildemente
dispuesto a aplicar las lecciones que había aprendido. Había logrado
sobreponerse con buen humor para seguir dedicándose a mejores cosas. Incluso el
arquitecto principal, rodeado por las ruinas de su sueño, no pudo evitar reírse
de sí mismo - y esto el colmo de la humanidad.
Quinta Tradición
"Cada grupo tiene un solo
objetivo primordial - llevar
el mensaje al alcohólico que aún
está sufriendo".
"¡Zapatero a tus zapatos!" . . .
más vale que hagas una cosa perfectamente bien que muchas mal hechas. Este es el
tema central de esta tradición, el punto alrededor del cual toda nuestra
Sociedad se congrega en unidad. La vida misma de nuestra Comunidad depende de la
conservación de este principio.
Alcohólicos Anónimos se puede
comparar a un grupo de médicos que tienen la posibilidad de encontrar una cura
para el cáncer y de cuyos esfuerzos concentrados dependería el remedio para los
que sufren de esta enfermedad. Claro está que cada uno de los médicos de este
grupo puede ser especialista además en otra rama de la medicina. De vez en
cuando cada uno de los médicos en cuestión preferiría poder dedicarse a su
propia especialidad en lugar de trabajar exclusivamente con el grupo. Pero una
vez que hayan atinado con una curación, una vez que se ponga claramente de
manifiesto que ésta solo puede convertirse en realidad si ellos acuerdan aunar
sus esfuerzos, entonces todos ellos se sentirían obligados a dedicarse
exclusivamente al alivio de las víctimas del cáncer. En el resplandor de tal
descubrimiento milagroso, cualquier médico pondría a un lado sus otras
ambiciones, sea cual fuere el sacrificio personal que pueda
suponer.
Los miembros de Alcohólicos
Anónimos, que han demostrado que pueden ayudar a los bebedores problema como
otros raramente pueden hacerlo, se ven en la misma obligación de trabajar
juntos. La capacidad única de cada miembro de A.A. para identificarse con el
principiante y conducirle hacia la recuperación no depende en absoluto de su
cultura, su elocuencia ni de cualquier otra pericia particular. Lo único que
cuenta es que él es un alcohólico que ha encontrado la clave de la sobriedad.
Estos legados de sufrimiento y de recuperación se pasan fácilmente entre los
alcohólicos, de uno a otro. Esto es nuestro don de Dios, y regalarlo a otros
como nosotros es el único objetivo que hoy en día anima a los A.A. en todas
partes del mundo.
Hay otro motivo para esta unicidad
de propósito. La gran paradoja de A.A. es que sabemos que raras veces podemos
conservar el preciosos don de la sobriedad a menos que lo pasemos a otros. A un
grupo de médicos que haya encontrado una cura para el cáncer, puede que les
remordiera la conciencia si fracasaran en su misión por interés egoístas. No
obstante, tal fracaso no pondría en peligro su propia supervivencia. En nuestro
caso, si descuidamos a los que todavía sufren, nuestras vidas y nuestro sano
juicio se ven grave e incesantemente amenazados. Dado que nos encontramos
sujetos a estos impulsos del instinto de conservación, de la responsabilidad y
del amor, no es de extrañar que nuestra Sociedad haya llegado a la conclusión de
que tiene una sola y alta misión - la de llevar el mensaje de A.A. a aquellos
que no saben que hay una salida.
Para hacer resaltar la sabiduría
de la unicidad de propósitos de A.A., un miembro cuenta la siguiente
historia:
"Sintiéndome inquieto un día, me
pareció que sería conveniente hacer algún trabajo de Paso Doce para tener así
una especie de seguro contra una recaída. Pero primero tendría que encontrar un
borracho con quien trabajar.
"Tomé el subterráneo hasta el
Hospital Towns y allí pregunté al Dr. Silkworth si tenía un posible candidato
para mí. 'Nada muy prometedor', me dijo el pequeño doctor: 'Solo hay un tipo en
el tercer piso que tal vez sea una posibilidad. Pero es un irlandés muy rudo.
Nunca he visto a nadie tan terco. Insiste a gritos que si su socio le tratara
mejor y si su mujer le dejara en paz, muy pronto resolvería su problema con el
alcohol. Ha sufrido un grave ataque de delirium tremens, tiene la mente bastante
nublada, y desconfía de todo el mundo. No es un caso muy alentador. Pero puede
que trabajar con él te sirve a ti de algo, así que ¿por qué no lo
intentas?.
"Enseguida me encontré sentado al
lado de un hombre muy corpulento. Sin la menor amabilidad, me mira fijamente con
ojos que parecían ranuras en su cara roja e hinchada. No tuve más remedio que
coincidir con la opinión del médico - desde luego, no parecía un caso muy
alentador. No obstante, le conté mi historia. Le expliqué lo maravillosa que era
la Comunidad que teníamos, lo bien que nos entendíamos unos a otros. Le recalqué
con insistencia la desesperación del dilema del borracho. Insistí en que muy
pocos borrachos podían recuperarse por sus propias fuerzas, pero que en nuestros
grupos podíamos hacer juntos lo que no podíamos hacer por separado. Me
interrumpió para burlarse de esto y me dijo que él solo podía arreglárselas con
su mujer, con su socio y con su alcoholismo. Me preguntó en tono sarcástico,
'¿Cuánto cuesta todo este enredo?'.
"Me agradó mucho poder decirle,
'Ni un centavo'.
"Entonces me preguntó, 'Tú, ¿qué
sacas de esto?'.
"Naturalmente mi respuesta fue,
'Mi propia sobriedad, y una vida bien feliz'.
"Todavía dudoso, insistió, '¿de
verdad quieres decir que tu único motivo para estar aquí es tratar de ayudarme a
mí y ayudarte a ti mismo?'.
"'Sí,' le dije. 'Eso es todo lo
que hay. No hay gato encerrado'.
"Entonces, con alguna vacilación,
me aventuré a hablar del aspecto espiritual del programa. ¡La que me armó!
Apenas me había salido de la boca la palabra 'espiritual', se me echó encima:
'¡Ahora caigo! Estás haciendo proselitismo para una de esas malditas sectas
religiosas. ¿Cómo puedes decirme que no hay gato encerrado? Soy miembro de una
gran religión que lo es todo para mí. ¿Cómo te atreves a venir aquí a hablarme
de religión?'.
"Gracias a Dios se me ocurrió la
respuesta apropiada. Estaba basada firmemente en el único objetivo de A.A.
'Tienes fe', le dije. 'Tal vez una fe más profunda que la mía. Sin duda tienes
mejor formación en asuntos religiosos
que yo. Así que no puedo decirte nada acerca de la religión. Ni siquiera
quiero intentarlo. Además, estoy seguro de que podrías definirme la palabra
humildad a la perfección. Pero por lo que me has dicho acerca de ti y de tus
problemas y cómo te propones solucionarlos, creo que sé lo que anda
mal'.
'Muy bien', me dijo, 'dime lo que
hay".
"'Bueno', le dijo, 'creo que no
eres más que un irlandés engreído que se cree capaz de dirigirlo
todo'.
"Esto sí que le sentó como un
tiro. Pero a medida que se iba calmando, se puso a escuchar mientras yo estaba
de explicarle que la humildad era la clave principal de la sobriedad. Por fin se
dio cuenta de que yo no estaba tratando de cambiar sus opiniones religiosas, que
yo quería que encontrara en su propia religión la gracia que le ayudara a
recuperarse. De allí en adelante, nos empezamos a llevar muy
bien.
"'Imagínate', dice el veterano,
'lo que habría pasado si yo hubiera estado obligado a hablarle de asunto
religiosos. O si hubiera tenido que decirle que a A.A. le hacía falta mucho
dinero; que A.A. estaba metido en la educación, en los hospitales y en la
rehabilitación. O si yo me hubiera ofrecido para echarle una mano para resolver
sus asuntos domésticos y de negocios. ¿A dónde habríamos llegado? A ningún
sitio, naturalmente".
Años más tarde, a esta rudo
irlandés le gustaba decir, "Mi padrino me vendió una sola idea, la sobriedad. En
aquel momento, no podría haber comprado ninguna otra
cosas".
Sexta Tradición
"Un grupo de A.A. nunca debe
respaldar, financiar
o presentar el nombre de A.A. a
ninguna enti-
dad allegada o empresa ajena,
para evitar que los
problemas de dinero, propiedad y
prestigio nos des-
vién de nuestro objetivo
primordial".
|
E |
n cuanto nos dimos cuenta de que
teníamos una solución para el alcoholismo, era muy razonable (o así nos parecía
en aquel entonces) que creyéramos que tal vez teníamos la solución para otros
muchos problemas. Muchos opinaban que los grupos de A.A. podían dedicarse a los
negocios, podían financiar cualquier empresa en el campo global del alcoholismo.
De hecho, nos sentíamos obligados a respaldar cualquier causa meritoria con toda
la influencia que pudiera tener el nombre de A.A.
He aquí algunas de las cosas que
soñábamos: Ya que los alcohólicos no tenían muy buena acogida en los hospitales,
construiríamos nuestra propia cadena de hospitales. Ya que a la gente le hacía
falta que se le enseñara lo que era el alcoholismo, educaríamos al público, e
incluso volveríamos a redactar los libros de textos escolares y médicos. Ibamos
a recoger a los alcohólicos desahuciados de los barrios bajos, seleccionar a
aquellos que pudieran recuperarse y poner a los demás en una especie de
cuarentena donde pudieran ganarse la vida. Tal vez estos lugares podrían
producir grandes cantidades de dinero que pudiéramos utilizar para realizar
otras buenas obras. Pensamos seriamente en redactar de nuevo las luyes del país
y hacer que se reconociera a los alcohólicos como enfermos. Ya no se les
encarcelaría; los jueces los pondrían en libertad condicional bajo nuestra
custodia. Llevaríamos la luz de A.A. a las regiones oscuras de la drogadicción y
de la criminalidad. Formaríamos grupos de gente deprimida y paranoica; cuanto
más profunda fuera la neurosis, tanto mejor. Era evidente que, si se podía
vencer el alcoholismo, se podría superar cualquier otro tipo de
problema.
Se nos ocurrió que podríamos
llevar lo que teníamos a las fábricas y hacer que los obreros y los capitalistas
se amaran los unos a los otros. Nuestra absoluta honradez pronto purificaría la
política. Abrazados por un lado a la religión y a la medicina por otro,
reconciliaríamos sus diferencias. Ya que habíamos aprendido a vivir con tanta
felicidad, podríamos enseñar a todos los demás a hacer lo mismo. Nuestra Sociedad
de Alcohólicos Anónimos podría llegar a ser la vanguardia de una nueva avanzada
espiritual. Podríamos transformar el mundo.
Sí, nosotros los A.A. teníamos
estos sueños. Era natural que los tuviéramos, puesto que la mayoría de los
alcohólicos somos idealistas en bancarrota. Casi todos nosotros habíamos tenido
el deseo de hacer grandes bienes, realizar grandes obras, y encarnar grandes
ideales. Todos somos perfeccionistas que, al no alcanzar la perfección, nos
hemos ido al otro extremo y nos hemos conformado con la botella y el olvido. La
Providencia, por medio de A.A., había puesto a nuestro alcance nuestras más
altas esperanzas. ¿Por qué no compartir nuestra manera de vivir con todo el
mundo?.
Por lo tanto tratamos de
establecer hospitales de A.A. - todos fracasaron porque no se puede hacer que un
grupo de A.A. se dedicara a los negocios; demasiados cocineros entrometidos
estropean el caldo. Los grupos de A.A. hicieron sus incursiones en el campo de
la educación, y cuando empezaron a ensalzar públicamente los méritos de un
método u otro, la gente se quedó con ideas muy confusas. ¿Se dedicaba A.A. a
enderezar a los borrachos, o era un proyecto educativo? ¿Se interesaba A.A. en
lo espiritual, o en la medicina? ¿Era un movimiento reformista? Para nuestra
consternación, nos vimos casados con todo tipo de empresas, algunas buenas y
otras no tan buenas. Al ver a los alcohólicos enviados de forma arbitraria a las
prisiones o los manicomios, empezamos a gritar; "debería haber una ley". Los
A.A. se pusieron a clamar en las sesiones de los comités legislativos, haciendo
una campaña en favor de reformar las leyes. Sirvió como buen material para la
prensa, pero para poco más. Nos dimos cuenta de que muy pronto nos veríamos
enmarañados en la política. Aun dentro de A.A. nos resultó imperativo eliminar
el nombre de A.A. de los clubes y de las casas de Paso
Doce.
A raíz de estos episodios nació en
nosotros la profunda convicción de que, bajo ningún concepto, podíamos respaldar a ninguna
empresa allegada, por muy buena que fuese. Nosotros los Alcohólicos Anónimos no
podíamos serlo todo para todos, ni debíamos tratar de
serlo.
Hace años, este principio de "no
respaldo" se vio sometido a una prueba crucial. Algunas de las grandes
destilerías de alcohol tuvieron la intención de meterse en el campo de educación
sobre el alcohol. Creían que sería una buena cosa que los fabricantes de licor
demostraran al público su sentido de responsabilidad. Querían decir que no se
debía abusar del licor, sino disfrutarlo; la gente muy bebedora debería
moderarse, y los bebedores problema - los alcohólicos - no deberían beber en
absoluto.
En una de sus asociaciones
comerciales, se planteó la cuestión de cómo se debería proceder con esta
campaña. Naturalmente, iban a valerse de la radio, la prensa y el cine para
exponer sus puntos de vista. Pero ¿qué tipo de persona debe dirigir esa campaña?
Inmediatamente pensaron en Alcohólicos Anónimos. Si pudieran encontrar entre
nosotros a un buen agente de relaciones públicas, ¿no sería él la persona ideal?
Sin duda conocería el problema. Su conexión con A.A. sería muy valiosa, porque
la Comunidad era muy bien vista por el público y no tenía ni un solo enemigo en
el mundo.
No tardaron en encontrar al hombre
idóneo, un A.A. con la experiencia necesaria. Enseguida él se presentó en la
sede de A.A. en Nueva York a preguntar, "¿Hay algo en nuestra tradición que
sugiera que no debo aceptar un trabajo como éste? Esta clase de educación me
parece buena, y no es un asunto muy controversial. ¿Les parece a ustedes que
puede haber alguna paga?".
A primera vista, parecía una buena
cosa. Luego empezaron a insinuarse las dudas. La asociación quería emplear el
nombre completo de nuestro miembro en toda su publicidad; iban a describirlo
como director de publicidad de la campaña y como miembro de Alcohólicos
Anónimos . Naturalmente, no podría
haber la menor objeción si una asociación contratara a un miembro de A.A.
únicamente por su talento en las relaciones públicas y sus conocimientos sobre
el alcoholismo. Pero eso no era todo, porque en este caso un miembro de A.A. no
solamente iba a romper su anonimato a nivel público, sino que también iba a
vincular en las mentes de millones de personas el nombre Alcohólicos Anónimos
con este proyecto educativo. Habría de causar le impresión de que ahora A.A.
estaba respaldando la educación - al estilo de la asociación de los comerciantes
de licores.
En cuanto vimos lo que realmente
significaba este hecho comprometedor, le pedimos su parecer al candidato a
director de publicidad. "¡Caramba", dijo. "Claro que no puedo aceptar el puesto.
Antes de que se secara la tinta del primer anuncio, los partidarios de la
prohibición estarían expresando a gritos su indignación. Saldrían a buscar a un
A.A. honrado que abogara por su estilo de educación. A.A. se encontraría justo
en medio de la controversia entre los secos y los mojados. La mitad de la gente
del país creería que habríamos tomado partido por los secos, y la otra mitad que
nos habríamos unido a los mojados. ¡Menudo lío!".
"No obstante", le dijimos, "tienes
el derecho legal de aceptar este trabajo".
"Ya lo sé", contestó. "Pero no es
hora de fijarnos en legalidades. Alcohólicos Anónimos me salvó la vida, y su
bienestar tiene para mí la prioridad. No seré yo quien vaya a meter A.A. en un
gran problema, y si aceptara, lo haría".
En lo concerniente a los
respaldos, nuestro amigo lo ha dicho todo. Con mayor claridad que nunca, nos
dimos cuenta de que no podríamos prestar el nombre de A.A. a ninguna causa que
no fuera la nuestra.
Séptima Tradición
"Cada grupo de A.A. debe
mantenerse completamente
a sí mismo, negándose a recibir
contribuciones de afuera".
Quizás ninguna de las Tradiciones
de A.A. causara tanto dolor de parto como ésta. En los primeros días, todos
estábamos sin fondos. Si a esto se le añade la habitual suposición de que la
gente debe dar dinero a los alcohólicos que se esfuerzan por mantenerse sobrios,
se puede entender por qué creíamos merecer un montón de billetes. ¡La de cosas
tan magníficas que pudiera hacer A.A. con todo este dinero! Pero, por curioso
que parezca, la gente que tenía dinero pensaba lo contrario. Les parecía que ya
era hora de que nosotros - ahora que estábamos sobrios - pagásemos nuestras
propias cuentas. Así que nuestra Comunidad se quedó pobre porque así tenía que
ser.
Había otra razón para nuestra
pobreza colectiva. No tardó en hacerse evidente que si bien los alcohólicos
gastaban dinero pródigamente en casos de Paso Doce, tenían una tremenda aversión
a echar dinero en el sombrero que se pasaba en las reuniones para sufragar los
gastos de grupos. Nos sorprendió descubrir lo tacaños que éramos. Así que A.A.,
el movimiento, empezó y permaneció pobre, mientras que los miembros individuales
se hicieron cada vez más prósperos.
Lo cierto es que los alcohólicos
son gente de todo-o-nada. Nuestra reacción en cuanto al dinero parece
demostrarlo. A medida que A.A. pasaba de la infancia a la adolescencia, fuimos
abandonando la idea de que necesitábamos grandes sumas de dinero y llegamos al
otro extremo, diciendo que a A.A. no le hacía falta el dinero en absoluto. De
todas las bocas salían estas palabras: "A.A. y el dinero no puede mezclarse.
Tendremos que separar lo espiritual de lo material". Cambiamos de rumbo tan
bruscamente porque por aquí y por allá algunos miembros habían tratado de
valerse de sus conexiones A.A. para ganar dinero, y temíamos que fueran a
aprovecharse de nosotros. En ocasiones, algunos benefactores agradecidos nos
habían dotado con un local para un club y, como consecuencia, a veces había
interferencia ajena en nuestros asuntos. Se nos donó un hospital y casi
inmediatamente, el hijo del donante se presentó como su principal paciente y
aspirante a gerente. A un grupo de A.A. se le entregó cinco mil dólares para
hacer con este dinero lo que quisiera. Las peleas que provocó este dinero
siguieron haciendo estragos en el grupo durante años. Asustados por estas
complicaciones, algunos grupos se negaron a tener ni un centavo en sus
arcas.
Pese a tales inquietudes, tuvimos
que reconocer el hecho de que A.A. tenía que funcionar. Los locales para
reuniones nos costaban algo. Para evitar la confusión en regiones enteras, era
necesario establecer pequeñas oficinas, instalar teléfonos y contratar a algunas
secretarias a sueldo. A pesar de las muchas protestas, se logró hacer estas
cosas. Nos dimos cuenta de que si no se hicieran, el nuevo que llegaba a
nuestras puertas no tendría su oportunidad de recuperase. Prestar estos
sencillos servicios supondría incurrir en algunos pequeños gastos, que podríamos
pagar nosotros mismos, y así lo haríamos. Por fin el péndulo dejó de oscilar y
señaló directamente a la Séptima Tradición tal y como la conocemos hoy
día.
A este respecto, a Bill le gusta
contar la siguiente historia, que tiene su moraleja. Dice que cuando en 1941
apareció en el Saturday Evening Post el artículo de Jack Alexander, miles de
angustiosas cartas de alcohólicos y familiares desesperados llegaron al buzón de
la Fundación * en Nueva York. "El personal de nuestra oficina", cuenta Bill,
"estaba compuesto por dos personas: una secretaria dedicada y yo. ¿Cómo íbamos a
responder a esta avalancha de solicitudes? Sin duda, tendríamos que contratar a
más empleados a sueldo. Así que pedimos contribuciones voluntarias a los grupos
de A.A. ¿Nos enviarían un dólar por miembro al año? Si no, estas cartas
conmovedores tendrían que quedarse sin respuesta.
"Para mi asombro, los grupos
tardaron en responder. Me puse bien airado. Un día, al contemplar este montón de
cartas, andaba yendo y viniendo por la oficina, quejándome de lo irresponsables
y tacaños que eran mis compañeros. En ese mismo momento, vi asomarse por la
puerta la cabeza desgreñada y dolorida de un viejo conocido. Era nuestro campeón
de recaídas. Podía notar que tenía una tremenda resaca. Al recordar algunas de
las mías, se me llenó el corazón de compasión. Le señalé que pasara a mi
cubículo y saqué un billete de cinco dólares. Como mis ingresos semanales eran
de treinta dólares en total, éste era un donativo considerable. A Lois le hacía
falta el dinero para comprar comida, pero eso no me detuvo. El profundo alivio
que se reflejó en la cara de mi amigo me alegró el corazón. Me sentía
especialmente virtuoso al pensar en todos los ex borrachos que ni siquiera nos
mandaban un dólar cada uno a la Fundación, mientras yo gustosamente estaba
haciendo una inversión de cinco dólares para remediar una
resaca.
"La reunión de esa noche se
celebró en el viejo Club de la calle 24 de Nueva York. Durante el intermedio, el
tesorero dio una tímida charla acerca del penoso estado de las finanzas del
club. (Esto era en la época en que no se podía mezclar el dinero y A.A.). Pero
finalmente lo soltó - el casero nos pondría en la valle si no pagábamos. Terminó
sus observaciones diciendo, 'Bueno, muchachos, cuando se pase el sombrero esta
noche, por favor, sean un poco más generosos'.
"Oí claramente sus palabras,
mientras con todo fervor trataba de convertir a un recién llegado sentado a lado
mío. El sombrero llegó a donde yo me encontraba, y metí la mano en el bolsillo.
Mientras seguía hablando con el nuevo, me rebuscaba el bolsillo y saqué una
moneda de cincuenta centavos. Por alguna razón, me pareció una moneda muy
grande. Sin vacilar, la volví a meter en el bolsillo y saqué una de diez
centavos y tintineó tímidamente al caer en el sombrero. En aquel entonces, nunca
se echaban billetes en el sombrero.
"Entonces se me abrieron los ojos.
Yo, que esa misma mañana, me había jactado de mi generosidad, me estaba portando
con mi propio club peor que los lejanos alcohólicos que se habían olvidado de
enviar sus dólares a la Fundación. Me di cuenta de que mi donativo de cinco
dólares al campeón de recaídas no era sino una cuestión de engordar mi propio
ego, malo para él y peor para mí. Había un lugar en A.A. donde la espiritualidad
y el dinero sí podían mezclarse: en el sombrero".
Hay otra historia que trata del
dinero. Una noche de 1948, los custodios de la Fundación estaban celebrando su
reunión trimestral. En la agenda se incluía un asunto muy importante para
discutir. Cierta dama había fallecido. Al dar lectura a su testamento, se
descubrió que había dejado a Alcohólicos Anónimos, con la Fundación Alcohólico
como fiduciario, un legado de diez mil dólares. La cuestión era: ¿Debería A.A.
aceptar tal regalo?.
¡Vaya debate que se armó!. En ese
momento la Fundación se encontraba muy mal de dinero; los grupos no mandaban lo
suficiente para el mantenimiento de la oficina; incluso añadiendo los ingresos
producidos por el libro, no alcanzábamos a cubrir los gastos. Las reservas se
estaban derritiendo como la nieve en primavera. Necesitábamos esos diez mil
dólares. "Puede ser", dijo alguien, "que los grupos nunca lleguen a mantener
completamente a la oficina. No podemos permitir que se cierre; es de una
importancia crucial. Sí, aceptamos el dinero. Aceptemos todos los futuros
donativos. Vamos a necesitarlos".
Entonces se expresó la oposición.
Señalaron que la junta de la Fundación ya sabía de un total de medio millón de
dólares legados a A.A. en los testamentos de personas que estaban todavía vivas.
Solo Dios sabría cuánto más dinero se nos habría legado y del que aún no nos
habíamos enterado. Si no nos negábamos a aceptar, absoluta y firmemente, las
donaciones ajenas, un día la Fundación llegaría a ser rica. Además, a la menor
insinuación al público por parte de nuestros custodios de que necesitábamos
dinero, nos haríamos inmensamente ricos. Comparados con esa perspectiva, los
diez mil dólares bajo consideración eran cosa de poco; no obstante, al igual que
el primer trago de un alcohólico, si lo tomábamos, provocaría inevitablemente
una desastrosa reacción en cadena. ¿Y dónde acabaríamos entonces? El que paga,
manda, y si la Fundación Alcohólica obtuviera dinero de fuentes ajenas, sus
custodios podrían verse tentados a llevar nuestros asuntos sin tener en cuenta
los deseos de A.A. como un todo. Librado de esta responsabilidad, cada
alcohólico se encogería de hombros y diría, "La Fundación es rica - ¿por qué voy
a molestarme?". Con toda seguridad, la presión de tener unas arcas tan repletas
tentaría a la junta a idear todo tipo de proyectos para efectuar buenas obras, y
así desviaría a A.A. de su objetivo primordial. En cuanto ocurriera esto, la
confianza de la Comunidad se vería mermada. La junta se encontraría aislada, y
sometida a la dura crítica por parte de A.A. y del público en general. Estas
eran las posibilidades, en pro y en contra.
Entonces, nuestros custodios
escribieron una página brillante en la historia de A.A. Se manifestaron en favor del principio
de que A.A. debe permanecer siempre pobre. De allí en adelante, la política
financiera de la Fundación sería tener lo justo para cubrir los gastos de
operación más una reserva prudente. Aunque era difícil hacerlo, la junta
oficialmente se negó a aceptar los diez mil dólares y adoptó formalmente la
resolución irrebatible de negarse a aceptar todo donativo similar en el futuro.
En ese momento, creemos, quedó firme y definitivamente incrustado en la
tradición de A.A. el principio de pobreza corporativa.
Cuando se publicaron estos hechos,
hubo una reacción profunda. A la gente acostumbrada a un sinfín de campañas para
recaudar fondos con propósitos caritativos, A.A. les presentaba un espectáculo
curioso y renovador. Los editoriales favorables que aparecieron en la prensa
aquí y en ultramar generaron una ola de confianza en la integridad de
Alcohólicos Anónimos. Hicieron notar que los irresponsables se habían convertido
en responsables y que al incorporar el principio de independencia financiera
como parte de su tradición, Alcohólicos Anónimos había resucitado un ideal ya
casi olvidado en su época.
Octava Tradición
"Alcohólicos Anónimos A.A. nunca
tendrá carácter
profesional, pero nuestros
centros de servicio pueden
emplear trabajadores
especiales".
Alcohólicos Anónimos nunca tendrá
una clase profesional. Hemos llegado a captar el significado del antiguo dicho
"Libremente hemos recibido, libremente debemos dar". Nos hemos dado cuenta de
que en lo referente al profesionalismo, el dinero y la espiritualidad no se
pueden mezclar. Los mejores profesionales del mundo, tanto en el campo de la
medicina como en el de la religión, no han logrado efectuar casi ninguna
recuperación del alcoholismo. No desacreditamos el profesionalismo en otros
campos, pero aceptamos el hecho real de que en nuestro caso no da resultados.
Cada vez que hemos tratado de profesionalizar nuestro Paso Doce, el resultado ha
sido siempre el mismo: Nuestro único propósito ha salid
derrotado.
Los alcohólicos simplemente no
harán caso de un trabajador de Paso Doce a sueldo. Casi desde el principio,
hemos estado convencidos de que el trabajo personal con otro alcohólico que
sufre sólo puede basarse en el deseo de ayudar y de ser ayudado. Cuando un A.A.
habla por dinero, ya sea en una reunión o a recién llegado, también puede tener
en él un efecto perjudicial. El aliciente del dinero le compromete a él y a todo
lo que diga y haga por el principiante. Esto ha sido siempre tan evidente que
muy pocos A.A. han hecho alguna vez
un trabajo de Paso Doce a cambio de una
remuneración.
A pesar de esta evidencia, es
cierto que pocos temas han suscitado más disputas dentro de nuestra Comunidad
que el del profesionalismo. Los encargados de barrer el piso, los cocineros que
preparan hamburguesas, las secretarias de las oficinas, los escritores de libros
- todos ellos han sido objeto de fuertes ataques porque, según sus críticos,
"estaban haciendo dinero a costa de A.A.".
Sin tener en cuenta que éstos no eran en absoluto trabajos de Paso Doce,
los críticos acusaban de ser profesionales de A.A. a estos trabajadores
nuestros, quienes muy a menudo se ocupaban de las tareas ingratas que nadie más
quería o podía hacer. Se provocó un furor aun más grande cuando los miembros de
A.A. empezaron a dirigir casas de reposo y granjas de convalecencia para los
alcohólicos, cuando algunos aceptaron puesto asalariados en la industria como
directores de personal, encargados del problema del alcoholismo entre los
empleados, y otros como enfermeros en los pabellones de alcoholismo, y cuando
otros más se dedicaron al campo de educación sobre el alcoholismo. En todos
estos casos, y otros muchos, se alegaba que se estaban vendiendo por dinero la
experiencia y los conocimientos de A.A. y por lo tanto, estas personas también
eran profesionales.
No obstante, por fin podía verse
una clara línea divisoria entre el profesionalismo y el no profesionalismo.
Cuando convinimos en que no se podía hacer el trabajo de Paso Doce a cambio de
dinero, tomamos una sabia decisión. Pero a trabajadores especiales, ningún
miembro podía llevar nuestros conocimientos a otros campos, estábamos aceptando
el consejo del temor, un temor que, hoy en día, se ha disipado en gran parte
ante la luz de la experiencia.
Consideremos, por ejemplo, el caso
del conserje y del cocinero del club. Para poder funcionar, un club tiene que
ser habitable y hospitalario. Intentamos utilizar voluntarios, pero pronto se
sintieron desencantados al verse barriendo sueldos y haciendo café siete días a
la semana. Simplemente dejaron de presentarse. Aun más importante, un club vació
no podía contestar el teléfono, y era una invitación abierta para un borracho de
parranda que tuviera la lleve. Así que había que contratar a alguien que cuidara
el local. Si contratáramos a un alcohólico, recibiría un pago igual al que
tuviéramos que dar a un no alcohólico por el mismo trabajo. El puesto no era
para hacer el trabajo de Paso Doce, sino para facilitar que el trabajo de Paso
Doce se hiciera. No era sino una simple cuestión de servicios
especiales.
Tampoco A.A. podría funcionar sin
trabajadores especiales a sueldo. En las oficinas de la Fundación * y de los
intergrupos, no podíamos emplear a personas no alcohólicas para trabajar como
secretarias; necesitábamos personas que conocieran bien el programa de A.A. Pero en cuanto los contratamos, los
ultraconservadores y los temerosos gritaron, "¡Profesionalismo!" En una época,
la situación de estos fieles servidores era casi insoportable. no se les pedía
hablar en las reuniones de A.A., porque "estaban haciendo dinero a costa de
A.A." A veces, sus compañeros
incluso evitaban su compañía. Aun los más caritativos los describían como un
"mal necesario". Los comités se aprovecharon de lleno de esta actitud para
reducir sus salarios. Podían recuperar parte de su virtud, se creía, si
trabajaban para A.A. por un sueldo miserable. Durante muchos años, estas ideas
persistían. Entonces, nos dimos cuenta de que una secretaria muy trabajadora que
contestaba al teléfono docenas de veces al día, que escuchaba a veinte esposas
lloronas, que tomaba disposiciones para hospitalizar a diez principiantes y para
conseguirles padrinos, y que trataba de manera muy diplomática al borracho
iracundo que se quejaba de cómo ella hacía su trabajo y de lo excesivo que era
su sueldo, a ella difícilmente se le podía considerar como una profesional de
A.A. No estaba profesionalizando el
Paso Doce; simplemente lo estaba facilitando. Estaba contribuyendo a procurar
que el hombre que llegaba a nuestra puerta tuviera la oportunidad que merecía.
Los ayudantes y miembros de comité voluntarios podían ser de gran utilidad, pero
no se podía esperar que ellos desempeñaran estas tareas día tras
día.
En la Fundación, se vuelve a
repetir la misma historia. Ocho toneladas de libros y literatura al mes no se
empaquetan ni se envían a sí mismo a todas partes del mundo. Montones de cartas
que tratan de cualquier problema de A.A. imaginable, desde el solitario esquimal
hasta los dolores de crecimiento de miles de grupos, tienen que ser contestadas
por gente que sepa del asunto. Hay que mantener los contractos apropiados con el
mundo exterior. Hay que vigilar y cuidar de las cuerdas de salvamento de
A.A. Así que contratamos a miembros
de A.A. como miembros del personal de la oficina. Les pagamos bien, y se ganan
su sueldo. Son secretarios profesionales * (* El tipo de trabajo que realizan
los miembros del personal en la actualidad no tiene equivalente en las empresas
comerciales. Estos miembros de A.A. aportan a su servicio en la G.S.O. una
amplia variedad de experiencia profesional y de negocios), pero no son
profesionales de A.A.
Quizás todo miembro de A.A.
albergue para siempre en su corazón el vago temor de que algún día alguien
explote nuestro nombre con ánimos de lucro personal. La mera insinuación de tal
cosa siempre suele desatar un huracán, y hemos descubierto que los huracanes
atacan con igual furia a los justos y a los injustos. No son nunca
razonables.
No hay individuos que hayan sido
más zarandeados por estas tempestades emocionales que aquellos A.A. que se han
atrevido a aceptar empleo con agencias ajenas que tratan del problema del
alcohol. Una universidad quería que un miembro de A.A. educara al público sobre
el alcoholismo. Una compañía buscaba a un encargado de personal familiarizado
con el tema. Una granja estatal para borrachos buscaba a un gerente que supiera
tratar con los borrachos. Una ciudad buscaba a un asistente social experimentado
que supiera bien los efectos que el alcohol puede tener en la familia. Una
comisión estatal sobre el alcohol buscaba a un investigador a sueldo. Estos sólo
son algunos de los trabajos que se les han ofrecido a los miembros de A.A. a título individual. De vez en
cuando, miembros de A.A. han comprado casas de convalecencia o granjas de reposo
donde los borrachos maltrechos podían encontrar el cuidado que necesitaban. La
pregunta era - y a veces todavía es - ¿se puede calificar de profesionalismo a
estas actividades según la tradición de A.A.?
Creemos que la respuesta es "No.
Los miembros que eligen este tipo de ocupación no profesionalizan el Paso Doce
de A.A.". El camino que nos llevó a
esta conclusión fue largo y rocoso. Al comienzo, no podíamos ver el quid de la
cuestión. En días anteriores, en el momento en que un A.A. aceptó un empleo en
una empresa de esta índole, se sentía inmediatamente tentado de utilizar el
nombre de Alcohólicos Anónimos con fines de publicidad o para recoger fondos.
Las granjas de tratamiento, las empresas educativas, las legislaturas estatales
y las comisiones publicaron el hecho de que tenían miembros de A.A. a su
servicio. Con total ingenuidad, los A.A. que trabajaban en estas empresas
rompían imprudentemente su anonimato, haciendo publicidad para su proyecto
predilecto. Por esta razón , algunas buenas causas y todos sus allegados se
veían sometidos a una crítica injusta por parte de los grupos de A.A. En la mayoría de los casos, estos ataque
iban precedidos por el brío "¡Profesionalismo!. Este hombre está ganando dinero
a costa de A.A." No obstante, no se
había contratado a ninguno de ellos para hacer el trabajo de Paso Doce de
A.A. Es estos casos, la violación
no era el profesionalismo, eta el romper el anonimato. Se había comprometido el
único objetivo de A.A. y se había abusado del nombre de Alcohólicos
Anónimos.
Es significativo que, ahora que
casi ningún miembro de nuestra Comunidad rompe su anonimato al nivel público,
casi todos estos temores han desaparecido. Nos damos cuenta de que no tenemos
ningún derecho - y no hay ninguna necesidad - de desanimar a los A.A. que desean
trabajar como particulares en estos amplios campos. De hecho, prohibírselo sería
un gesto antisocial. No podemos declarar que A.A. sea una sociedad tan cerrada
que guardemos nuestra experiencia y nuestros conocimientos como secretos de
estado. Si un miembro de A.A., a título particular, puede llegar a ser un mejor
investigador, educador, jefe de personal, ¿por qué no dejar que lo sea? Todo el
mundo sale ganando, y nosotros no perdemos nada. Es cierto que algunos de los
proyectos a los cuales se han vinculado los miembros de A.A. han sido mal
concebidos, pero eso no tiene nada que ver con el principio que estamos
considerando.
Esta es la emocionante serie de
acontecimientos de la que ha surgido la Tradición de no profesionalismo de
A.A. Nunca se debe pagar por hacer
el trabajo de Paso Doce, pero aquellos que trabajan en nuestro servicio son
dignos de su sueldo.
Novena Tradición
"A.A. como tal nunca debe ser
organizada; pero
podemos crear juntas o comités de
servicio que sean
directamente responsables ante
aquellos a quienes
sirven".
En su primera versión, la Novena
Tradición decía: "Alcohólicos Anónimos debe tener el mínimo posible de
organización". Desde aquel entonces, hemos cambiado de opinión. Hoy, podemos
decir con seguridad que Alcohólicos Anónimos - A.A. como un todo - nunca debe
organizarse en absoluto. Luego, en aparente contradicción, procedemos a crear
juntas de servicio especiales y comités que están en sí organizados. ¿Cómo es
posible, entonces, tener un movimiento no organizado que pueda crear, y que de
hecho cree para sus operaciones una organización de servicio?. Al contemplar
esta contradicción, la gente dice, "¿Qué quieren decir con esto de no tener
organización?".
Bueno, vamos a ver. ¿Ha oído
alguien hablar de una nación, una religión, un partido político o incluso una
asociación benéfica que no tenga reglas para hacerse miembro? ¿Ha oído alguien
hablar de una sociedad que no pueda disciplinar a sus miembros, ni obligarles a
obedecer sus reglas y reglamentos necesarios? ¿No es cierto que casi toda
sociedad concede autoridad a algunos de sus miembros para imponer obediencia a
los demás y para castigar o expulsar a los infractores? Por lo tanto, toda
nación de hecho toda forma de sociedad, tiene que ser un gobierno administrado
por seres humanos. En todas partes, el poder para dirigir o gobernar es la
esencia de la organización.
Pero Alcohólicos Anónimos es una
excepción. No sigue esta pauta. Ni su Conferencia de Servicios Generales, ni la
Junta de la Fundación, ni el más humilde comité de grupo puede dar ninguna orden
a ningún miembro de A.A. y hacer que se cumple, ni mucho menos imponer un
castigo. Hemos intentado hacerlo muchas veces, pero el resultado siempre ha sido
un fracaso total. Los grupos han tratado de expulsar a algunos miembros, pero
los expulsados han regresado al lugar de la reunión y han dicho: "Para nosotros
esto es la vida; no pueden prohibirnos la entrada". Algunos comités han dado
instrucciones a muchos miembros para que dejen de trabajar con una persona que
recae constantemente, solo para tener como respuesta: "La forma en que hago el
trabajo de Paso Doce es asunto mío. ¿Quiénes son ustedes para juzgarme?". Esto
no significa que un A.A. no vaya a aceptar consejos o sugerencias de miembros
más experimentados; pero, sin duda, no aceptará órdenes. ¿Quién es menos popular
que el A.A. veterano, lleno de sabiduría, que se traslada a otra área y trata de
decir al grupo de allí cómo debe funcionar? El y todos los que, como él, "miran
con alarma por el bien de A.A.", no encuentran sino la resistencia más obstinada
o, peor aún, la risa.
Se podría creer que la sede de
A.A. en Nueva York sería una excepción. La gente de allí tendría que tener
alguna autoridad. Pero ya hace tiempo que tanto los custodios como los miembros
del personal se dieron cuenta de que no podían hacer más que ofrecer
sugerencias, y además ofrecerlas de forma muy suave. Incluso tuvieron que
inventar un par de frases que todavía aparecen en la mitad de las cartas que
escribe: "Claro que tienes perfecta libertad de manejar este asunto como mejor
te parezca. Pero en su mayor parte, la experiencia de A.A. parece indicar que .
. ." Esta actitud dista mucho de la
de un gobierno central, ¿verdad? Bien sabemos que no se les puede imponer
mandatos a los alcohólicos - ni individual ni
colectivamente.
En esta coyuntura, podemos oír
exclamar a un clérigo, "¡Están convirtiendo la desobediencia en una virtud!" El
siquiatra se le une diciendo, "¡Desafiantes maliciados. No quieren comportarse
como adultos y amoldarse a las normas sociales!" El hombre de la calle dice,
"¡No lo entiendo. Deben de estar chiflados!" Pero a todos estos observadores se les
ha pasado por alto algo único de Alcohólicos Anónimos. A menos que cada miembro
de A.A. siga como mejor pueda nuestros Doce Pasos de Recuperación sugeridos, es
casi seguro que ha firmado su propia sentencia de muerte. Sus borracheras y su
disolución no son castigos impuestos por gente con autoridad; son el resultado
de su propia desobediencia a principios
espirituales.
Esta misma severa amenaza se
cierne sobre el grupo. A menos que se esfuerce por observar las Doce Tradiciones
de A.A., el grupo también puede deteriorarse y morir. Por lo tanto, nosotros los
A.A. obedecemos principios espirituales, primero porque tenemos que hacerlo y
por último porque nos agrada la manera de vivir que es el fruto de esta
obediencia. Los grandes sufrimientos y el amor profundo son nuestros
disciplinarios; no necesitamos otros.
Ahora está claro que nunca debemos
nombrar juntas para gobernarnos; y está igualmente claro que siempre tendremos
que autorizar a trabajadores para que nos sirvan. Es la diferencia entre el
espíritu de autoridad conferida y el espíritu de servicio, dos conceptos que a
veces son polos opuestos. Con este espíritu de servicio, elegimos los comités
rotativos de los grupos de A.A., la asociación intergrupal del área y la
Conferencia de Servicios Generales de Alcohólicos Anónimos para A.A. como un
todo, Incluso nuestra Fundación, que en el pasado era una junta independiente,
hoy día es directamente responsable ante nuestra Comunidad. Sus miembros son los
custodios de nuestros servicios mundiales y quienes los hacen funcionar con la
mayor eficacia posible.
Así como el objetivo de cada
miembro de A.A. es la sobriedad personal, el objetivo de nuestros servicios es
poner la sobriedad al alcance de todos los que la quieren. Si nadie hiciera las
tareas del grupo, si nadie atendiera al teléfono de la oficina del área, si no
contestáramos las cartas que nos llegan, A.A., como la conocemos, cesaría de
funcionar. Se cortarían nuestras líneas de comunicación con aquellos que
necesitan nuestra ayuda.
A.A. tiene que funcionar, pero al
mismo tiempo tiene que evitar los peligros de la gran riqueza, el prestigio y el
poder arraigado que, para otras sociedades, necesariamente son una tentación.
Aunque a primera vista puede parecer que la Novena Tradición trata de una
cuestión plenamente práctica, en su aplicación concreta revela una sociedad sin
organización, animada únicamente por el espíritu de servicio - una auténtica
comunidad.
Décima Tradición
"Alcohólicos Anónimos no tiene
opinión acerca de
asuntos ajenos a sus actividades;
por consiguiente
su nombre nunca debe mezclarse en
polémicas
públicas".
Nunca desde sus comienzos se ha visto Alcohólicos
Anónimos dividida por una gran controversia. Ni tampoco nuestra Comunidad jamás
ha tomado partido públicamente en ninguna polémica de este mundo turbulento. Sin
embargo, esto no ha sido una virtud adquirida. Casi se podría decir que nacimos
con ella, porque, como dijo recientemente un veterano, "Muy rara vez ha oído a
los miembros de A.A. discutir acaloradamente entre sí cuestiones de religión,
política o reforma. Mientras no discutamos sobre estos asuntos en privado,
podemos contar con que no lo haremos en público".
Como si estuviéramos guiados por
algún instinto profundo, los A.A. hemos sabido desde el mismo principio que,
fuera cual fuera la provocación, jamás debemos tomar participado públicamente en
ninguna querella, por muy noble que fuese. La historia nos presenta el
espectáculo de naciones y grupos enredados en conflictos que acabaron finalmente
destrozados por haberse originado en controversias o por haber caído en la
tentación de participar en ellas. Otros se derrumbaron debido a su fanática
rectitud, al intentar imponer en el resto de la humanidad unos ideales de su
propia invención. En nuestros tiempos, hemos visto morir a millones de personas
en guerras políticas o económicas, a menudo provocadas por diferencias
religiosas o raciales. Vivimos bajo el inminente peligro de un nuevo holocausto
encendido con motivo de determinar cómo deben gobernarse los hombres, y cómo
deben repartirse entre ellos los frutos de la naturaleza y de sus labores. Este
es el clima espiritual en el que nació A.A. y en el que, por la gracia de Dios,
a pesar de todo, ha florecido.
Recalquemos que esta aversión a
pelearnos entre nosotros o con los demás, no la consideramos como una virtud
especial que nos hace sentir superiores a otra gente. Ni tampoco quiere decir
que los miembros de Alcohólicos Anónimos, ahora restablecidos como ciudadanos
del mundo, vaya, a evadir su responsabilidad individual de actuar según les
parece apropiado con respecto a las cuestiones de nuestra época. Pero cuando se
trata de A.A. como un todo, es un asunto muy diferente. No nos metemos en
controversias públicas, porque sabemos que nuestra Sociedad perecerá si lo
hacemos. Creemos que la supervivencia y el crecimiento de Alcohólicos Anónimos
tiene mucho más importancia que la influencia que colectivamente pudiéramos
tener a favor de cualquier otra causa. Ya que la recuperación del alcoholismo
significa para nosotros la vida misma, es imperativo que conservemos en su plena
potencia nuestro medio de sobrevivir.
Puede que esto cause la impresión
de que los alcohólicos de A.A. han llegado repentinamente a una armonía perfecta
y se han convertido en una gran familia feliz. Claro que no es así. Por ser
seres humanos, tenemos nuestras riñas. Antes de alcanzar un poco de estabilidad,
A.A. parecía más que nada una riña colosal, al menos en la superficie. El
director de una empresa, que acababa de votar en pro de un desembolso de cien
mil dólares, llegaba a una reunión de negocios de A.A. y se ponía hecho una
furia por unos gastos de veinticinco dólares para comprar los sellos de correo
que necesitábamos. Disgustados por el intento de algunos de dirigir el grupo, la
mitad de los hombres se iban airadamente para formar otro grupo que fuera más a
su gusto. Los ancianos, aquejados de un arranque de fariseísmo, se han puesto
enfurruñados. Se han lanzado ataques encarnizado en contra de la gente
sospechosa de tener motivos dudosos. A pesar de todo ese ruido, nuestras
pequeñas desavenencias nunca hicieron a A.A. el menor daño. Eran una parte
integrante del proceso de aprender a vivir y trabajar juntos. Vale mencionar
también que casi siempre tenían que ver con formas de hacer que A.A. fuera más
eficaz, cómo hacer el mayor bien para el mayor número posible de
alcohólicos.
La Sociedad Washingtoniana, un
movimiento de alcohólicos que empezó en Baltimore hace un siglo, estuvo a punto
de dar con la solución del alcoholismo. Al principio, la sociedad estaba
compuesta exclusivamente por alcohólicos que trataban de ayudarse mutuamente.
Los primeros miembros vieron que debían dedicarse a este único propósito. En
muchos aspectos, los Washingtonianos eran parecidos a los A.A. de ahora.
Llegaron a tener más de cien mil miembros. Si se les hubiera dejado en paz, y si
se hubieran aferrado a su único objetivo, es posible que hubieran encontrado
toda la solución. Pero no sucedió así. Los Washingtonianos permitieron que los
políticos y los reformistas, tanto alcohólicos como no alcohólicos, se
aprovecharan de la sociedad para sus propios fines. Por ejemplo, en aquel
entonces la abolición de la esclavitud era una candente cuestión política.
Pronto, los oradores del movimiento Washingtoniano tomaban partido, pública y
apasionadamente, en esta controversia. Quizás la sociedad pudiera haber salido
ilesa de la controversia de la abolición de la esclavitud, pero una vez que se
puso a reformar las costumbres de beber de los norteamericanos, sus días estaban
contados. Los Washingtonianos se convirtieron en cruzados de la temperancia y, a
los pocos años perdieron completamente su eficacia para ayudar a los
alcohólicos.
Alcohólicos Anónimos no ha echado
en saco roto la lección aprendida de los Washingtonianos. Al contemplar las
ruinas de ese movimiento, los primeros miembros de A.A. decidimos mantener
nuestra Sociedad fuera de toda controversia pública. De esa manera, se colocó la
piedra angular de la Décima Tradición: "Alcohólicos Anónimos no tiene opinión
acerca de asuntos ajenos a sus actividades; por consiguiente su nombre nunca
debe mezclarse en polémicas públicas".
Undécima Tradición
"Nuestra política de relaciones
públicas se basa
más bien en la atracción que en
la promoción;
necesitamos mantener siempre
nuestro anonimato
personal ante la prensa, la radio
y el cine".
De no contar con una multitud de
amigos sinceros, A.A. nunca podría haberse desarrollado como lo ha hecho. En
todas partes del mundo, una cantidad inmensa de publicidad favorable de toda
índole ha sido el medio principal para atraer a los alcohólicos a nuestra
Comunidad. En las oficinas, los clubes y las casas de los A.A., los teléfonos
suenen constantemente. Una voz dice, "Leí un artículo en el periódico..." , otra
dice, "oímos un programa de radio ...", otra más, "vimos una película ... ", o,
"vimos algo acerca de A.A. en la televisión". No es una exageración decir que la
mitad de los miembros de A.A. han sido dirigidos a nosotros por conductos como
éstos.
No todos los que nos llaman
solicitando información son alcohólicos o sus familiares. Los médicos leen
artículos acerca de Alcohólicos Anónimos en revistas profesionales y nos llaman
para obtener más información. Los clérigos leen artículos en publicaciones
editadas por organizaciones más detallada. Jefes de empresas comerciales e
industriales se enteran de que las grandes corporaciones nos han dado su
aprobación, y se ponen en contracto con nosotros, para saber lo que se puede
hacer en cuanto al alcoholismo en sus propias
compañías.
Por lo tanto, recayó sobre
nosotros la gran responsabilidad de elaborar la mejor política de relaciones
públicas posible para Alcohólicos Anónimos. Tras muchas experiencias dolorosas,
creemos haber determinado cuál debe ser esta política. En muchos aspectos, es lo
contrario de las acostumbradas tácticas publicitarias. Nos dimos cuenta de que
teníamos que contar con el principio de atracción, en vez del de
promoción.
Veamos cómo estas dos ideas
contrastantes - atracción y promoción - funcionan. Un partido político quiera
ganar una elección, así que, para atraer votos, hace propaganda de las virtudes
de sus candidatos. Una noble institución benéfica quiere recoger fondo; en
seguida, aparecen en su membrete los nombres de toda la gente distinguida que le
ha dado su apoyo. Una gran parte de la vida política, económica y religiosa
del mundo depende de la publicidad
que se hace a sus líderes. Los individuos que simbolizan causas e ideas
satisfacen una profunda necesidad humana. Nosotros los A.A. no lo dudamos. No
obstante, tenemos que enfrentarnos seria y sensatamente con la realidad de que
el estar a la vista del público es peligroso, especialmente para nosotros. Por
temperamento, casi todos nosotros habíamos sido promotores tenaces, y la
perspectiva de una sociedad compuesta casi exclusivamente por promotores era
algo horripilante. Teniendo en cuenta este factor explosivo, nos dimos cuenta de
que tendríamos que ejercer control sobre estos
impulsos.
Las recompensas de esa forma de
proceder han sido asombrosas. El resultado ha sido más publicidad favorecedora
de la que jamás pudiéramos haber generado por medio de los inventos y talentos
de los mejores agentes de publicidad de A.A. Claro que A.A. tenía que tener algún
tipo de publicidad, así que llegamos a la conclusión de que era mejor dejar que
nuestros amigos nos la hicieran. Y esto es exactamente lo que ha pasado, hasta
un extremo increíble. Los periodistas veteranos, acostumbrados a poner todo en
duda, han hecho todo lo posible por transmitir el mensaje de A.A. Para ellos, somos algo más que una
fuente de artículos de interés periodístico. En casi toda ocasión, los hombres y
mujeres de la prensa se han unido a nosotros como
amigos.
Al principio, la prensa no podía
entender nuestro rechazo de toda publicidad personal. Estaban totalmente
perplejos por nuestra insistencia en el anonimato. Luego, la comprendieron. Se
encontraron ante algo inusitado en el mundo - una sociedad que decía que quería
hacer publicidad de sus principios y sus obras, pero no de sus miembros
individuales. La prensa estaba encantada con esta actitud. Desde entonces, estos
amigos han hecho reportajes sobre A.A. con un entusiasmo que a los miembros más
fervientes les resultaría difícil igualar.
De hecho, había una época en que
la prensa de Norteamérica apreciaba el valor que el anonimato de A.A. tenía para
nosotros incluso más que algunos de nuestros propios miembros. En un momento
dado, unos cien miembros de nuestra Sociedad estaban rompiendo su anonimato al
nivel pública. Con muy buenas intenciones, esas personas decían que le principio
de anonimato era algo anticuado, algo que pertenecía a la época pionera de
A.A. Estaban convencidos de que
A.A. podría avanzar más rápidamente y llegar más lejos, si se valiera de los
métodos modernos de publicidad. En A.A., indicaban, había muchas personas de
fama local, nacional o internacional. Si estaban dispuestos - y muchos lo
estaban . ¿por qué no hacer publicidad de su pertenencia a A.A., y así animar a
otros a unirse a nosotros? Estos eran argumentos plausibles, pero nuestros
amigos escritores no estaban de acuerdo.
La Fundación dirigió cartas a casi
todas las agencias de noticias de Norteamérica, exponiendo nuestra política de
relaciones públicas de atracción en vez de promoción, y haciendo hincapié en que
el anonimato personal es la mejor protección de A.A. Desde aquel entonces, los editores y
redactores repetidamente han omitido los apellidos y las fotos de los miembros
en los artículos que trataban de A.A.; a menudo, han hecho recordar a personas
ambiciosas el principio de anonimato de A.A. Con este fin, incluso han llegado a
sacrificar buenas historias. Si vigorosa cooperación nos ha sido de gran ayuda.
Solo quedan unos pocos miembros de A.A. que rompen deliberadamente su anonimato
al nivel público.
Este es, en breve, el proceso que
dio como fruto la Undécima Tradición. No obstante, para nosotros representa
mucho más que una sensata política de relaciones públicas. Es más que un rechazo
del egoísmo. Esta Tradición nos recuerda de manera constante y concreta que en
A.A. no hay lugar para la ambición personal. Mediante esta Tradición, cada
miembro es un guardián activo de nuestra Comunidad.
Duodécima Tradición
"El anonimato es la base
espiritual de todas nuestras
Tradiciones, recordándonos
siempre anteponer
los principios a las
personalidades".
La sustancia espiritual del
anonimato es el sacrificio. Ya que las Doce Tradiciones de A.A. nos piden
repetidamente que sacrifiquemos nuestros deseos por el bien común, nos damos
cuenta de que el espíritu de sacrificio - simbolizado muy apropiadamente por el
anonimato - es la base de todas ellas. La buena disposición de los A.A. para
hacer estos sacrificios, demostrada una y otra vez, es lo que hace que la gente
sienta gran confianza en nuestro porvenir.
Pero al principio, el anonimato no
nació de la confianza; era hijo de nuestros temores. Nuestros primeros grupos de
alcohólicos no tenían nombre; eran sociedades secretas. Los nuevos solo podían
encontrarnos por medio de unos cuantos amigos de confianza. La mera insinuación
de publicidad, incluso de nuestro trabajo, nos asustaba. Aunque ya no éramos
bebedores, todavía creíamos que teníamos que escondernos de la desconfianza y el
desprecio del público.
Cuando se publicó el Libro Grande
en 1939, le pusimos el título de "Alcohólicos Anónimos". En su prólogo aparecía
esta reveladora declaración: "Es importante que nosotros permanezcamos anónimos
porque en el presente somos muy pocos para atender el gran número de
solicitantes que pueden resultar de esta publicación. Siendo la mayoría gente de
negocios o profesionales, no podríamos realizar bien nuestro trabajo en tal
eventualidad". Se puede leer fácilmente entre estas líneas nuestro temor de que
una gran afluencia de gente nueva pudiera causar una ruptura de anonimato de
inmensa proporción.
A medida que se multiplicaban los
grupos de A.A., también se multiplicaban los problemas de anonimato.
Entusiasmados por la recuperación espectacular de un hermano alcohólico, a veces
hablábamos abiertamente de los detalles íntimos y angustiosos de su caso,
detalles que estaban destinados únicamente para los oídos de su padrino.
Entonces, la víctima agraviada decía, con razón, que habíamos traicionado su
confianza. Estos episodios, cuando empezaron a circular fuera de A.A.,
provocaron una gran falta de confianza en nuestra promesa de anonimato. Incluso
hacían que a menudo la gente se alejara de nosotros. Claramente, el nombre - y
también la historia - de cada miembro de A.A. tenía que ser confidencial, si él
así lo deseaba. Esta fue nuestra primera lección en la aplicación práctica del
anonimato.
No obstante, a algunos de nuestros
principiantes, con su típica intemperancia, no les importaba en absoluto la
confidencialidad. Querían proclamar a los cuatro vientos que eran miembros de
A.A., y así lo hicieron. Los alcohólicos apenas desintoxicados iban corriendo
enardecidos por todas partes, enganchando a cualquiera que les escuchara contar
sus historias. Otros se precipitaban a colocarse delante los micrófonos y las
cámaras. A veces, se emborrachaban estrepitosamente, poniendo a sus grupos en un
gran aprieto. Pasaron de ser miembros de A.A. a ser fanfarrones de
A.A.
Este fenómeno nos hizo parar a
pensar. Teníamos ante nosotros la pregunta: "¿Hasta qué punto debe ser anónimo
un miembro de A.A.?". Nuestro desarrollo dejó claro que no podíamos ser una
sociedad secreta, pero era igualmente claro que tampoco podíamos convertirnos en
una especie de circo. Tardamos mucho tiempo en trazar un camino seguro entre
estos extremos.
Por regla general, el típico
recién llegado quería que su familia supiera inmediatamente lo que intentaba
hacer. También quería contárselo a otros que habían tratado de ayudarle - su
médico, su consejero espiritual y sus amigos íntimos. A medida que iba cobrando
confianza, le parecía apropiado explicar su nueva forma de vivir a su jefe y as
sus colegas. Cuando se le presentaba la oportunidad de ayudar, le resultaba
fácil hablar de A.A. con
casi cualquier persona. Estas revelaciones privadas le ayudaban a perder
el miedo al estigma del alcoholismo, y a difundir las nuevas de la existencia de
A.A. en su comunidad. Muchas personas nuevas llegaron a A.A. como consecuencia
de tales conversaciones. Aunque estos intercambios no seguían estrictamente el
sentido literal del anonimato, sí se ajustaban al espíritu del
principio.
No obstante, nos dimos cuenta de
que este método de comunicación de palabra era muy limitado. Nuestro trabajo,
como tal, tenía que hacerse público. Los grupos de A.A. tendrían que alcanzar a
tantos alcohólicos desesperados como pudieran. Por consiguiente, muchos grupos
empezaron a celebrar reuniones abiertas al público y amigos interesados, a fin
de que el ciudadano medio pudiera ver con sus propios ojos de qué se trataba
A.A. Estas reuniones tuvieron una calurosa acogida. Muy pronto los grupos
empezaron a recibir solicitudes para que miembros de A.A. hablaran ante las
organizaciones cívicas, asociaciones religiosas y sociedades médicas. Con tal
que en estas ocasiones se guardara el anonimato y se advirtiera a los
periodistas presentes que se abstuvieran de usar los apellidos y las fotos, el
resultado era bueno.
Luego tuvimos nuestras primeras
experiencias en el campo de la publicidad a gran escala, y fueron asombrosas.
Como consecuencia de los artículos acerca de nosotros publicados en el Cleveland
Plain Dealer, el número de miembros en esta ciudad pasó de la noche a la mañana
de unos pocos a varios centenares. Las crónicas que aparecieron en la prensa
sobre la cena que el Sr. Rockefeller dio para Alcohólicos Anónimos contribuyeron
a que se duplicara el número de miembros en el plazo de un año. El famoso
artículo de Jack Alexander en el Saturday Evening Post convirtió a A.A. en una
institución nacional. Tributos como éstos nos brindaron otras oportunidades para
darnos a conocer. Más periódicos y revistas querían publicar reportajes acerca
de A.A. Algunas compañías
cinematográficas querían filmarnos. La radio y después la televisión nos
acosaban con solicitudes de entrevistas. ¿Qué debíamos
hacer?.
Al ver crecer esta marea que
podría traer consigo una gran aprobación pública, nos dimos cuenta de que podría
hacernos un bien incalculable o un tremendo daño. Todo dependería de cómo se
canalizara. Simplemente no podíamos exponernos al riesgo de que algunos miembros
autonombrados se presentaran a ellos mismos como los mecías y portavoces de A.A.
ante el público en general. Nuestros instintos promotores podrían ser nuestra
destrucción. Si uno solo de esos miembros se emborrachara en público, o se
rindiera a la tentación de utilizar el nombre de A.A. para su propio nivel (la
prensa, la radio, el cine, la televisión), la única respuesta posible era el
anonimato - un cien por cien de anonimato. Es este caso, los principios tendrían
que anteponerse a las personalidades, sin excepción
alguna.
Estas experiencias nos enseñaron
que el anonimato no es sino la auténtica humildad en acción. Es una cualidad
espiritual que hoy día caracteriza todos los aspectos de la forma de vida de
A.A. en todas partes. Animados por el espíritu de anonimato, nos esforzamos por
abandonar nuestros deseos naturales de distinguirnos personalmente como miembros
de A.A., tanto entre nuestros compañeros alcohólicos como ante el público en
general. Al poner a un lado estas aspiraciones eminentemente humanas, creemos
que cada uno de nosotros participa en tejer un manto protector que cubre toda
nuestra Sociedad y bajo el cual podemos desarrollarnos y trabajar en
unidad.
Estamos convencidos de que la
humildad, expresada por el anonimato, es la mayor protección que Alcohólicos
Anónimos jamás puede tener.
Las Doce
Tradiciones
(Forma Larga)
Nuestra experiencia en A.A. nos
ha enseñado que:
1. Cada miembro de Alcohólicos Anónimos no es sino una pequeña parte de
una gran totalidad. Es necesario que A.A. siga viviendo o, de lo contrario, la
mayoría de nosotros seguramente morirá. Por eso, nuestro bienestar común tiene
prioridad. No obstante, el bienestar individual le sigue muy de
cerca.
2. Para el propósito de nuestro grupo, solo existe una autoridad
fundamental - un Dios amoroso tal como se exprese en la conciencia de nuestro
grupo.
3. Nuestra Comunidad debe incluir a todos los que sufren del alcoholismo.
Por eso, no podemos rechazar a nadie que quiera recuperarse. Ni debe el ser
miembro de A.A. depender del dinero o de la conformidad. Cuandoquiera que dos o
tres alcohólicos se reúnan en interés de la sobriedad, podrán llamarse un grupo
de A.A., con tal que, como grupo, no tengan otra
afiliación.
4. Con respecto a sus propios asuntos, todo grupo de A.A. debe ser
responsable únicamente ante la autoridad de su propia conciencia. Sin embargo,
cuando sus planes afecten al bienestar de los grupos vecinos, se debe consultar
con los mismos. Ningún grupo, comité regional o individuo debe tomar ninguna
acción que pueda afectar de manera significativa a la Comunidad en su totalidad,
sin haberlo discutido con los custodios de la Junta de Servicios Generales. En
cuanto a estos asuntos, nuestro bienestar común es de máxima
importancia.
5. Cada grupo de Alcohólicos Anónimos debe ser una entidad espiritual con
un solo objetivo primordial - el de llevar el mensaje al alcohólico que aún
sufre.
6. Los problemas de dinero, propiedad y autoridad nos pueden fácilmente
desviar de nuestro principal objetivo espiritual. Por lo tanto, somos de la
opinión de que cualquier propiedad considerable de bienes de uso legítimo para
A.A. debe incorporarse y dirigirse por separado, para así diferenciar lo
material de lo espiritual. Un grupo de A.A., como tal, nunca debe montar un
negocio. Las entidades de ayuda suplementaria, tales como los clubs y
hospitales, que suponen mucha propiedad o administración, deben constituirse en
sociedad separadamente, de manera que, si es necesario, los grupos las pueden
desechar con completa libertad. Por consiguiente, tales instalaciones no deben
utilizar el nombre de A.A. La
responsabilidad de dirigir estas entidades debe recaer únicamente sobre quienes
las sostienen económicamente. En cuanto a los clubs, normalmente se prefieren
directores que sean miembros de A.A.
Pero los hospitales, así como los centros de recuperación, deben operar totalmente al margen de A.A. - y bajo supervisión
médica. Aunque un grupo de A.A. puede cooperar con cualquiera, tal cooperación
nunca debe llegar a convertirse en afiliación o respaldo, ya sea real o
implícito. Un grupo de A.A. no puede vincularse con
nadie.
7. Los grupos de A.A. deben mantenerse completamente con las
contribuciones voluntarias de sus miembros. Nos parece conveniente que cada
grupo alcance este ideal lo antes posible; creemos que cualquier solicitud
pública de fondos que emplee el nombre de A.A. es muy peligrosa ya sea hecha por
los grupos, los clubs, los hospitales u otras agencias ajenas; que el aceptar
grandes donaciones de cualquier gente, o contribuciones que supongan cualquier
obligación, no es prudente. Además, nos causa mucha preocupación aquellas
tesorerías de A.A. que siguen acumulando dinero, además de una reserva prudente,
sin tener para ello un determinado propósito A.A. A menudo, la experiencia nos ha
advertido que nada hay que tenga más poder para destruir nuestra herencia
espiritual que las disputas vanas sobre la propiedad, el dinero, y la
autoridad.
8. Alcohólicos Anónimos debe siempre mantenerse no profesional. Definimos
el profesionalismo como la ocupación de aconsejar a los alcohólicos a cambio de
una remuneración económica. No obstante, podemos emplear a los alcohólicos para
realizar aquellos trabajos para cuyo desempeño tendríamos, de otra manera, que
contratar a gente no alcohólica. Estos servicios especiales pueden ser bien
recompensados. Pero nunca se debe pagar por nuestro acostumbrado trabajo de Paso
Doce.
9. Cada grupo de A.A. debe tener el mínimo posible de organización. La
dirección rotativa es normalmente lo mejor. El grupo pequeño puede elegir a su
secretario; el grupo grande, a su comité rotativo; y los grupos de una extensa
área metropolitana, a su comité central, que a menudo emplea un secretario
asalariado de plena dedicación. Los custodios de la Junta de Servicios Generales
constituyen efectivamente nuestro comité de servicios generales. Son los
guardianes de nuestra Tradición de A.A. y los depositarios de las contribuciones
voluntarias de A.A., por medio de las cuales mantienen nuestra Oficina de
Servicios Generales de A.A. en Nueva York. Están autorizados por los grupos a
hacerse cargo de nuestras relaciones públicas a nivel global y aseguran la
integridad de nuestra principal publicación, El A.A. Grapevine. Todos estos
representantes debe guiarse por el espíritu de servicio, porque los verdaderos
líderes en A.A. son solamente los fieles y experimentados servidores de la
Comunidad entera. Sus títulos no les confieren ninguna autoridad real. El
respeto universal es la clave de su utilidad.
10. Ningún miembro o grupo de A.A. debe nunca, de una manera que pueda
comprometer a A.A., manifestar ninguna opinión sobre cuestiones polémicas ajenas
- especialmente aquellas que tienen que ver con la política, la reforma
alcohólica, o la religión. Los grupos de Alcohólicos Anónimos no se oponen a
nadie. Con respecto a estos asuntos, no pueden expresar opinión
alguna.
11. Nuestras relaciones con el público en general deben caracterizarse
por el anonimato personal. Opinamos que A.A. debe evitar la propaganda
sensacionalista. No se deben publicar, firmar o difundir nuestros nombres o
fotografías, identificándonos como miembros de A.A. Nuestras relaciones públicas deben
guiarse por el principio de atracción y no por la promoción. No tenemos
necesidad de alabarnos a nosotros mismos. Nos parece mejor dejar que nuestros
amigos nos recomienden.
12. Finalmente, nosotros los Alcohólicos Anónimos creemos que el
principio de anonimato tiene una inmensa significación espiritual. Nos recuerda
que debemos anteponer los principios a las personalidades; que debemos practicar
una auténtica humildad. Todo esto a fin de que las bendiciones que conocemos
nunca nos estropeen; que vivamos siempre en contemplación agradecida de El que
preside sobre todos nosotros.